viernes, junio 21, 2024
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Edomex: el antipriísmo que pide votar por el PRI

Héctor Alejandro Quintanar

El 9 de enero de 2018, la unión de partidos encabezada por el PRI de cara a la elección presidencial de ese año aún daba estertores para denominar a su coalición de la siguiente manera: “Meade ciudadano por México”. Con base en un tecnicismo –la prohibición de que en su denominación la coalición incluyera apellidos–, el INE no permitió tal nombre. Sin embargo, la intención era clara: la necesidad de mostrar a José Antonio Meade –burócrata que lo mismo fue funcionario de Fox, Calderón y Peña Nieto– como una especie de paladín técnico, sin apegos ideológicos, para quien el PRI era sólo un obligado nexo para postularse a la Presidencia y no un armatoste partidista con toda una historia detrás.

Hace poco, en el segundo debate entre aspirantes a la gubernatura mexiquense, ocurrió algo parecido, cuando Alejandra del Moral, candidata de PRI, PAN, PRD y Nueva Alianza, cerró su final intervención con un peculiar llamado: “Cuando tengas la boleta en tus manos, te pido que no pienses en un partido político… piensa en tu futuro”.

Es revelador que ahora el tricolor sea entre sus principales candidatos una especie de lastre del cual distanciarse y no un timbre que los haga revindicar “el orgullo de ser priísta”, como se ufanaba Ernesto Zedillo. En el momento más crítico que vive el partido en su historia, tras dominar el siglo XX con una prolongada preeminencia en el poder, la pregunta queda: ¿qué pasó con el PRI?

Los años de la transición pusieron de relieve un discurso engañoso que quiso reducir al priísmo a dos facetas: una especie de espectro gestor de prácticas autoritarias y fraudulentas; o un reconcomio nacionalista trasnochado que debió buscar refugio en las izquierdas partidistas, donde la sola presencia de uno de sus integrantes fuera capaz de priizar a todo un proyecto político (por ejemplo, hoy con el caso de Manuel Bartlett en el gobierno de López Obrador).

La evidencia decía otra cosa. Vicente Fox tuvo en su gabinete a ex priístas o ex funcionarios de gobiernos del PRI (Francisco Gil, Florencio Salazar, Benjamín González o Santiago Levy); al igual que Felipe Calderón (Agustín Carstens, Miguel Ángel Yunes, Luis Téllez o Javier Lozano) y ello nunca derivó en la interpretación de que esos gobiernos panistas eran “el nuevo PRI” o cosa parecida. Las trampas del foxismo en la elección de 2006 dejaron claro que las taras fraudulentas, propias del viejo régimen, sobrevivieron a la alternancia.

El reagrupamiento priísta desde 2006 tuvo su apogeo con su ascenso legislativo en 2009; la elección de Peña en 2012 y múltiples gubernaturas, sólo para que, tras el fracaso peñista, en 2018 de nuevo el partido redujera sus números como nunca, al contar en 2018 por primera vez con sólo 15 gubernaturas, hasta quedar hoy como entidad minoritaria en una coalición encabezada por su adversario de mayor data: el PAN.

¿Qué nos dice ese zigzagueo inédito? Por una parte, resulta ineludible pensar al PRI como un partido cuya solidez, por décadas, provino no de una militancia y vida interna vigorosas, sino de factores externos –como el presidencialismo y una relación de privilegio con el Estado– que le insuflaron fuerza. También resalta la construcción compleja que fue el proyecto del partido y sus gobiernos, cuyas usanzas antidemocráticas, sin embargo, persistieron en paralelo a un mínimo proyecto de nación –basado en el “nacionalismo revolucionario”– que dotó de contenido social a ciertas instituciones del país.

Hoy, esta segunda parte está no disuelta, sino dispersa: pese a los avances democráticos en el país, las prácticas autoritarias persisten y ya no son patrimonio de un solo partido, sino que pueden encontrarse en el grueso de ellos. Por otro lado, el proyecto añejo que ponderaba los ideales “de la revolución”, hoy ha fungido de acompañante de expresiones de las izquierdas partidistas.

Ahí parece estar la clave de la paradoja del priísmo actual. Mientras la mitología del PAN en 2000 se centró en acusar al PRI como armatoste fraudulento y autoritario, los tecnócratas tricolores se encargaron de un ejercicio de autofagia: nunca se dieron cuenta de que deslindarse de su otrora poyecto revolucionario no era un paso a la modernidad, sino uno a la autodestrucción.

Hoy esos tecnócratas o candidatos “ciudadanos” –como Meade o Del Moral– ya ni retoman las distinciones entre el “viejo PRI” y el “moderno”; por el contrario, se desentienden y se refugian en otra fuerza externa, como hoy la candidata mexiquense, preocupada por que la identifiquen con los tonos rosas del “Sí por México” y no con el añejo tricolor del partido que la enarbola. La lección no fue aprendida: si en el siglo XX la fuerza del PRI provino de su vínculo singular con el Estado y aun así no prevaleció, ¿qué le depara el futuro al obtenerla de un grupo empresarial voluble, que mira al partido como una necesaria molestia desechable en cualquier momento?

Más allá de que “todos somos priístas hasta que se demuestre lo contrario” –decían los clásicos–, las siglas del PRI pueden salir aún más debilitadas en las elecciones venideras. Pero esa crisis no es un súbito cambio social, sino resultas de un largo proceso donde el partido no entendió que atentar contra su proyecto revolucionario no significó hacer un deslinde con el pasado, sino un corte consigo mismo.

*Académico de la Universidad de Hradec Králové, República Checa. Autor del libro Las raíces del Movimiento Regeneración Nacional