miércoles, abril 24, 2024
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¿Alguno de los países miembros de la ONU, o fuera de ella, es democrático? Partes I y II

Por Patricio Emilio Marcos

En su ensayo, Patricio Emilio Marcos aborda las graves consecuencias del engaño mundial originado por los falsos nombres con el que Jefferson y Madison, quienes bautizan en 1792 al Partido Republicano Democrático de la fracción capitalista sureña. El triunfo del imperio estadounidense en la II Guerra mundial, presidido por un presidente demócrata, se convierte en el falaz ‘triunfo de la democracia’ en Occidente y en buena parte del planeta, un régimen plutocrático que produce el libertinaje democrático en la forma de vida propia, de soporte del libertinaje de las ganancias económicas del capitalismo financiero de nuestros días.

PARTE I

La respuesta directa y sencilla a la pregunta del título de este pequeño ensayo es un no rotundo. La Organización de las Naciones Unidas (ONU) estaba compuesta por 51 países en 1945, año de su fundación durante la Conferencia de San Francisco, California. En 2022, unos 77 años después, prácticamente cuadruplica su número original: 193 países, con excepción del Vaticano.

Responder la cuestión es relativamente fácil, pues basta conocer los principios o las causas que determinan las tres formas de vida y de gobierno verdaderamente políticas o humanas, y sus contrarios inhumanos, los desgobiernos despóticos que nacen de la corrupción de aquéllos. A éstos Platón les niega el nombre de Estados y los califica como supremacías partidarias o Estados de discordia, entre los que se encuentran, por el orden cronológico general de su aparición histórica, la plutocracia, la democracia y la tiranía. Sin embargo, lo complicado y peliagudo es dar cuenta de por qué la palabra democracia se convierte en el ajonjolí de todos los moles en una gran cantidad de países del mundo, si no hay uno solo que lo sea. Ninguno posee una supremacía partidaria democrática de las clases pobres; mucho menos aún la plutocracia imperial de Estados Unidos, la cual engañosamente presume de ser republicana y democrática a la vez. Lo que sí hay son muchos Estados de discordia capitalista, supremacías de las clases acaudaladas, a los que se añaden las de tiranos individuales que abusivamente portan el nombre de presidentes. ¿Cómo es posible que la especie Homo sapiens ignore que en Occidente y en otras partes del mundo no existen naciones con el despotismo de la supremacía partidaria de las clases pobres, en muy buena medida por la explosión demográfica que lo vuelve imposible? ¿Por qué se ha vuelto prestigiosa esta adicción masiva a declararse demócratas a tontas y a locas, tanto individuos como países, a pesar de ser una de las peores formas de vida, de libertinaje en la forma de vivir, totalmente contraria al principio de la verdadera libertad de las repúblicas, piso mínimo de la naturaleza humana de nuestra especie?

“Our democracy is but a name. We choose? What does it mean? It means we choose between two bodies of real, though not avowed autocrats. We choose between tweedledum and tweedledee…”
Hellen Keller

Las dos grandes guerras mundiales de la primera mitad del siglo XX prueban lo que Aristóteles dijo hace ya más de 25 siglos, quien afirmó que el animal político —zoon politikon— es la única entre todas las especies animales apasionada por la guerra. ¿Hay otras como la nuestra, que después de acabar sin compasión con más de la mitad de las especies animales del planeta se haga la guerra a sí misma? ¿No parece que esta pasión por el exterminio propio y de otros, tan característica de la que los latinos denominan especie humana —voz que viene de humus o tierra húmeda—, ha degradado al Homo sapiens hasta el punto de hacer de ella la peor de las bestias más feroces? Esta pasión suicida tan destructiva proviene de los legisladores del lenguaje, el arma con la que nace, la cual convierte a la humanidad en la especie superior entre las especies; aunque por desgracia cuando el lenguaje se corrompe también la convierte en la peor, como ocurre en nuestros días. El breve refrán latino corruptio optimi pessima ilustra con precisión cómo la corrupción de lo mejor siempre es lo peor. 

