Hipólito Rodriguez
En 1969 Sartre escribió, poco después de la guerra de los seis días, sobre los dilemas de la izquierda ante la situación israelí. Ya entonces se apuntaba la utopía que hoy seguimos deseando: una Palestina y un pueblo judío conviviendo en paz.
En 1978, un autor palestino esencial, Edward Said, publicó su libro Orientalismo. También ahí ya se apuntaban las dificultades que tienen los occidentales para entender el mundo oriental. Said no dejaría, hasta su muerte, en 2002, de hablar de las posibilidades de Palestina.
Hoy tenemos un proceso en curso: ¿qué hacer ante un genocidio que, a diferencia de otros, sucede ante la mirada del mundo global? Sudáfrica, que padeció un apartheid, tiene la fuerza moral para denunciarlo ante la Corte Internacional de Justicia. Y, poco a poco, otros países se suman a la denuncia, pues lo que tenemos es un crimen en contra de todo un pueblo.
El día 17 de septiembre, nos damos cuenta del monstruo en que se ha convertido el Estado de Israel. No solo es que ya sea el principal proveedor global de métodos de espionaje en comunicaciones digitales, sino que ahora también tiene la capacidad de hacer estallar dispositivos de comunicación como arma para atacar a los disidentes en su espacio regional.
Israel había nacido bajo una bandera que era atractiva: abrir un espacio para la diáspora judía. Pero ese sueño del sionismo original se convirtió pronto en una pesadilla. El sionismo era en su origen un arcoíris de fuerzas: lo mismo reunía a socialistas que a conservadores. Poco a poco, esa pluralidad se destiñó y lo que ha quedado es un solo color, un color ominoso y agresivo: una potencia colonialista que, para albergar a más judíos en las tierras consideradas santas, está dispuesta a arrinconar y aniquilar a uno de los pueblos que ahí habitan desde hace cientos de años.
El sionismo cuenta con múltiples aliados y ha construido esas alianzas con gran habilidad. Ha constituido un lobby que le apoya en el mundo norteamericano. Los evangelistas cristianos, que también tienen una lectura de la Biblia como fuente de dogmas, consideran que el sionismo tiene derecho a poblar de forma agresiva los territorios de Medio Oriente. Su sueño, en realidad una pesadilla, es extender su expansión sobre todo el cercano oriente para instalar un dominio sobre los pueblos árabes, considerados de alguna forma, desde hace siglos, como infieles.
Los árabes, por su parte, han ido perdiendo, una tras otra, las guerras que han procurado poner límites a ese sueño. Desde la guerra de los seis días, en los años sesenta, hasta ahora, Israel ha mostrado con su éxito militar su capacidad para desbaratar todas las posibilidades de unidad en el mundo árabe musulmán. Sartre estimaba un error considerar a Israel como una colonia imperialista en el cercano oriente. Cincuenta años después, probablemente su juicio sería otro. Ya es claro que Israel ha dejado de ser un Estado dispuesto a respetar la vida del pueblo palestino. Se ha convertido en un Estado genocida. Y esa es la gran paradoja a la que ahora nos enfrentamos.
Un pueblo que padeció el holocausto, un pueblo que sufrió, entre 1930 y 1945, un genocidio en el pleno corazón de Europa, ahora se ha convertido en cómplice de una entidad estatal que comete el genocidio más repugnante del primer cuarto del siglo XXI: el crimen cometido contra un pueblo que desde 1948 ha visto cómo el territorio donde vivía se ha convertido en la mayor cárcel a cielo abierto del planeta.
De acuerdo con el análisis geopolítico de John Mearsheimer, hoy tenemos un Israel que incluye lo que se llama Greenline Israel, que era Israel antes de la guerra de los seis días, más Gaza, más Cisjordania, así que hay tres áreas que comprenden Israel. Lo que es muy importante entender es que dentro del Gran Israel hay más o menos siete millones de palestinos y más o menos siete millones de judíos israelíes; hay una igualdad aproximada entre las dos partes, por lo que la pregunta es cómo piensa Israel lidiar con el Gran Israel, donde hay una igualdad aproximada entre estas dos poblaciones y básicamente hay cuatro opciones.
