miércoles, junio 19, 2024
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Ciudades y colapso climático

John Saxe-Fernández

En una bien hilvanada presentación magistral sobre cómo sufren y enfrentan las ciudades del mundo los crecientes embates del colapso climático en curso, Eugene Zapata, representante para América Latina de la Red Global de Ciudades Resilientes, concitó el interés por igual de estudiantes, docentes e investigadores desde el Centro de Investigaciones Interdisciplinarias en Ciencias y Humanidades (CEIICH, UNAM), en un encuentro in memoriam a Pablo González Casanova, el gran rector y académico, promotor de la interdisciplina en la frontera del conocimiento. (Videoconferencias. CEIICH, UNAM, 23/5/23).

Zapata se refirió de manera amplia y bien sustentada al papel de las ciudades locales o los espacios subnacionales en el marco de los Estados-nación, a las resistencias urbanas y al tipo de soluciones que ofrecen para enfrentar el colapso climático y otros problemas.

En la presentación del seminario, el profesor Omar Cano, de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, propuso recuperar la noción de ciudades extremas, sustituyendo la de megalópolis, que es sobre la cantidad de personas que viven en el espacio urbano, en tanto que ciudades extremas contempla las desigualdades ya radicales y estresantes de la vida social, económica, de género y migratoria que se viven en estos espacios, a lo que se le suman todos los eventos climáticos de orden extremo. Estos señalamientos de Cano nos reflejan la dinámica de la polarización social y económica que a nivel macroeconómico presenta el capitalismo contemporáneo.

Por su parte, el doctor Zapata se refirió al tema de la densidad urbana: “El espacio urbano en el mundo solo ocupa 2 por ciento de la superficie terrestre, pero en ella habita la mitad de la población mundial (4 mil millones de habitantes) y se concentra 70 por ciento de la economía, de las emisiones de gas y de la producción de basura global”.

Hay que hacer la acotación de que las comunidades urbanas son las principales víctimas de los gases de efecto invernadero (GEI) que calientan la atmósfera terrestre, pero no de la generación del desastre climático del que se encarga el Big Oil y los funcionarios de los Estados-nación que los apapachan y que, como dice Zapata, tienen muchas de sus funciones trasnacionalizadas. Es por eso muy interesante el papel que pueden jugar las resistencias urbanas y los gobiernos locales para intentar hacer cambios.

La complejidad de la temática se reflejó en datos sorprendentes como que “en los últimos 50 años el número de Estados-nación se duplicó llegando a 195 hoy, en el mismo periodo las ciudades de más de 100 mil habitantes se multiplicaron por 10… se calcula que habrá 538 ciudades de más de un millón de habitantes para 2050… con la tasa de urbanización actual, construimos todos los días el equivalente a 200 mil habitantes nuevos en zona urbana lo que es igual a un nuevo Iztapalapa cada 10 días en el mundo”.

Esto significa que la resistencia al calentamiento climático tenderá a aumentar ya que, a decir de Zapata, la urbanización desatada ha sido excluyente, productora de segregación espacial, pobreza, informalidad y conflictividad creciente. “80 por ciento de la población latinoamericana, la región más urbanizada del mundo, vive en las ciudades, especialmente en las periferias de las urbes”.

La segregación espacial y la mala planeación hacen que las ciudades sean cada vez más vulnerables: “El perfil del calor urbano es mucho más grave por las ciudades tapizadas de cemento, concreto asfalto que no deja que se recupere la lluvia sino que se vaya al desagüe. La ciudad no absorbe el agua, pero sí el calor. Contaminación de ríos, costas lagos, un estuche de calamidades de las ciudades”.

Es de la mayor importancia el hecho de que el cambio climático empieza a generar descontento en las poblaciones urbanas y en el sector público subnacional del centro y periferia capitalistas, ante la persistente negativa de las autoridades que responden a los intereses de los combustibles fósiles.

La política exterior de Estados Unidos en materia de regulación de los GEI merece atención ya que está en la base de la génesis de dicha protesta social, que empieza a cundir en las urbes del planeta. Recuérdese que el Protocolo de Kyoto, que buscaba regular las GEI y que era vinculante se volvió inoperante porque Estados Unidos y Japón rechazaron la propuesta europea de límites máximos claros a dichas emisiones.

Lo que sucedió también es que bajaron los precios de los combustibles fósiles, quitándole por ese medio toda efectividad al acuerdo. Aquello fue un golpe sicológico.

Así, ante una diplomacia de fuerza que neutralizó un mecanismo viable como el de Kyoto, se dio al traste contra ese intento por regular los GEI responsables del aumento de la temperatura planetaria. Es ingenuo pensar que el Banco Mundial, que según Joseph E. Stiglitz es del Departamento del Tesoro, va a desviar la política omnicida en materia climática.

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