martes, junio 18, 2024
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Taboada, el clientelismo y la basura

Hipólito Rodríguez

Hace unos días, el 5 de abril, el sociólogo Héctor Castillo Berthier, en el diario El País, declaró que no le extrañaba que el candidato de la alianza del PRIAN a gobernar la CDMX, el aspirante Taboada, hubiese abogado por sacar de la cárcel al exlíder del PRI capitalino, Cuauhtémoc Gutiérrez, líder de pepenadores en uno de los mayores tiraderos de basura del país. ¿Por qué?

Es una buena pregunta. ¿Por qué, a pesar de poseer rasgos negativos, un aspirante a gobernar la capital del país busca contar con el apoyo de un cacique rodeado de una fama siniestra? La razón se encuentra en que este tipo de líderes, en realidad una red de actores que negocian y venden favores, pueden convertirse en movilizadores de masas, grandes contingentes de personas vulnerables. ¿Cómo lo hacen? Se trata de un mecanismo que desde hace tiempo atrae la atención de la sociología. En los años setenta Wayne Cornelius y, en los últimos años, Javier Auyero, nos recuerdan que el clientelismo no es un mecanismo arcaico que la modernidad desplace. Por el contrario, pareciera que la modernidad lo solicita. Para establecer su dominio, los políticos modernos acuden a un intercambio de favores con los estratos pobres: se negocia la entrega de algún servicio o alguna prestación para recibir a cambio muestras de apoyo político. En nuestro país este método rindió muchos frutos en el pasado: se vendía el voto por una despensa, un tinaco o, en el mejor de los casos, un puesto en el mercado, una plaza en el gobierno, un terreno en un lugar donde levantar una vivienda. El procedimiento por supuesto ha sido censurado pero, a pesar de todo, no ha desaparecido. Los políticos del pasado y también algunos modernos acuden a él para conquistar el poder, desconociendo que hoy se lucha por derechos, no por favores.

Para Cornelius las relaciones de dependencia que el cacique sostiene con los agentes del gobierno o del PRI se fundamenta en un cambio recíproco de bienes y servicios que tienen valor para ambos. Para el cacique, ellos representan una fuente de poder derivado; para los agentes del partido, el cacique les proporciona muestras de apoyo público. Además de mantener el control de las masas, el cacique ayuda al régimen “para que sean mínimas las demandas de beneficios caros, generalizados, que podrían exigir un esfuerzo exagerado del sistema político”. 

Cornelius examinó el método clientelar en un libro que se hizo famoso bajo el título Los inmigrantes de la ciudad de México y la política (Fondo de Cultura Económica, 1975). Salinas de Gortari lo leyó y lo replicó, llevando el mismo método sociológico a un escenario diferente, no la ciudad sino el campo mexicano. ¿Qué lecciones derivó de esa investigación el gran Salinas? Una, que es fundamental: la relación clientelar tiene efectos más positivos en la ciudad que en el campo: en la urbe se puede emplear el gasto público para conseguir el apoyo de los estratos populares con más provecho que en las zonas rurales, donde los políticos han perdido credibilidad. La utilidad política de investigaciones de este tipo es indudable. El lector puede remitirse al texto Producción y participación política en el campo (SEP 80-Fondo de Cultura Económica, 1982) obra donde Carlos Salinas de Gortari afirma que su estudio hacía posible “recomendaciones de política que permitan al Estado evaluar los requisitos que necesita una tecnología que estimule la participación y sea conducente a un mayor apoyo al sistema político”. 

No es gratuito, por ello, que Castillo Berthier, como buen sociólogo, al ser interrogado sobre lo que aprendió al estudiar a los tiraderos de basura, haya dicho: “Lo que encontré es que la basura es una fotografía perfecta del sistema político mexicano: a partir de la basura puedes explicar el clientelismo, el corporativismo, la corrupción, el amiguismo.” Taboada, sin duda, muestra la actualidad de esta tesis.