El predominio de esta pasión para asesinar masivamente a propios y extraños siempre ha existido, aunque nunca como hoy, porque en buena medida obedece a la apocalíptica cultura tecnológica de control y muerte, la cual proviene de las dos grandes guerras mundiales del siglo XX. Lo anterior es una verdad difícil de refutar ante evidencias que golpean la vista, una de las cuales es la creencia generalizada sobre la existencia de la democracia como reino de la libertad. Hoy la democracia no es otra cosa que el reinado de una ideología destructiva de individuos y pueblos que proviene de los desgobiernos y las formas de vida inhumanas; las que hoy no se clasifican con criterio político y humano, sino con el económico dominante de la vida dormida, ése que las divide en clases ricas, medias y pobres; las primeras contrarias a la vida honorable, mientras que las segundas y las terceras son una corrupción de las clases libres republicanas. 

Platón les niega el nombre de Estados y los califica como supremacías partidarias o Estados de discordia, entre los que se encuentran, por el orden cronológico general de su aparición histórica, la plutocracia, la democracia y la tiranía.

Además de la explosión demográfica antes mencionada, término que se debe a Malthus, quien publica su estudio en un libro anónimo o mostrenco que evita atribuirlo al capitalismo, las consecuencias de tal reproducción geométrica y sin límite la anticipa el nacido en la Bahía de Estagira, ya que en lugar de ser sociedades políticas las trastornan en asociaciones de bestias. Empero, el más importante entre todos los factores es uno determinante. ¿El verdadero gobierno no ha desaparecido de la faz de la tierra, como consecuencia de la tremenda corrupción en la que se encuentra la política, ciencia reina entre las ciencias y arte maestro entre las artes, de suerte que con ella desaparecen las vidas políticas reales, nobles y libres, corrompidas en sus contrarias, la vida tirana, de ricos y pobres? Sólo se salvan los pueblos ancestrales que sobreviven en el mundo, no pocos por suerte, incluidos los de nuestro país, los cuales hoy se encuentran relativamente aislados en auténticas comunidades pequeñas, que evitan el espantoso contagio de la “civilización” contemporánea. Tal degeneración de la naturaleza humana y política, cuyo piso mínimo es el principio de la libertad de las repúblicas, se pierde al convertirse en libertinaje, lo que produce un abuso de ella desquiciado y permanente. 

¿En qué consiste cada uno de estos libertinajes de la vida tiranizada y dormida, sea de las clases acaudaladas y pobres, sea de los tiranos individuales? Platón sostiene que la vida plutocrática, democrática y tiránica resulta de una guerra intestina librada entre las tres partes del alma; algo semejante a las guerras civiles entre las partes y las clases de la sociedad. Así está el alma vegetal ubicada en el vientre bajo, con los apetitos de la comida, la bebida y el sexo; el alma animal, en la que residen las pasiones del corazón y el apetito de castigo; así como el alma divina —“el dios en el hombre”, la llama Platón—, encargada del gobierno de las anteriores mediante la inteligencia que reside en la cabeza. Cuando los apetitos del vientre bajo y del corazón consiguen imponerse sobre el gobierno de la inteligencia, dotada de apetitos de placeres puros de verdad y belleza, sin mezcla alguna de dolor como las dos primeras, ya que en ellas se confunde el placer con lo que no es sino alivio de dolor, entonces la imaginación usurpa el papel gobernante de la inteligencia, para imponerle los placeres necesarios o los innecesarios del vientre bajo que esclavizan, los primeros al rico y los segundos al pobre. Por su parte, la esclavitud que padece el tirano conjuga su sometimiento de ambos. Tal golpe de Estado a la inteligencia ocurre con la corrupción de las repúblicas, situadas entre los nobles de las aristocracias y los muy ricos de las plutocracias. Este piso mínimo de la libertad humana termina con el gobierno de la inteligencia sobre las pasiones del corazón y los apetitos del vientre bajo, pérdida que hace sucumbir la libertad, virtud de la que derivan la valentía, la justicia, la generosidad, la amistad y la dignidad. 

