martes, junio 18, 2024
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2024: identidad y pertenencia

Wenceslao Vargas Márquez

La Unam descubrió el 17 de mayo lo ya descubierto por otros en otras épocas. En un estudio titulado Diez dimensiones de la regresión democrática en México, firmada por Jacqueline Peschard (tinyurl.com/29yd2shz), explica lo siguiente: “Los datos de Latinobarómetro muestran que sólo 48% de la población en la región respalda la democracia hoy, mientras que en 2010 lo hacía 63%. En México, la situación es más grave, porque dicha apreciación es apenas de 35%. Hay un aumento de la indiferencia ciudadana frente al tipo de régimen que los gobierna (a 28% de los latinoamericanos no les importa si el régimen es democrático o autoritario y la proporción actual es del doble de lo que se registraba en 1997)”. 

Añade Peschard: “El 17% de los ciudadanos considera que en ciertas circunstancias podría respaldar a un gobierno autoritario; en nuestro país, esa proporción asciende a 33%. Es decir, un tercio de la población está dispuesta a sacrificar libertades individuales y derechos políticos y civiles a cambio de soluciones a los problemas, sobre todo económicos y de inseguridad”. Eso, sacrificar derechos a cambio de bienestar, explica la actitud del electorado mexicano aceptando el régimen del PRI durante tantos años, sobre todo a mediados del siglo XX. El PRI resolvía y el electorado aceptaba explícitamente o toleraba implícitamente. Al final, el partido fue un desastre: el sexenio 2012-218 fue su tumba. En 2024 gobierna sólo dos estados y no es difícil que en 2030 (o 2027) siga los pasos del PRD. 

La democracia no acaba de nacer ni en 2024, ni en 2018, ni hace veintitantos años como dicen algunos. La democracia es la que es. Desatino total es querer calificar las elecciones presidenciales de Guadalupe Victoria o Benito Juárez o Madero con los parámetros de hoy sólo porque nuestros abuelos no tuvieron credencial para votar con fotografía, ni urnas transparentes, ni padrón exhaustivo cuando era imposible tenerlo. Es necio. Como la historia es sólo intercambiar nombres propios, sacrificar derechos vía el Plan C a cambio de algún bienestar con programas sociales, es decir, buscar un renovado ogro filantrópico, es también la razón del electorado mexicano en 2024 para ratificar al partido en el poder por seis años más. El bienestar no es lo único: la razón también es un sentido de pertenencia a un grupo. El presidente Amlo ha sido eficaz en esto. Recordemos un apunte de Octavio Paz refiriéndose al PRI:  

“El partido es una burocracia de especialistas en la organización y en la manipulación de las masas. Su influencia se extiende horizontalmente sobre todo el país y, verticalmente, desciende hasta el ejido, el sindicato, el municipio y la cooperativa. A través de sus avatares y cambios de color (PNR, PRM, PRI), no ha cambiado de función: es el órgano de control de las masas pero asimismo hasta hace algunos años y más mal que bien, era su órgano de expresión. Precisamente la manifestación más inmediata y aguda de la crisis actual reside en que el PRI, aunque sigue controlando las masas, ha dejado enteramente de expresarlas”.  

Esto le escribía Paz a Adolfo Gilly, preso en la cárcel de Lecumberri en 1972 (El Ogro Filantrópico, 1978). El PRI viviría gobernando una treintena de años más pero ya Paz dictaminaba entonces la erosión del PRI como representación de masas. ¿Qué dejó de ser el PRI y qué es hoy Morena? Le propongo al lector la misma respuesta para esta pregunta doble, porque la historia es sólo cambiar nombres propios: Sociedad jerárquica pero abierta, sociedad que abre el camino de los privilegios y del poder a los que poco o nada tienen mitad orden religiosa y mitad agencia de empleos, hermandad y mutualidad, el partido otorga a sus miembros un sentimiento de identidad social. Esto es precioso porque es algo que el mundo moderno niega a los hombres: esa seguridad que da saberse parte de una comunidad y, a través de ese saber, sentirse el fin uno mismo”. Erich Fromm escribió en 1941 que le tenemos miedo a la libertad, que ante la crisis de identidad social buscamos de manera masoquista (es el adjetivo que usa) la subordinación a una persona o a un grupo. Así explicaba los gobiernos totalitarios de esos años en Alemania e Italia (y España).  

Supongo que el electorado mexicano, siguiendo a Fromm y Paz, perdió la identidad y pertenencia al mayoritario PRI en el año 2000. Después dio tumbos, tanteando en la oscuridad en 2006 y 2012, en alternancias sin sentido, hasta que halló en 2018, con un estridente Eureka, un nuevo ogro benefactor, una nueva identidad y una renovada subordinación a un líder carismático, heraldo de una nueva era. Como dijo la IIS-Unam en mayo: no le preocupa al electorado perder algunas libertades y derechos vía el Plan C a cambio de que nuestro ogro benefactor se mantenga cuidándonos -muy atento- desde lo más alto de la torre. 

   X: @WenceslaoXalapa