En un mundo donde sobran cadáveres pero escasea la paciencia, Occidente ha vuelto a demostrar que la coherencia es un lujo que ya no puede permitirse. Francia recibió en el Elíseo a Ahmed al-Sharaa —alias Abu Mohammed al-Jawlani, el exemir yihadista reciclado en presidente transicional sirio— y España, entre discretas sonrisas de pasillo en la ONU, lo saludó como si se tratara de un socio más en la fila de acreditaciones diplomáticas. Las fotos, reproducidas con frenesí en Instagram, parecen arrancadas de un manual de surrealismo geopolítico: un hombre listado durante años como terrorista internacional dándole la mano a Macron y estrechando cortesías con Felipe VI. La escena, que debería indignar, provoca sobre todo carcajadas amargas. Porque esto no es una traición a valores que nunca existieron; es simplemente la confirmación de que Occidente, cuando le faltan recursos, comodidades o márgenes estratégicos, transforma enemigos en interlocutores con la misma frialdad con la que cambia de corbata.
Al-Jawlani se hizo famoso como líder del Frente al-Nusra, filial siria de Al Qaeda. Estados Unidos puso precio a su cabeza, la ONU lo sancionó y los europeos lo incluyeron en sus listas negras. Pero una década de guerra en Siria, miles de muertos, millones de desplazados y una Europa harta de lidiar con refugiados bastaron para que el “terrorista” amaneciera reconvertido en “autoridad transicional” que merece recibir flores en el Elíseo. Nada personal, sólo negocios: si controla territorio en Idlib, si puede frenar oleadas migratorias y si promete (con sonrisa forzada) que ya no exportará el yihadismo global, entonces el traje occidental le sienta bien. ¿Qué importa el pasado cuando el presente aprieta?
Macron se dio el lujo de presentarlo como un interlocutor para la paz. No lo hizo por amor al pueblo sirio, sino porque Francia no aguanta más incendios: Ucrania sigue drenando recursos, África ya no obedece como antes, el gas escasea y la inflación castiga. Así que toca convertir a un paria en socio. ¡Et voilà! El terrorista en traje, sonriente, recibe la bendición republicana. El discurso moralista que Europa repite sobre democracia y derechos humanos se evapora en cuanto aparece una amenaza de desbordamiento migratorio o un cálculo energético incómodo. Y es que los valores europeos no son universales: son condicionales, sujetos a disponibilidad presupuestaria.
España tampoco quiso quedarse sin foto. Felipe VI, en Nueva York, saludó al “nuevo presidente sirio” en un pasillo de la ONU. No es un espaldarazo oficial, claro; pero basta para alimentar la propaganda del interlocutor y para demostrar que, en Occidente, la cortesía protocolaria se otorga incluso a quienes ayer se catalogaban como monstruos. ¿Y qué más da? En un contexto de crisis económica, donde Madrid tiene sus propios incendios internos, hacer de tripas corazón y sonreír a un yihadista reciclado es casi un gesto de supervivencia. La ética, en este escenario, se mide en gigavatios de electricidad y en barcos de migrantes menos.
Lo que revelan estas imágenes no es sólo hipocresía. Es la constatación de que la ética se ha vuelto un bien de lujo, escaso y perecedero. Cuando hay abundancia, Europa puede darse el gusto de trazar líneas rojas y exhibir principios. Cuando hay escasez —de recursos, de estabilidad, de legitimidad interna— las líneas se borran y se dibuja un nuevo mapa donde los verdugos se vuelven socios si sirven para mantener a raya los problemas. En tiempos de abundancia, Occidente sermonea sobre la dignidad humana. En tiempos de escasez, negocia con quien haga falta, aunque tenga las manos manchadas de sangre. Y lo hace con un cinismo casi estético: el terrorista deja la túnica, se viste con traje de diseñador y se convierte en aliado presentable.
El caso al-Jawlani no es una anomalía, es la norma en versión explícita. Europa lo ha hecho antes con dictadores, con militares golpistas, con oligarcas disfrazados de reformistas. Lo nuevo aquí es la obscenidad visual: las fotos circulan en redes como un reality show diplomático, donde el público asiste atónito al espectáculo de la resiliencia hipócrita. Que nadie se engañe: no se trata de ingenuidad ni de error. Es cálculo puro. Los mismos gobiernos que cierran sus puertas a refugiados sirios abren los salones de mármol para recibir al hombre cuya historia está entrelazada con la violencia que expulsó a esos refugiados. Un retrato perfecto de cómo funciona la maquinaria de poder en tiempos de escasez: las víctimas son desechables, los verdugos son útiles.
Quizás la próxima cumbre climática nos depare otra sorpresa: un desfile de nuevos “estadistas” reciclados, cada uno con su currículum sangriento convenientemente maquillado, estrechando manos de presidentes democráticos que repiten mantras sobre derechos humanos mientras negocian gas, votos en la ONU o acuerdos migratorios. El sarcasmo se vuelve casi innecesario: la realidad ya lo es. Occidente, ese gran predicador universal, ha quedado reducido a un mercader en el mercado de la escasez. Y en ese mercado, la ética no es moneda de cambio: es apenas el envoltorio brillante que se tira a la basura una vez abierto el paquete. Al final, la diplomacia occidental se resume en un axioma de cinismo: si sirve para contener refugiados, todo verdugo puede ser socio. Y la frase que retrata este tiempo de escasez es brutalmente simple: en Occidente, la ética no está en crisis, está en liquidación.