Con estas premisas Platón ofrece una explicación por demás sencilla de esta tragedia. Cuando la inteligencia resulta destronada mediante la imaginación y los apetitos del vientre bajo, la parte superior que la casa del juicio para gobernar con gracia y dulzura las pasiones del corazón y los apetitos de comida, bebida y sexo, engendra una guerra intestina como las que provienen de las guerras civiles entre las clases sociales de los pueblos. El despojo del juicio de la inteligencia entroniza la supremacía del pensamiento y sus opiniones, siempre productos de la imaginación, en las que ésta ya no interviene de manera positiva sino negativa, porque se opone al resurgimiento de la inteligencia y el juicio así destronados. En el caso de las clases ricas, son los apetitos de placeres necesarios los que se apoderan de manera violenta de los apetitos de verdad y belleza, por lo que éstos quedan desterrados de la acrópolis del individuo, de suerte que el alma humana, ya sin gobierno y al garete, como decimos en México, padece la tiranía tanto de los apetitos de castigo de las pasiones del corazón como los apetitos del vientre bajo. 

Cuando los apetitos despóticos de placer necesarios ocupan el trono vacío de la inteligencia, ellos la arrojan del trono al suelo del lado derecho, para ordenarle que en adelante de lo único de lo que podrán ocuparse es de cómo hacer cada vez más dinero. Lo mismo ocurre con las pasiones del corazón y sus apetitos de castigo, derribados a la parte izquierda del suelo, a los que se les exige que de ahí en adelante de lo único que podrán entusiasmarse es de acumular riquezas materiales. Este control tiránico del vientre bajo esclaviza a los acaudalados, sometidos a los placeres de comida, bebida y sexo mezclados con dolor. Así se explica el libertinaje de las ganancias económicas de las clases acaudaladas de las plutocracias de nuestros días, con el exceso consecuente de su libertad destronada, la cual, con cada aumento de riquezas externas, produce un menoscabo proporcional e inverso de sus riquezas internas. 

Expuestas las causas primeras del régimen democrático en la primera parte de este ensayo, toca ahora tratar sobre las instituciones que se desprenden de ellas, siempre acorde con las clases pobres que asumen el poder de su órgano supremo, la asamblea, del griego ekklessía y del latín ecclesía. Tal órgano supremo de las auténticas democracias que vienen de la Antigüedad, sin existencia alguna en nuestros días, salvo el abuso hoy generalizado de su ideología como libertinaje en la forma de vida, brinda sustento y justificación al libertinaje en las ganancias económicas de las clases dominantes.4 Para que el amable lector pueda entender con mayor facilidad la característica de cada una de las instituciones de las clases pobres las contrastamos con las del régimen o supremacía de las actuales clases ricas Estados Unidos.

