martes, julio 5, 2022
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La generalización, sustancia corrosiva en el discurso político

Manuel Vásquez

Vivimos momentos difíciles, y aún más porque para su análisis no hay método posible que se enseñe, excepto en la sociología, digamos que el periodismo queda lejos o está ajeno al análisis del discurso político, más bien se opina sobre él, pero no se analiza.

El tema podría ser ocioso, pero no lo es cuando observamos como muchos actores políticos, y también gente común y corriente, que opina; utiliza la generalización para referirse a tal cual fenómeno a tal o cual persona, a tal cual grupo de individuos, calificándolos, catalogándolos, o sometiéndolos a juicios.

La generalización en este sentido implica endosar o endilgar, o sumar un atributo, un comportamiento o un valor, o defecto de una persona a todos, o a un gran grupo de personas, partiendo de un solo caso.

Esto es, si el periodista es chayotero, cosa que ya es clasista y lleno de perjuicio, entonces todos los periodistas lo son, si quienes no se ajustan a mantener un juicio crítico mesurado que no parezca ataque, que no disienta o exhiba verdades incómodas, entonces no son opositores, pero si son opositores, lo son todos.

Si determinado comentarista se refiere al pasado como un ejemplo de éxito o valor alcance o meta sustantiva, entonces es conservador, porque no busca el progreso, él y todos sus amigos o conocidos que opinen igual lo serán también, si alguien tiene bienes, los luce, los ostenta, y/o nadie conoce su origen, entonces es un corrupto y debe hacer público su origen, si no es así, es un antipatriota golpeador.

Y no lo digo por Loret de Mola, cuya credibilidad y estilo son abrumadoramente inciertos, hay otros ejemplos como Ricardo Rocha, Julio Astillero, Carmen Aristegui y una buena cantidad de periodistas, pero también, de comentaristas, opinólogos, escritores, científicos, investigadores e intelectuales no mediáticos, e instituciones que han recibido etiquetas que parten de la generalización.

El constructo social implica que al escuchar este tipo de generalizaciones éstas aplican para una masa amorfa a la que vienen adosados también atributos, juicios, condenas,  advertencias, que hacen surgir una dicotomía clásica: los malos son los que persiguen, critican el ideario político del líder, quien por antonomasia y momento histórico representa toda la nación, hay que descartarlos, señalarlos, enjuiciarlos, exhibirlos, porque no quieren al pueblo, de alguna manera como pasó con la revolución bolchevique en Rusia o como sucedió en China comunista tras la caída de régimen imperial y el advenimiento de una revolución cultural y social que perseguía, encarcelaba y estigmatizaba a quienes habían servido a los regímenes imperiales y las traiciones republicanas.

A quienes no lo hacen –criticar, exponer, disentir, analizar con juicio crítico–, esos son los buenos, a ellos todo el apoyo, y aceptación, con beneplácito.

La generalización es una sustancia corrosiva en el discurso político; primero, porque pone en riesgo la comprensión de una sociedad heterogénea en sus formaciones y cosmovisión, para entender analizar y emitir un juicio prudente sobre los hechos de la vida diaria en sociedad.

Segundo, porque el vox populi en México es muy peligroso y con esto no digo que las muertes de los periodistas se deriven de odios sociales, o fanáticos en pro del gobierno, en absoluto; pero hay que tomar en cuenta el discurso y narrativa de los grupos delincuenciales que pululan en la nación, que está lleno también de generalizaciones, nosotros somos los dueños de este territorio, aquí mandamos nosotros, todos los demás ya van a ver quiénes son aquí los que mandan.

Al mismo tiempo, que la agenda nacional se centra en esclarecer, puntualizar, señalar,  condenar, visibilizar y defender; existen cientos de temas que de suyo son más importantes, por ejemplo, el tema migratorio que en Chiapas en estos días parece estallar y convertirse en algo ya catastrófico, la pugna de bandas delictivas en Colima, el caso Michoacán,  el desbordamiento de la violencia en Guerrero, la sustentabilidad energética que incluye precios, y por supuesto la inflación que parece rampante, no tener freno.

En fin, que al parecer, el consenso, la autocrítica, la rectificación, el apego a ciertas normas y leyes que impongan un discurso sin tanta generalización, convendría; esto toda vez que quienes observamos desde la base de la lectura de medios, su pedagogía subyacente y su enorme influencia en la opinión pública, nos damos cuenta que la extrema polarización no conviene al país.

Pronto la revocación de mandato nos dará el resultado; que ya todos sabemos, el refrendo de quien está en el poder, y en ese sentido qué bien que una nueva etapa podría inaugurarse a pesar de los ataques ciertos y verídicos haca la 4T, pero en este caso y más allá de la defensa de todo lo bien hecho, es mejor la mesura en el discurso, la señalización editorial de los errores en el periodismo dialéctico, en el verdadero, que sirva para corregir, para contrastar la realidad con el discurso, y para mas allá de la separación y divisionismo que de por sí abona a al clasismo y a la discriminación, de todos contra todos, aprendamos a particularizar, a establecer caso por caso y abstraernos quienes de alguna manera ofrecemos nuestra opinión, de alejarnos de esa sustancia corrosiva que es la generalización.