sábado, julio 2, 2022
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La codicia frenética y virulenta desquicia al Mundo


“Nadie tiene derecho a lo superfluo, mientras alguien carezca de lo necesario”

Díaz Mirón

Jorge Salazar García

No obstante ser considerada negativa en los ámbitos de lo religioso y filosófico, la codicia parece haberse posesionado del alma de las nuevas generaciones cuyo sentido de existencia lo han centrado en la acumulación de dinero. Gracias a la sistemática propagación de la forma de vida norteamericana y del modelo de mercado (intensificadas a partir de la caída del muro de Berlín en 1989), el narcisismo consumista es inducido desde los centros educativos, donde la doctrina de competencia salvaje sentó sus lares. De manera sumamente exitosa excluyeron la Filosofía y la Ética de la Educación facilitando el surgimiento de gurúes en las redes sociales que dicen poder hacer ricos a todos sus seguidores.

Considerando la codicia como el deseo sublimado de acumular riquezas (conjunto de bienes, derechos, propiedades, ahorros que un individuo posee) se abordan aspectos relacionados con el origen y la orientación maniqueo de ambos conceptos.

Sobre esto último el Diccionario Filosófico de Voltaire describe la riqueza como el bien supremo porque con ella se pueden comprar todos los demás bienes; se deduce, entonces, que su ausencia es el mal mayor. Con esta caracterización maniquea coincide el salmo 112:3 del Antiguo Testamento al considerar que la riqueza es para los buenos y la pobreza para los malvados; es decir, la primera es un Don y la segunda un castigo, otorgados por Dios (Proverbios 13:18).

Más tarde, en el Nuevo Testamento, tales concepciones cambian. Es el caso del salmo 19:24 de Mateo que dice de los ricos: “es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios”. Claro, es una alegoría dirigida a quienes rinden culto a la riqueza, entregándosela al demonio Mammón, símbolo de la codicia.

Esa fijación por la riqueza ha sido objeto de estudio en la psicología y otras áreas del conocimiento, los cuales han demostrado cómo algunas manías tienen su origen en trastornos previos del sujeto. Por ejemplo, Erich Fromm describe la codicia (El Miedo a la Libertad) como una forma de egoísmo extremo originado por la frustración del Yo. Y agrega: en tal condición el sujeto nunca alcanza satisfacción real; (siempre) está angustiado, preocupado de sí mismo, inquieto, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder o ser despojado de algo. “Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más”. Freud, por su parte, afirma que la codicia esta originada en la retención de las heces vivida en la fase anal (0-3 años) lo cual la conecta con el pecado capital de la avaricia.

Generalmente la combinación de codicia y avaricia (deseo de acumulación sin compartir) conduce al sujeto hacia la infelicidad permanente, debido a su incapacidad de dar y de amar. Se convierte en un ser necrófilo, lleno de odio e ira, dispuesto a robar, destruir y matar fríamente con tal de volverse rico. Los que ya poseen la riqueza la utilizan del mismo modo para acrecentarla. Creyendo llenar vacíos, los incrementan (B. Franklin). Sobre los capitalistas, Carlos Marx dijo que tienden a destruir sus dos fuentes de riqueza: la naturaleza y los seres humanos. Posiblemente Esteve Jobs (fundador de Apple) sea el más reciente ejemplo público que echa por tierra el mito de que el hombre para ser feliz debe acumular riquezas. Antes de morir (2011), en su última carta expresó:“No dejar de perseguir la riqueza, sólo puede convertir a una persona en un ser retorcido, igual que yo”.

Debe insistirse, sin embargo, que la riqueza no es una maldición. Es su acumulación vaciada de sentido social o productivo lo que la convierte en “maldita” porque, además de “retorcer” la existencia de quien la posee, lleva sufrimiento a quienes se les despoja.

Desde una perspectiva de sobrevivencia, la ambición y cierto grado de egoísmo son necesarios para evitar ser devorados por los lobos del capitalismo. El reto es no caer en la codicia. Si bien somos producto de los genes (que luchan por sobrevivir), el comportamiento ególatra no está fatalmente determinados por ellos tal como Richard Dawkins lo sugiere en su obra “El Gen Egoísta” (1976). El libre albedrío implica emociones, no únicamente lo físico. Aunque la información cromosómica determine la evolución de cada gen, hasta el momento nadie ha probado que estos piensen o actúen con el supuesto egoísmo despiadado que le atribuye Dawkins.

La obra anterior se menciona porque ha sido calificada como lo más próximo a la realidad respecto a la evolución de los genes, que por cierto es compatible con la teoría de Darwin. Y sobre todo porque ambas posturas han sido aprovechadas por el neoliberalismo para justificar su doctrina de competencia y de sobrevivencia del más fuerte.

Evidentemente, la descomunal inequidad en la distribución de la riqueza es fruto del amasiato lucrativo sostenido por los poderes político y económico. De común acuerdo han diseminado la doctrina empresarial fundada en la explotación irracional de la Tierra y el hombre. Aunque hay empresarios muy ricos gracias a su trabajo productivo, innovador, arduo y tenaz, las fuentes principales de la riqueza de los grandes magnates han sido la corrupción, la explotación, el robo y el asesinato. Es esa clase de riqueza la condenable.

Si bien la codicia pudiese provenir del impulso inconsciente de sobrevivencia, aquella no debe glorificarse como lo hacen los apologistas de la libre empresa en los medios de comunicación, dándole movilidad propia, frenética, virulenta y desquiciando el mundo.

Nunca será mucho repetir que el ritmo actual de concentración y acumulación de la riqueza es insostenible en un planeta de recursos limitados. Es trágico que el 99% de la población mundial viva alimentando a las criminales y autodestructivas corporaciones. Ante esta locura debe reaccionarse antes de que nuestra casa común sea destruida con nuestra complacencia. Las guerras, la inequidad, la pobreza, los bloqueos económicos etcétera son pruebas fehacientes de que la codicia patológica de los potentado y políticos es incurable. Tal vez sólo con una terapia de shock, como una revolución mundial de las conciencias, pudiese dar esperanzas de salvación.

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