La visita de Donald Trump a Inglaterra es uno de esos episodios que, si no existiera, habría que inventarlo para una sátira política. Entre protestas populares que inundaron las calles de Londres y la parafernalia medieval de carrozas doradas escoltadas por caballería reluciente, el expresidente norteamericano encontró un escenario a la medida de su ego: una mezcla entre desfile monárquico y reality show, con aroma de fast food y soundtrack de cornetas militares.
Pero detrás de la pompa obscena y de la crónica social de sombreros estrafalarios, lo que está en juego es algo mucho más sombrío: la reafirmación de la nefasta alianza anglosajona, la pérfida Albión, pues. Alianza que insiste en arrastrar a Europa —y con ella al resto de planeta— al abismo de una confrontación cada vez más abierta con Rusia.
Mientras Trump avanzaba con sonrisa de vendedor de autos usados entre los tapices y el oro reciclado de las coronas británicas, en las calles la realidad era otra. Decenas de miles de personas salieron a protestar contra su presencia. Pancartas que lo retrataban como un bufón naranja, consignas que lo acusaban de racista, misógino y belicista, muñecos inflables con su cara flotando en el aire londinense: la sátira popular respondió a la sátira oficial.
Las protestas no solo eran contra Trump, sino contra lo que representa: el renacimiento de un populismo reaccionario que enciende fuegos en todas partes y que, en este viaje, se disfraza de defensa de la “democracia occidental” frente al ogro ruso.
Lo verdaderamente grave de la visita fue el trasfondo político. Inglaterra y Estados Unidos, esos hermanos siameses de la geopolítica, insisten en sostener una narrativa que se ha repetido tanto que ya parece dogma: que Rusia es el único culpable de la guerra en Ucrania.
Olvidan —o mejor dicho, esconden— que fue la propia OTAN la que, desde hace años, empujó a Kiev a integrarse a la alianza militar, violando los acuerdos informales que habían garantizado un espacio neutral entre Rusia y Occidente tras el fin de la Guerra Fría. El principio era sencillo: no poner bases militares de la OTAN en la frontera rusa. Pero el expansionismo disfrazado de “defensa” terminó por dinamitar esa frágil línea.
Trump, con su habitual estilo de vendedor de humo, se presenta como defensor de Occidente. Y el Reino Unido, fiel socio en las aventuras militares de Washington desde Irak hasta Afganistán, le aplaude el libreto. El problema es que la obra no es comedia: es tragedia en preparación.
La imagen más grotesca del viaje fue, sin duda, la de la pompa monárquica desplegada para agasajar a Trump. Carrozas recubiertas de oro, caballos engalanados, uniformes rojos de caballería, desfiles interminables: una escenografía que parece salida de un museo de cera, y que en pleno siglo XXI solo sirve para distraer de lo grotesco de la articulación del enfrentamiento con Rusia
Mientras los británicos siguen pagando recortes en salud y educación, el Estado gasta fortunas en sostener rituales medievales. Que mientras se habla de “democracia” y “libertad”, se le rinde pleitesía a un magnate que abiertamente menosprecia ambas. Y que mientras se aplauden los brillos del oro sobre las ruedas de las carrozas, en los despachos se negocia la continuación de un conflicto que puede arrastrar a Europa a la guerra total.
El desfile, en realidad, es la metáfora perfecta: brillo superficial que oculta un vacío moral, caballos relinchando para distraer del ruido de los tanques en el Este.
Más allá del espectáculo, la visita de Trump subraya lo obvio: la OTAN ya no es un pacto de defensa, sino un club de expansión militar que busca su razón de ser en el choque permanente con Rusia. Y cada gesto diplomático, cada discurso inflamado y cada desfile en Londres o Washington acerca un poco más la posibilidad de una confrontación directa entre potencias nucleares.
El peligro no es hipotético. Se juega hoy mismo en el Donbás, en las fronteras de Polonia, en los mares del Báltico. Cada paso dado bajo el pretexto de “proteger a Ucrania” significa, en realidad, acorralar a Rusia y poner al planeta en la línea de fuego.
La escena es grotesca y al mismo tiempo profundamente irónica. Los mismos que en nombre de la paz invadieron Irak con pruebas falsas, los que bombardearon Libia hasta convertirla en un Estado fallido, los que financiaron dictaduras y golpes de Estado en medio planeta, ahora se presentan como defensores de la democracia. Y lo hacen en un carruaje dorado, mientras los manifestantes en la calle son tratados como alborotadores.
Trump, que representa la vulgaridad capitalista en su versión más obscena. Cuando el príncipe William y Kate Middleton, salieron a revibirlos le dijo a Kate: “You’re beautiful, so beautiful” (“Eres hermosa, tan hermosa”) al saludarla. El personaje se pasea en Londres como heredero natural de una monarquía anacrónica. Es la unión de lo peor de ambos mundos: el pasado feudal y el presente plutocrático.
Las carrozas doradas, los uniformes de caballería, los discursos altisonantes: todo tiene algo de opereta ridícula.
Pero la farsa se convierte en drama cuando recordamos a lo que fue Trump al RU. Lo que está en juego no es la vanidad de Trump ni el apego británico a sus rituales medievales. Lo que está en juego es la paz mundial. Cada visita como esta, cada gesto de alianza entre Washington y Londres, cada mentira repetida sobre Ucrania, nos acerca un poco más al precipicio de un conflicto global.
Y esa es la ironía suprema: mientras los poderosos se entretienen en desfiles dorados, los pueblos del mundo cargan con el peso de una guerra que no eligieron, no quieren porque sencilla razón que puede traerles sufrimientos oceánicos.