  1. Sorteo de todos por todos vis à vis elección de algunos por algunos o de algunos por todos. El principio de igualdad cuantitativa, método de designación democrático, consiste en el sorteo, ya que todos valen uno y nunca más de uno, pues de otra suerte se traicionaría la justicia democrática. Por comparación, en las plutocracias, en sus orígenes, se eligen algunos por algunos y posteriormente algunos por todos, método opuesto de las clases más ricas que la elección por el voto discrimina en favor de ellas. Como el inhumano axioma de los plutócratas es a mayor riqueza mayor poder, en el primer caso son las 100 o menos de 100 familias más ricas las que sufragan por las de mayor riqueza que ellas, oligarquías con un derecho pasivo para 80 por ciento de las mismas, quienes eligen entre el 20 por ciento de riqueza superior y al más acaudalado como primero. En sus inicios los más pocos de entre ellos, además de poder votar, son los únicos que tienen derecho a ser votados, toda vez que son los mismos plutócratas los que ejercen el poder directamente. Esta es la primera variante, ya que “todos” eligen primero a los más ricos para que ellos ejerzan el poder. Tal el caso de la dinastía virginiana con millonarios esclavistas como Washington, Jefferson y Madison. En la variante actual, después de enseñar a gente ambiciosa de clase media a administrar domésticamente el régimen de las ganancias ilimitadas de aquéllas, los representantes de éste resultan votados por todos a través de los partidos de los ricos, tal como los casos tempranos de los abogados John Adams y su hijo John Quincy Adams, segundo y sexto, seguidos del octavo, el holandés Martín van Buren, encargado de administrar los “distritos electorales podridos” de Nueva York, antes Nueva Amsterdam.
  2. Que todos manden sobre cada uno vis à vis que algunos manden sobre todos. Todos significa la asamblea de los hombres adultos pobres, los cuales ejercen el poder absoluto sobre cada uno del resto de la población, siempre bajo el influjo de los demagogos convertidos en tiranos. Por su parte, el mando de algunos sobre todos refiere a las clases dominantes por su riqueza material, ya sea directamente por los más ricos, ya indirectamente al través de sus “representantes”. 
  3. Sortearlos todos vis à vis votar todos los puestos públicos. En la supremacía partidaria de los pobres, las magistraturas individuales se designan indistintamente por lotería a través de la asamblea, salvo en algunos casos en los que se requiere experiencia o habilidades especiales, como los cargos militares. En las plutocracias contemporáneas el sufragio selecciona siempre a unos antes que a otros, porque elegir en griego significa preferir unas cosas antes que otras, los muy ricos o sus “representantes” de los partidos capitalistas plutocráticos, Republicano o Demócrata, indistintamente.
  4. Nacimiento libre sin calificación de riqueza vis à vis calificación de riqueza. La democracia no tiene calificación de riqueza para participar en la asamblea, precisamente porque se trata del dominio de los pobres sobre todos los demás, también pobres. Hoy como siempre la calificación que cuenta en las plutocracias es la de la riqueza material, ya reducida al mínimo en Estados Unidos a quienes pagan impuestos. 
  5. No reelección vis à vis reelección indefinida. Como el principio de la democracia es la igualdad cuantitativa absoluta para todos, cada uno de ellos, al salir sorteado, no puede reelegirse porque se necesita dar oportunidad para que todos ocupen todos los cargos. El caso de la asamblea ateniense del siglo IV a.n.e. es por demás ilustrativo, ya que el quórum de los participantes es de 6,000, por lo que no se permite que el presidente de ella vuelva a ser sorteado hasta que todos hayan ocupado dicho cargo; esto da más de 16 años, de manera que, debido a la igualdad cuantitativa, los sorteados son presidentes de ella durante 24 horas. En comparación, las supremacías plutocráticas establecen la reelección indefinida como norma de los propios ricos o de sus “representantes”.
  6. Lapsos breves de mandato vis à vis tiempos largos. La democracia adopta de la república los lapsos muy breves de mandato, pero de manera más radical, ya que en ésta suele combinarse la elección con el sorteo, con un tiempo de permanencia en los cargos que va de uno a tres años. En las plutocracias la reelección es indefinida como en Estados Unidos. Por eso el error que cometen los representantes del Partido Republicano al prohibir dos reelecciones presidenciales, después de que Franklin D. Rossevelt se reelige dos veces durante la Gran Guerra, resulta totalmente contrario al principio de las plutocracias, ya que pone límites donde no los hay. 
