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Pemex endeudado y México sin médicos, herencia neoliberal

Pemex es el espejo donde se refleja la historia reciente de México: de palanca de desarrollo pasó a ser rehén financiero. Lo que durante décadas se concibió como símbolo de soberanía energética fue convertido, bajo los gobiernos neoliberales, en instrumento fiscal y en terreno fértil para la deuda. 

El parteaguas fue 1982. Con la crisis de la deuda y la imposición de recetas del FMI, el Estado comenzó a ordeñar los ingresos petroleros para sostener el gasto corriente, mientras obligaba a la empresa a endeudarse para modernizarse. El resultado fue un círculo vicioso: el fisco se quedaba con la renta, y Pemex se hundía en pasivos para cubrir sus propias necesidades. 

Durante los años 90, Ernesto Zedillo intensificó, la presión del “error de diciembre” dejaría a la petrolera como uno de los pilares de confianza frente a los acreedores internacionales. Se fragmentó la empresa en subsidiarias con el pretexto de modernización, pero en realidad se debilitó su cohesión y se abrieron espacios de corrupción. La deuda, de coyuntural se volvió estructural. 

Vicente Fox y Felipe Calderón innovaron en trampas financieras. Los famosos Pidiregas permitieron ocultar pasivos al registrarlos como inversiones a largo plazo. Era un mecanismo “creativo” que hipotecaba el futuro mientras el precio del crudo superaba los 100 dólares por barril, pensaron que todo se pagaría solo. La renta petrolera se desvió al erario, no a Pemex, y cuando los precios se desplomaron en 2009, la empresa ya estaba encadenada a compromisos multimillonarios. 

Enrique Peña Nieto coronó la lógica neoliberal con la reforma energética. Se prometió inversión privada, eficiencia y autonomía, pero lo que llegó fue el doble de deuda. De 50 mil millones de dólares en 2012, los pasivos saltaron a más de 106 mil en 2018. Pemex perdió mercado, tuvo que competir en condiciones desventajosas y siguió cargando con la responsabilidad fiscal de un país cuyos gobiernos neoliberales nunca permitieron que reinvirtiera sus utilidades. Así se consolidó el absurdo: la petrolera más endeudada del mundo en un país con petróleo. 

El problema no se limitó a la energía. La concentración de recursos en el pago de deuda y en la ortodoxia macroeconómica impidió invertir en otros sectores vitales. Uno de los más descuidados fue la salud. Mientras Pemex multiplicaba pasivos, México dejaba de formar miles de médicos especialistas. Jóvenes que buscaban plazas en pediatría, oncología o terapia intensiva quedaban fuera por falta de espacios, se decía cuando en realidad había una política deliberada para no formar especialistas sino de desalentar a todo aspirante. Eran los tiempos en los que los gobernantes de derecha tenían el propósito explícito de desguazar Pemex. La paradoja resulta cruel: un país capaz de endeudarse en cientos de miles de millones de dólares para sostener a su petrolera, pero incapaz de garantizar el personal médico suficiente para atender a su población. 

El saldo del ciclo neoliberal es doble: una deuda financiera gigantesca que asfixió a la principal empresa del Estado, y una deuda social expresada en hospitales saturados, escasez de especialistas y un sistema de salud debilitado. No se trata de errores aislados, sino de un modelo consciente: exprimir a Pemex, favorecer a acreedores y posponer las necesidades de la gente. 

Pemex es hoy, todavía, el testimonio vivo de esa estrategia. Cada dólar adeudado recuerda que durante décadas se priorizó el mercado sobre la soberanía y la contabilidad financiera sobre la vida. La petrolera más endeudada del planeta y el déficit de médicos especialistas son dos caras de la misma moneda: la herencia de un neoliberalismo que hipotecó no solo el petróleo, sino el futuro de los mexicanos. 

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