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La posibilidad de que Irán imponga un impuesto al tránsito por el estrecho de Ormuz no es un gesto aislado ni una ocurrencia coyuntural. Es, en esencia, la expresión más clara de un cambio en la lógica del poder global: quien controla el paso, controla la negociación. Y quien puede discriminar a quién cobra y a quién no, redefine el mapa político del comercio energético.
La señal es contundente. Estados Unidos y sus aliados tendrían que pagar. México, Colombia y Brasil no. La medida, de concretarse, introduce un criterio político explícito en una de las arterias más sensibles del sistema energético mundial. No se trata sólo de recaudar, sino de ordenar el flujo del petróleo bajo una nueva jerarquía de afinidades y distancias geopolíticas.
Durante décadas, Ormuz ha sido un punto crítico bajo vigilancia militar estadounidense. Hoy, el simple planteamiento de un “peaje” revela que ese control ya no es absoluto. Irán no sólo resiste; administra. Y en ese gesto hay una afirmación de poder que trasciende lo militar: es capacidad de imponer condiciones.
El impacto potencial es amplio. Una parte significativa del petróleo mundial transita por ese estrecho. Gravar su paso implicaría elevar costos logísticos, tensionar los precios y obligar a redefinir rutas y contratos. Pero más allá de la variable económica inmediata, lo relevante es el precedente: el comercio energético deja de operar bajo una supuesta neutralidad para entrar de lleno en una lógica de bloques.
En ese contexto, la posición de México resulta particularmente interesante. Mientras se mantiene una política de moderación en la producción y exportación de petróleo, el país podría verse relativamente protegido ante un escenario de encarecimiento global. Menor exposición no significa aislamiento, pero sí una amortiguación frente a choques externos. La vulnerabilidad disminuye cuando la dependencia también lo hace.
Al mismo tiempo, la inestabilidad internacional suele empujar al alza los precios del crudo. Esto genera una paradoja: un entorno convulso que, en lugar de castigar directamente a todos los productores, puede favorecer a quienes mantienen una estrategia más contenida y soberana. No es que la crisis sea deseable, pero sus efectos no son uniformes.
La exclusión de países como México, Colombia y Brasil del eventual cobro también abre otra lectura. América Latina aparece, al menos en este escenario, fuera del eje de confrontación directa. No como protagonista del conflicto, sino como espacio de margen. Ese margen puede ser una oportunidad o un riesgo, dependiendo de cómo se gestione.
Lo que está en juego no es sólo el precio del petróleo ni la logística marítima. Es la transformación de un sistema que durante décadas operó bajo reglas implícitas y que hoy comienza a fragmentarse de manera visible. El tránsito por Ormuz deja de ser un hecho técnico para convertirse en un acto político.
Y en esa transición, el mundo empieza a moverse de la libre circulación vigilada a la circulación condicionada. No es un detalle menor: es el síntoma de que el orden global ya no se sostiene por inercia, sino por negociación constante. Y, cada vez más, por capacidad de presión.
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