  7. Que todos juzguen por lotería vis à vis que algunos juzguen electos por sufragio. En la democracia verdadera todos los miembros de la asamblea se convierten en legisladores y jueces por sorteo, de manera diferente a como pasa en la plutocracia estadounidense, que emplea la elección en dos formas radicalmente diferentes. En la primera son los jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos, compuesta por un presidente y ocho jueces asociados a él —el superior designado por el presidente del país y los demás propuestos por éste y ratificados por el Senado—, quienes controlan de arriba a abajo todo el sistema judicial. En la segunda se elige de manera maliciosa y desvergonzada a pobres, para que sean ellos los que juzguen los delitos de sangre. De esta suerte, no son los ricos ni las clases medias, sino los pobres y sin dinero los que cargan con la responsabilidad del veredicto sobre los mismos, a quienes se les paga y no se les deja salir del edificio donde se alojan durante el juicio, no obstante que en la Antigüedad son los mejores quienes juzgan tales delitos: los buenos padres (eu-pátridas) griegos o los senatores romanos.
  8. Supremacía de la asamblea sobre todo vis à vis supremacía del Senado, sobre todo. Si en la Atenas del siglo IV a.n.e. la asamblea de los pobres tiene supremacía, sobre todo, en Estados Unidos, desde su primera e irreformable “ley fundamental”, The Articles of Confederation and Perpetual Union, aprobados por el Congreso Continental el 15 de noviembre de 1777, se crea un fideicomiso de los más ricos de las 13 colonias para administrar la alianza militar y comercial entre ellas durante la Guerra de independencia (1775-1781). Casi 10 años después se realiza la Convención de Filadelfia (el 17 de septiembre de 1789), que transfiere al Senado, donde primero están los más ricos y después sus representantes, el poder de control supremo sobre los otros poderes. El régimen de 1777 es un trust, figura que los ingleses heredan de los daneses, compuesto por un comité técnico con los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial, el cual actúa como fiduciario ante la asamblea de los más ricos de las 13 colonias inglesas en América, después de sus representantes. Los poderes del Senado atañen al control de los poderes Legislativo, Ejecutivo y el Judicial. Por eso dicho órgano propone la legislación, redacta y enmienda proyectos de ley e inclusive puede retrasar la legislación; también el Senado aprueba la destitución o la inhabilitación del presidente en turno, denominado impeachment, proceso que se inicia en la Cámara de Representantes y culmina en aquél; además de tener el poder de despedir a los jueces “por mala conducta”, cosa que nunca ha ocurrido.
  9. Nómina de la supremacía democrática vis à vis nómina de la supremacía de la clase rica. Sólo en la democracia de la clase de los granjeros no hay nómina para pagar a los que participan en la asamblea, debido a que en esta clase cada jefe de familia tiene un patrimonio pequeño pero suficiente. Asimismo, se reúnen pocas veces y conviven sin discordias importantes entre ellos para resolver la administración del gobierno. Aristóteles da la categoría de gobierno ciudadano a dicha república, no de democracia, entre otras cosas porque en las verdaderas repúblicas no se paga a los ciudadanos que participan en ellas. En el resto de las supremacías democráticas de las otras clases pobres se paga por participar en la asamblea debido a la ausencia de patrimonio en ellas, ya que de otra suerte no podrían hacerlo dada su condición indigente. La gran diferencia de las plutocracias modernas y contemporáneas, con las aristocracias medievales fundadas en el honor y la dación noble a través de la magnanimidad, es que cada uno es “rey” en su feudo y busca el beneficio esencial de su pueblo, hasta que dicha clase se corrompe. Las plutocracias modernas son el reverso, pero sobre todo las financieras de nuestros días, que buscan de manera esencial su propio beneficio en ganancias económicas ilimitadas, en contra del resto de las partes y las clases de la sociedad, como ocurre en el imperio angloamericano. Muchas cosas prueban esto, porque el grueso de los impuestos lo pagan mayoritariamente las mismas clases medias, que establece la misma Cámara de Representantes; por el contrario, a los multimillonarios les reducen y les condonan el pago de ellos de manera permanente, por ser los dueños del país.
  10. Prohibición de permanecer en los cargos indefinidamente vis à vis cargos vitalicios. La última diferencia en señalar es el contraste radical entre la permanencia en los cargos de las supremacías partidarias de los pobres y los ricos, ya que en aquéllas se turnan constantemente mediante el azar, sin que se pueda ocupar el mismo cargo dos veces hasta que todos los ocupen; un cambio más radical que el del gobierno republicano por turnos de donde se adopta, ya que en vez de garantizar un gobierno lo deja librado a la suerte y a la falta de experiencia, cosa que, como se afirma antes, convierte a la democracia en una supremacía popular demasiado próxima a la anarquía. En las plutocracias los cargos son vitalicios, un rasgo que se copia de las realezas de fundación y de las aristocracias medievales.