La primera opción es que hay un Gran Israel democrático: eso no va a suceder porque ya no sería un Estado judío. En segundo lugar, a todo el mundo le encanta hablar de una solución de dos Estados, pero eso no está sucediendo; ciertamente después de lo que sucedió el 7 de octubre, pero incluso antes de eso, Benjamín Netanyahu y la élite israelí no tienen ningún interés en una solución de dos Estados.
La tercera posibilidad es el apartheid y, básicamente, lo que tenemos ahora es un estado de apartheid. Amnistía Internacional ha elaborado extensos informes en los que se documenta por qué Israel es un Estado que impone el apartheid.
La cuarta opción es la limpieza étnica: significa deshacerse de los palestinos, la mayoría de los cuales viven en Gaza y en Cisjordania, creando un Israel más grande, que estaría completamente dominado por judíos israelíes y tendría muy pocos, si es que tiene alguno, palestinos en su seno.
Para Mearsheimer, lo que no se discute en los medios de comunicación occidentales es el verdadero objetivo, y el verdadero objetivo es la limpieza étnica de Gaza; y la razón por la que quieren limpiar étnicamente Gaza es porque, en primer lugar, es la forma de salir del apartheid, y, además, es la única forma de derrotar a Hamás.
Según Mearsheimer, para hacer que la limpieza étnica funcione, en primer lugar, hay que matar a un número significativo de personas palestinas, que son básicamente palestinos inocentes, no miembros de Hamás, y tienes que darles un poderoso incentivo matándolos para expulsarlos. En segundo lugar, tienes que hacer que el lugar se vuelva inhabitable y eso es lo que están haciendo. Como mucha gente dice, especialmente la gente de la ONU: el lugar es inhabitable y la razón por la que es inhabitable es porque están tratando de limpiar Gaza; y finalmente, lo que están haciendo es matar de hambre a la población, los israelíes están ahora involucrados en un genocidio y esto ha sucedido así porque no han podido expulsar a los palestinos.
¿Qué nos enseña Enzo Traverso en su libro Gaza ante la historia? Ante todo, que no hay ninguna justificación a la violencia. Es inaceptable. En todo caso, debe analizarse y comprenderse su origen. No limitarse a condenarla. Así, hay que entender las bases de apoyo, la popularidad de Hamás. Pueden reprobarse y condenarse sus métodos, pero es preciso ver que su resistencia es legítima. El terrorismo de Hamás es el reverso del de Israel. No podemos equiparar la violencia de un movimiento de liberación nacional con la violencia de un ejército de ocupación.
Denunciar el genocidio no es de ninguna manera un acto antisemita. No es un acto cómplice con el terrorismo. Es un acto moral. Israel, para nuestro estupor, se comporta hoy como los fascistas de antaño. El pueblo judío, que vivió esa clase de violencia, ¿por qué viola ahora los derechos del pueblo palestino? ¿Hay un privilegio derivado del sufrimiento?
Traverso estima que las tragedias pueden abrir nuevos horizontes. La utopía sería ahora impulsar un estado federado donde cohabiten judíos y palestinos. Hannah Arendt advirtió, ya en 1948, que una entidad impuesta estaba condenando al pueblo de Israel a la guerra. Hoy, lo que está en juego no es solo la supervivencia del pueblo de Israel, sino la supervivencia del pueblo palestino. Parece en verdad utópico proponer la presencia de dos Estados, pero más utópico es pensar que todo siga en la misma deriva de supresión del pueblo palestino.
Ante esa amenaza, las tareas inmediatas han sido y siguen siendo: revertir la ocupación y colonización; neutralizar el despojo y su violencia; instaurar una entidad de conciliación democrática. Al cumplirse un año del genocidio y su propósito de limpieza étnica, es obligado que la exigencia de desactivar la hostilidad de Israel se cumpla: retiro inmediato de Israel de los territorios palestinos e implantación de una reconstrucción por parte de los organismos internacionales.




