viernes, junio 21, 2024
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Tortura animal: una infrahistoria

Ilán Semo

En 2016, AnimaNaturalis, organización internacional dedicada a la defensa de la vida animal, denunció que cada año mueren más de 100 millones de especies en laboratorios de experimentación científica y de elaboración de productos comerciales. A primera vista, la cifra parece estrafalaria. No lo es en realidad. Para corroborarlo basta con mirar el documental Earthlings, auspiciado y codirigido por Joaquin Phoenix, el protagonista de películas como Ella, Gladiador y El Guasón. Desde hace décadas, el actor ha dedicado su prestigio, su economía y arriesgado su propia vida (a pesar de las amenazas de muerte) a la denuncia de la masacre cotidiana de animales que transcurre en el subsuelo de los experimentos científicos, militares y comerciales. Recientemente, Greenpeace documentó que tan solo en la industria de los cosméticos se torturan y sacrifican cada año a más de medio millón de gatos, cocuyos, nutrias, chimpancés y ratones, entre otras especies. La historia moderna de la belleza encierra una vasta infrahistoria de la muerte.

Ya sea por el horror o por un sistema intrínseco de negación de la psique humana, los casos más emblemáticos de esta infrahistoria no han adquirido notoriedad suficiente. En 1940, Serguei Bryukchonenko efectuó un experimento en el que mantuvo la cabeza decapitada de un perro vivo para mostrar la posibilidad de mantener órganos vivos separados de sus cuerpos. En 1985, el macaco “Britches” fue sometido a experimentos en que le cocieron los ojos induciéndole electrochoques para estudiar el espectro visual de los primates. Fue rescatado del cautiverio por el Animal Liberation Front. En la década de 1960, el premio Nobel de medicina Roger Sperry extirpó la corteza cerebral de gatos y monos (para explorar los lóbulos cerebrales) dejándolos con capacidades limitadas. La lista de estas atrocidades puede ser interminable.

En las últimas décadas ha emergido gradualmente una conciencia colectiva sobre este lado ominoso de la ciencia. En años recientes, firmas afamadas como Merck y Johnson & Johnson han asegurado, asediadas por la presión social y de los consumidores, que sus productos no se someten a pruebas en experimentos animales. Pero la lógica del capital es múltiple. En realidad, han desplazado estas pruebas a empresas menos visibles, aunque de altísima rentabilidad. Hace meses, en Alemania, el Laboratory of Pharmacology and Toxicology (LPT) enfrentó severas demandas de las organizaciones animalistas Soko-Tierschutz y Cruelty Free International. Ahí se desarrollaban experimentos militares epidemiológicos y de resistencia a sustancias tóxicas en perros, gatos y ratones. También contrataba “trabajos de investigación” para compañías como Bayer, Boheringer y la industria de la limpieza. Un miembro de Soko se introdujo en los laboratorios en calidad de empleado normal para recaudar las evidencias durante meses. La Corte Constitucional de Bonn decretó que ningún producto sometido a pruebas en LPT podía ingresar al mercado o ser adquirido por el gobierno. De facto, se trata de un caso aisladísimo. El argumento tradicional de empresas como LPT es que finalmente laboran para “proteger al ser humano de sustancias toxicológicas”. ¿Proteger de qué? Otra actividad de LPT residía en probar la eficacia adictiva de cigarros y bebidas alcohólicas. ¿Quién acaba siendo el protegido?

El problema de fondo reside en el fundamento de la lógica del antropocentrismo. Una lógica basada en una premisa que está a la luz del día: el ser humano ha ejercido –y ejerce– un derecho indiscriminado de vida y muerte sobre todas las demás especies. Un dominio terminal sin disputa ni contención visibles.

La película más reciente de Marvel, Guardianes de la Galaxia 3, filme aparentemente convencional, ha atraído la atención de millones de espectadores y la parte más diligente de la crítica por razones precisamente no convencionales. La primera, creo, es la creciente empatía con el sufrimiento animal; la segunda razón resulta más compleja. La cinta trata, más que de una distopía, de una antiutopía. El “Alto Evolucionador”, científico que experimenta con animales, se propone crear una anti-Tierra: un planeta en que sus habitantes, cruza de humanos con seres no humanos, carezcan de violencia y agresividad. Quien descifra el misterio, sin embargo, es un mapache, “Rocket”, el personaje central de la cinta. El “Alto Evolucionador” entra en una ira irrefrenable porque la inteligencia del mapache ha superado la suya. Ahora solo ansía su cerebro para transmitirlo a miles de niños enjaulados en sus cárceles. Ordena matar a quien se interponga en su camino, sobre a todo a los otros animalitos del laboratorio que forman ya la “familia” de “Rocket”. Una corte de los torturados. Los Guardianes de la Galaxia, un cuerpo esencialmente policiaco, acuden en apoyo de “Rocket”. Y, como es de esperarse, lo salvan terminando con las ambiciones del “Evolucionador”. Acaso la reflexión más crítica sobre la cinta comienza en la pregunta si ese cuerpo policiaco no es finalmente el centro de la propia lógica antropocéntrica.

Muchos pensadores del siglo XX, Heidegger, Derrida y Agamben, entre otros, reflexionaron si es posible destrabar al ser humano de su espíritu holocáustico cuando mantiene un genocidio animal permanente sin reconocimiento alguno. Su respuesta es invariable: no, no es posible. Mientras continúe la indiferencia frente al dolor animal, la organización del ser humano se asemeja más a la de un cáncer que a una condición afirmativa.