¿Cómo explicar el uso corrompido de la palabra democracia, creencia demagógica que consigue el propósito buscado por quienes la difunden a diestra y siniestra, ya que ha logrado hacer creer a miles de millones de personas, de manera ya irremediable, que las actuales plutocracias de los ricos, así como no pocas tiranías presidenciales, son democracias de los pobres? Esto tiene sus orígenes hace ya 230 años, cuando en 1792 Jefferson y Madison, de la fracción plutocrática sureña de Washington, quienes fundan la dinastía virginiana y esclavistas millonarios, practican un capitalismo agrícola de grandes plantaciones de tabaco y algodón, además de la cría y venta de ganado. Se trata de una fracción capitalista con actividades primarias frente al avanzado mercantilismo de la agresiva facción plutocrática yankee o norteña, con actividades económicas secundarias y terciarias. Por esta razón y conscientes de sus grandes desventajas electorales para tener mayoría en los poderes Legislativo y Judicial, deciden nombrar demagógicamente a su partido, capitalista 100 por ciento, con el nombre de Republicano y el apellido de Democrático. Como bien se sabe, el gobierno republicano es uno de clases libres ciudadanas, entonces muy admirado debido al gran influjo y el prestigio que alcanza la república, lo cual resulta de la Revolución francesa de 1789, en tanto que el régimen democrático responde a las clases pobres. Aparte de que dichos nombres no corresponden a las fracciones plutocráticas capitalistas dominantes, resulta contradictorio, porque el desgobierno democrático, sucesor del gobierno republicano, nace como corrupción de éste. Hoy el falso bipartidismo representante de la clase capitalista imperial, no de las clases medias y pobres sometidas por la pequeña clase acaudalada, resulta victorioso después de que la facción norteña yanquee conquista y anexiona para su beneficio a la facción sureña. El falso bipartidismo continúa victorioso sobre el resto de la sociedad, con los mismos nombres Republicano y Demócrata, pero ahora separados.

