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Postrumpismo argentino

Pese a la vitalidad demostrada hasta ahora, nadie en Estados Unidos olvida que el próximo 14 de junio Donald Trump alcanzará los 80 años. Y a dos años de concluir su segundo y último mandato, comienzan a trazarse las hipótesis sobre su eventual sucesión y herencia.

JD Vance, el vicepresidente, tiene un lugar asegurado en los planes y proyectos inmediatos.

Lo mismo que algunos empresarios como Peter Thiel (foto), en el que se conjugan interpretaciones negativas sobre la política, cuestionamientos elitistas sobre la democracia, visiones restrictivas en torno a la libertad y, especialmente, justificaciones para inabarcables ambiciones personales sustentadas en un tecnofascismo en ascenso y cada vez más ominoso y amenazante.

Thiel y Vance se conocieron en 2011 cuando el empresario concurrió a Yale a dictar una conferencia que, para el futuro dirigente político, por aquel entonces un estudiante de derecho, resultaría un acontecimiento revelador. Desde ese momento, sus vidas comenzaron a entrelazarse para ya no separarse nunca más.

De origen alemán y graduado en Stanford como abogado y filósofo, Thiel pronto se destacó como empresario e inversionista. Con un perfil más bajo que otros colegas como Sam Altmann, Mark Zuckerberg y el mismo Elon Musk, su primer éxito fue la fundación en 1998 de PayPal, la empresa que, como ninguna otra, hizo realidad el sueño de toda una generación de tecnócratas multimillonarios interesados en incentivar los flujos financieros, sin ningún tipo de límites y más allá de las fronteras entre los Estados. Su carrera fue ascenso hasta llegar a la creación de Palantir en 2004, un sistema de vigilancia masiva a partir de la Inteligencia Artificial que, con los años, fue perfeccionada en para su uso escenarios de guerra, como en Gaza y ahora también en Irán.

Vance se sumaría al proyecto político de Thiel en 2016, cuando publicó su novela autobiográfica Hillbilly Elegy, un relato de ascenso social desde los sectores trabajadores y rurales de Ohio que impactaría favorablemente, sobre todo, a la élite de Silicon Valley. El empresario acogió a su protegido en su firma de inversión Mithil, mientras modelaba y comenzaba a financiar su incipiente carrera política dentro del Partido Republicano, en un fugaz recorrido que se consolidaría en 2023 cuando resultó elegido senador. Un año más tarde, sus ambiciones políticas y, principalmente, su respaldo económico lo llevarían a la cima del poder de los Estados Unidos.

Para Thiel fue una segunda oportunidad ya que, si bien había sido un importante donante de Trump durante la campaña de 2016, finalmente se sintió decepcionado por lo que consideraba como una administración “desorganizada”. Todo empeoró con el enfrenamiento del mandatario con Silicon Valley, por aquel entonces, con estrechas vinculaciones con el Partido Demócrata.

Cuando la posibilidad de un nuevo mandato de Trump devino una realidad palpable, Thiel ofreció su generoso apoyo, siempre y cuando se incluyera a su joven discípulo como compañero de fórmula. De hecho, fue Thiel quien propició el encuentro de ambos en Mar-A-Lago.

Pero el cabildeo no fue gratuito: estuvo atado a un conjunto de directrices para que, desde la vicepresidencia, Vance resultara el principal garante para las nuevas élites ligadas a la IA. Debía buscar la progresiva transformación de la industria tecnológica para convertirse en el nuevo motor del capitalismo, nombrando a líderes de la industria afines a sus intereses en distintos puestos gubernamentales. También debía plantear una mínima regulación en el área tecnológica junto con políticas e iniciativas favorables a la inteligencia artificial y a las criptomonedas.

Ahora, la red de apoyo que está construyendo Vance para impulsar su futura candidatura presidencial es amplia y, nuevamente, tiene a Thiel como su principal impulsor. Los multimillonarios aportes son para la fundación creada por el vicepresidente, Rockbridge Network, o directamente para el Partido Republicano, pero siempre dirigidos a financiar su eventual postulación en 2028.

La lista de magnates vinculados al universo tech y a los fondos de inversión interesados en que Vance llegue a la Casa Blanca no para de crecer. Incluye, por ejemplo, a Tyler y Cameron Winklevoss, los hermanos gemelos que demandaron a Mark Zuckerberg alegando el robo de la idea de Facebook y que luego fueron pioneros en el campo de las criptomonedas: entre ambos ya han donado más de un millón de dólares al partido oficialista. También al moscovita Sergey Brin, cocreador de Google, con un pasado demócrata y que también habría ofrecido medio millón de dólares al gobierno el año pasado. A Joe Lonsdale, cofundador de Palantir y al poderoso Paul Singer, directamente vinculado con el default de la deuda externa argentina en la crisis de 2001.

El mentor y su discípulo son actualmente quienes de manera más enfática están desarrollando la arquitectura del postrumpismo, una tarea en la que se encuentran comprometidos y que va más allá de su desempeño público y de las empresas beneficiadas por la economía del gobierno.

En este sentido, la visita de Thiel a la Argentina, su estadía prolongada en Buenos Aires y la reunión con Javier Milei forman parte de una estrategia que excedería la venta de los servicios de Palantir a aquellos gobernantes identificados con la ultraderecha de Trump. En todo caso, el desplazamiento del empresario responde a varios factores que van desde lo económico a lo político, pero en el que la prioridad será analizar in situ el gobierno de la ultraderecha y el “trumpismo de exportación” adaptado a la realidad argentina de país dependiente y periférico.

Desde su puesto de gobierno, Vance asume que forjará la primera generación del postrumpismo. De hecho, se lo suele considerar el “heredero perfecto”: en la encuesta informal que se realizó en la última cumbre del foro de ultraderecha CPAC en Dallas, Vance ganó con el 53% frente a su principal contendiente, el secretario de Estado Marco Rubio, quien obtuvo el 35%.

El vicepresidente será una figura clave en el proceso de lo que podría suceder. No sólo por el rol institucional que hoy ocupa, sino además por su pertenencia a tres universos clave que definirán la política de los Estados Unidos en los próximos tiempos: la tecno oligarquía en ascenso originada en Silicon Valley pero ahora más interesada en refundar el aparato de defensa de la nación; los fondos de inversión, capitales de riesgo y “fondos buitre” con alta capacidad de penetración en el sistema económico internacional y, finalmente, esa gran masa electoral de ultraderecha, referenciada ampliamente en el trumpismo y que adoptó la divisa de MAGA (Make America Great Again!) como una marca de identidad colectiva que, incluso, podría exceder en el futuro cercano los límites impuestos por su fundador y, hasta ahora, único líder.

Bajo el aura y los recursos de Thiel, un nuevo mandato republicano intentará operar el pasaje desde la herencia de Trump a la nueva ingeniería del postrumpismo. El desafío será, en todo caso, transformar lo que lo podría ser un simple éxito en las elecciones presidenciales de 2028, en un nuevo diseño institucional y político para el país, aunque, inocultablemente, y como se puede apreciar por la nueva residencia de Thiel, también con una amplia incidencia global.

Se verá si, finalmente, Vance está a la altura de las expectativas. Y, como siempre se dice en política, primero deberá ganar. Lo cierto es que hay un plan que ya está en marcha a través

Aires, intentará dar cuenta de los éxitos de un modelo que sólo parece responder de manera favorable a los intereses y deseos de una minoría selecta y extremadamente codiciosa.

Artículo publicado el 01 de mayo de 2026 en: pagina12.com.ar

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