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Otras inquisiciones culturales

Diego Lima

Es verdad que nos encontramos ante un momento de transformación histórica, cuyo efecto inmediato podemos hallar en la revolución de las consciencias colectivas –no siempre de las inteligencias–, así como en el ascenso de personajes sin tradición política a los puestos de mando. Los edificios de la democracia han sido conquistados por medio del voto, nuestras divergencias públicas no son tal gracias a la censura del dato protegido, la franca disidencia en temas cotidianos como la familia, el enamoramiento o los problemas laborales son silenciados por el temor al ostracismo de las redes sociales.

¿Quién puede pensar diferente? Los escépticos de la posmodernidad aseguran que nos ubicamos frente a otra más de las decadencias del mundo moderno, pues no aceptan que nos quedan unos pocos muros qué derribar. En las charlas de cafetín atribuyen la imperfección de estos vicios a la pervivencia de una nueva derecha, llamada oposición en el terreno político, aunque en la dimensión de la vida social sea mucho más efectivo denominarla bajo una consigna: patriarcado. Supuestamente, la vida sedentaria, respetuosa, equidistante entre géneros, debería conducirnos a la conformación de una sociedad mejor, pero la violencia –tanto física como psicológica– nos ha demostrado lo contrario, a pesar de las cifras del oficialismo. Si el carácter de la cultura, como el de las personas, es forjado por las diversas vicisitudes que se superan en la vida, nada más natural que sintamos una crisis que nos acedia.

La oportunidad única que nos da esta crisis de forjar carácter, de forjar cultura, sin embargo, aguarda todavía en México por alguna voz que se atreva a llamar por su nombre al elefante en la habitación. El problema de la cultura es el problema humano, por este motivo no podemos permitir que se utilice como moneda de cambio político, ni mucho menos que en su nombre se persiga la herejía de la libertad de opinión.

Mientras la imagen por excelencia de los gobiernos latinoamericanos del siglo pasado era la del ogro filantrópico, Agustín Laje advierte en Generación idiota que los gobernantes del nuevo siglo han aprendido a comportarse como Estados-niñeras de una sociedad adolescentrista, a la que prometen entregar todo lo que pide para mantener el poder. En esta estrategia, lo que conviene a las autoridades es simplificar la realidad, es decir, substituir su complejidad profunda con una nueva hegemonía; he ahí la contradicción. Laje, como otros pensadores de la derecha, no obstante, se quedan cortos en su revisión del problema social.

Escriben como si las denuncias populares se alzaran sobre el abismo, o parecieran olvidar que la violencia sistemática existe contra mujeres, afrodescendientes, homosexuales, indígenas, migrantes, entre otras mayorías. Por fortuna, estos conceptos guardan cierta resonancia con las preocupaciones de jóvenes escritores como Juan Soto Ivars, quienes al abrazar la causa han entendido que lo hacen para afirmar la libertad de su consciencia crítica.

El pensamiento de este último destaca de entre sus contemporáneos por reflexionar acerca de temas entre los que muchos tenemos consenso pero que se han convertido en herejías, pues no sólo en sentido figurado podemos decir que sus detractores han sido perseguidos por sus ideas. Para Soto Ivars la cultura no sólo es una tradición viva –por lo tanto, multiforme aunque sujeta a cambios–, sino el campo de batalla por excelencia de las querellas sociales.

Podría decirse con fundamento en los clásicos griegos que la discusión de los problemas sociales nos ha dado la semilla más fructífera del mundo civilizado, pero apenas excavamos un poco en la superficie nos percatamos de que las reglas contemporáneas no son equitativas: ¿debemos callar pese a que nos parezca forzada la discriminación en nuestros espacios laborales?, ¿lanzamos a la hoguera las novelas que nos cambiaron la vida porque sus escritores no eran buenas personas?, ¿cortamos el saludo a quienes hablan abiertamente de que votaron por un partido diferente al nuestro? Somos incapaces de la solidaridad, y no hace falta tener una máquina del tiempo para darnos cuenta de que, en muchos ámbitos, éramos más libres hace 30 o 40 años.

Desde su Trinchera de letras*, Soto Ivars se pregunta si la famosa transformación social no padecerá de una perturbación de sus características: el narcisismo vuelto parapeto oficial. Así podemos entender el silencio al que nos conduce esta sociedad fragmentada en tribus de cultura popular, cultura machista, cultura woke, cultura de la violencia, alta cultura, incultura. Pese a los llamados a la colectividad social, dicha condición no existe ni entre nosotros ni entre cualquier grupo. Y esta es precisamente la paradójica razón de la cercanía: nuestra época nos dejó hablando solos.

Claro que la teoría anterior está en desacuerdo con la “postura correcta” que debemos tener ante el problema. Los ideales de nuestra vida posmoderna no son, seguramente, los equitativos sino los moralizantes. Es precisamente por esto que no podemos dejar en manos del Estado la misión de educar nuestras conciencias. No estamos solos en esta reflexión. Desde dos trincheras distintas (Laje desde la derecha y Soto Ivars desde la izquierda) piensan el tema de los retrocesos en que ha caído la sociedad en favor de una libertad que fue excesiva en sus privilegios.

A diferencia de Laje, quien añora el regreso a los valores conservadores (pro vida, pro familia, pro religión, pro heterosexualidad, etc.), Soto Ivars levanta polvo al interior de la propia izquierda, que ha visto “usurpadas” las estrategias que alguna vez acuñó mientras jugaba el papel del oprimido, pero que ahora, vuelta partido en el poder, siente la escandalizante afrenta de que su discurso esté en manos del contrario. En México, desde luego, es claro en la vociferación de bancada que apela a una ética cada vez más desgastada en el discurso mediático: “nosotros no [inserte aquí su delito favorito] porque no somos iguales”. Nos queda dejar de vivir apartados, disfrutando cínicamente de nuestra existencia, para hacerles ver que el otro también tiene voz humana.

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