¿A qué obedece el uso de términos falsos y contradictorios, ya que decir república-democrática es como decir realeza-tiránica o aristocracia-plutocrática, negación el uno del otro? Se trata de una manipulación artera para ganarse el favor electoral, tanto de las clases medias como de las clases pobres de las 13 ex colonias, ya que resulta muy efectiva como salvaguarda o centinela del régimen estadounidense de los más ricos; pues no sólo su eficacia perdura ya cerca de siglo y medio, sino que consigue extenderse al resto del mundo.  Las clases sometidas del capitalismo clasificadas de medias y pobres con el criterio económico de las plutocracias, ya no político o humano de libres y pobres, colaboran y sostienen la explotación de las más ricas. 

Desde la guerra de independencia hasta la fratricida Guerra Civil de 1861-1865, los estados sureños estuvieron en franca desventaja frente a los norteños, no sólo por ser menos que ellos en número, sino también por el carácter de su riqueza, el tamaño de sus territorios y la cantidad de su población, cosa que inclusive, luego de violar su primera “ley fundamental”, The Articles of Confederation and Perpetual Union de1777, a los que se les da golpe para modificar el régimen de los mismos, que en el título llevan la causa, una confederación auténtica sin poder central, como lo querían los yanquees, hace que el congreso de Filadelfia desmienta el nombre de Estados Unidos, porque siguen desunidos y en fuerte conflicto hasta el fin de la cruel guerra interna. Se mencionan sólo dos desacuerdos mayores del grave conflicto entre el capitalismo mercantil yankee y las actividades agrícolas y ganaderas sureñas. Uno es el centralismo buscado por la fracción septentrional contra la fracción meridional, ésta federalista a ultranza para no quedar sometida a su enemiga. El otro es la esclavitud, negocio del que la colonia holandesa entonces de Nueva Amsterdam, de un capitalismo mucho más avanzado y libertino, provee una gran mayoría de mano de obra africana a las entidades de la dinastía virginiana. Éstas y otras diferencias son de tal magnitud entre una y otra fracción capitalista, que la mal llamada por el norte Guerra de Secesión en realidad fue, de principio a fin, una guerra de conquista y anexión contra el sur, cosa evidente porque cobra la vida de más de medio millón de muertos, ésos por los que la prensa británica compara la masacre provocada por el general Ulysses D. Grant con las matanzas del Gran Mongol. Todo ello no obstante que en el supremo poder del Senado a cada entidad federal se le da el derecho de un trato igualitario para impedir que las colonias sureñas abandonen el acuerdo, con dos senadores para cada una de ellas, que duran seis años en el cargo. 

No ocurre así en la Cámara de Representantes, en la que los elegidos duran sólo dos años y su número depende del censo de población, por lo que a mayor población corresponde mayor número de representantes. En los orígenes del imperio esto afecta al sur por el número tan importante de esclavos afroamericanos, 600,000 de una población total de tres millones, originalmente sin derecho a votar por considerarlos “instrumentos animados” y no seres humanos. Los sureños presionan para que se les de algún valor, pues se negarían a firmar el pacto. El norte cede y a cada esclavo en la negociación se le asigna el valor de dos tercios de hombre libre; una graciosa concesión al sur para que las ex colonias sureñas no se separen. Sin embargo, a pesar de no tener mayoría en las cámaras legislativas, mediante el uso de la artimaña de los falsos nombres del Partido Republicano Democrático, la dinastía virginiana sureña logra conservar la presidencia más de 70 años, ya que el primero de ellos atrae a las clases medias y el segundo a las clases pobres con derecho a voto.

Sin embargo, el factótum que explica el irremediable parloteo democrático mundial de nuestros días proviene de un hecho que traspasa las fronteras domésticas del imperio angloamericano, el cual también tiene que ver, ya no con los nombres de dichos partidos, sino sólo con uno de ellos. Se trata de la victoria de la Gran Guerra de finales de la primera mitad del siglo XX, la cual provoca la Alemania nazi de Hitler, de la que se aprovechan los imperios de Estados Unidos y la URSS (1922-1991), de suerte que cada uno cobra el precio de su triunfo a todos los países que luchan aliados a unos y otros. 

El factor de factores que extiende la confusión de la democracia a todo el orbe no es otro que la conquista de Europa occidental y Japón por el imperio estadounidense, la cual ocurre de manera azarosa cuando Franklin D. Rossevelt se desempeña como presidente del Partido Demócrata, fundado en 1828 por Andrew Jackson y Martin van Buren, con lo que 36 años después se sustituye su nombre original de republicano democrático. Como el nombre republicano queda libre, los norteños lo recogen en 1854 para fundar el actual Partido Republicano; ahora norteño, después de haberse llamado Partido Whig, con lo cual continúan los dos nombres demagógicos originales Republicano Democrático, aunque por separado. De esta manera, Roosevelt vende la derrota de esta gran masacre del mundo cristiano como la victoria de la democracia y la libertad. Sin excluir al imperio japonés perteneciente a las potencias del Eje, nombre éste usado por Mussolini que incluye a la península itálica y por supuesto a la Alemania hitleriana, cuya “constitución” la impone el general Douglas MacArthur en el Imperio del Sol Naciente.