miércoles, junio 19, 2024
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Severiano Sánchez y el 10 de junio

Luis Hernández Navarro

Empuñando un rifle M1, un halcón se fue sobre Severiano Sánchez Gutiérrez en la marcha del 10 de junio de 1971. El alumno de Física y Matemáticas del Poli estaba atrás de un poste en la calzada México-Tacuba, cerca del Metro Normal. Trató de frenar a su agresor con un tabicazo. Fue en vano: un balazo entró por el pecho y le causó cuatro orificios.

Severiano era uno de los líderes más reconocidos del comité coordinador Poli-UNAM, herencia del 68. Aunque el 2 de octubre lo agarró la balacera en Tlatelolco, se salvó tras una corretiza del Ejército.

Ese 10 de junio marchaba en apoyo a los universitarios de Nuevo León. Pero, también, de algo mayor: “Que el movimiento estudiantil volviera a tomar las calles y ejercer el derecho de manifestación. Se buscaba superar la etapa del terror sembrada por Echeverría y recuperar el Zócalo”.

Severiano fue hijo de un ferrocarrilero y de mamá comerciante en muy baja escala. El más pequeño de siete hermanos, a los 18, impulsado por Luis Meneses, entró a Física y Matemáticas. Se volvió ratón de biblioteca, hasta que el 68 lo atravesó y dio un vuelco a su existencia. El movimiento se volvió su vida. En medio de un mar de textos de teoría revolucionaria, halló en Mao la guía más práctica para la acción.

Ese Jueves de Corpus, el contingente de Física y Matemáticas avanzaba cuando, en la esquina de Sor Juana y avenida de los Maestros, se les dejaron venir los halcones. Los manifestantes gritaron: “¡Resistan, resistan! ¡Defendamos la marcha! ¡Que no la rompan!” Desbarataron las mantas y usaron los barrotes para defenderse.

Sánchez recuerda: “Se viene la primera ofensiva de los halcones con kendos. Nos dan de chingadazos, pero resistimos porque era muy nutrida la manifestación. Los agresores se echan atrás y la policía les entrega rifles y pistolas de alto poder. Ya no era un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. De inmediato caen estudiantes heridos y muertos. Una voz ordena: “¡A la Normal!”

Severiano no se resguardó en la escuela. Corrió hacia la puerta que da a la México-Tacuba con la intención de reagrupar la marcha. Se acercó al Metro Normal, cubriéndose entre los automóviles. Pero a los pocos minutos fue baleado. Herido, pensó: “Ya me dieron. Quiero seguir luchando. No quiero morir. Aguanta”. Se sentó en la banqueta con la cabeza siempre arriba, porque empezó a vomitar sangre, hasta que un compañero de Economía de la UNAM trajo un carro para sacarlo de allí. Como pudieron, lo llevaron a la Cruz Roja de Ejército Nacional. Para no comprometerlos, les pidió que lo dejaran en la banqueta.

En la camilla del hospital, perdió la conciencia. Despertó al día siguiente. Una enfermera le contó cómo la policía se había llevado a muchos estudiantes. A él lo dejaron porque pensaron que no sobreviviría. Disfrazado de médico, su amigo Francisco Meneses fue a buscarlo y se trasladó al Poli a avisar a sus compañeros. Hechos una furia, se movilizaron decididos a todo. Le dijeron al director del instituto, de apellido Zorrilla: “¡Sobre tu cabeza si se muere Severiano! Lo vas a sacar de ahí, lo vas a llevar adónde tú te atiendes. Si se muere, venimos por ti”. A las tres horas una autoridad fue a buscarlo con instrucciones de internarlo en otro sanatorio.

En septiembre, Severiano regresó a clases. Apoyó luchas obreras y de colonos. Pero, en 1972, pistola en mano, lo detuvo la policía y lo llevó a los sótanos de Tlaxcoaque. La reacción estudiantil fue explosiva. Para rescatarlo, secuestraron 30 autobuses y amenazaron con quemarlos.

Salió de la ciudad. Sin infraestructura ni apoyo de alguna organización, se fue a comunidades de indígenas mayos en el sur de Sonora, como alfabetizador, apoyado por la gente de Álvaro Ríos. Leyó sobre la Larga Marcha y la vida de los campesinos narrada en Pekín Informa. Aprendió a trabajar el campo. Un año después, junto con sus compañeros, se trasladó a Nogales para chambear en la construcción y seguir su vida de combatientes maoístas, hasta que, la ola represiva desatada a raíz del Asalto al Cielo de la Liga 23 de Septiembre, los hizo a regresar al valle de México.

Nadie se dispersó. Rentaron cuartos en Naucalpan, Vallejo y Tlalnepantla. Se emplearon de obreros y organizaron sindicatos independientes. Eran unos 40 militantes. Severiano ingresó a Harper Wymann y dirigió importantes luchas fabriles.

Cuando, en el marco de un proyecto de convergencia política, los vientos de la revolución soplaron en otra dirección, Sánchez entró, por petición de los dirigentes democráticos de la sección 147 del sindicato minero-metalúrgico, a laborar en Altos Hornos en Monclova, Coahuila. Recorrió todo el proceso de lucha sindical: revisión salarial y contractual, utilidades, elección de comités locales, huelgas, paros, tortuguismo, enfrentamiento con el sindicato nacional y contra los directivos de la empresa.

Tras seis años en la siderúrgica como obrero, se soltó la represión. Lo despidieron, persiguieron y atacaron con porros sindicales y periodicazos, con la intención de echarlo de Monclova. La compañía le mandó decir que ni muerto regresaría a laborar.

Han pasado 52 años desde que Severiano Sánchez fue baleado. Considera que “esa brutal represión la ordenó Echeverría porque nunca aceptamos su llamada apertura democrática y nunca creímos que fuera un presidente de izquierda. El 2 de octubre ya nos había mostrado su instinto asesino. El 10 de junio provocó que miles de estudiantiles asumieran un mayor compromiso en el movimiento obrero, las invasiones populares, la lucha campesina por tierra y créditos y las armas. Su objetivo era enfrentar al gobierno autoritario, represivo y antidemocrático de nuestro país”.

A más de 50 años de distancia, concluye: “Jamás me arrepentí de mi lucha. La recuerdo con emoción y con orgullo”.