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¿No tiene nombre?

Abigail Mendoza Alvarado

¡Hoy es un gran día!, ¡la fecha que tanto esperé! Tantos planes que hice antes de partir… No me lo puedo creer, todos los kilómetros que voy a recorrer, tantas aventuras que están por venir; los paisajes, la comida… ¿A quien no le emociona viajar ? Llevo poco equipaje; no se me permite llevar mucho pues el costo incrementa. Por allá resuelvo, seguro que a donde voy habrá muchas tiendas grandes, con ropa de marca, zapatos, ¡de todo! Viajamos en grupo; prefería hacerlo solo pero recomiendan quienes han hecho este viaje que es mejor en montón. Como sea, da igual… Iré enfocado en lo mio, en la emoción que hay por delante. Espero agarrar un buen lugar en el transporte, cómodo y seguro, pero sobre todo con buena vista. 

La despedida es temporal. Le digo a mi mamá que en cuanto llegue a destino, le llamaré; seguro que hasta me va a querer alcanzar por todo lo maravilloso que le contaré. Ella me ayudó a preparar la mochila para el viaje; como buena mamá sabe lo que es útil y necesario, y aunque no estaba de acuerdo con que me fuera, sabía que podría ser lo mejor. En la mochila guardo galletas, atún, agua, una chamarra ligera y algunas pastillas para el dolor, por cualquier cosa. Guardo también una foto familiar, un gran beso y abrazo de mamá, una cara triste de mi hermana, tres pesares y una pena de mi abuela, los sueños y anhelos de todas ellas; porque aunque les duele, en el fondo ponen sus esperanzas en mi. También se van conmigo el buen deseo y todo su amor. Guardo las últimas risas y lágrimas que nos regalamos la ultima noche, los recuerdos de mi infancia; el sabor a tortilla con sal calentada al fogón que mi mamá enrollaba en una servilleta y me lo daba como tentenpié, sus arrumacos y los consejos que desde bichito me daba; el desvelo por los nervios, el miedo y la incertidumbre por no saber si las volveré a ver. En una vieja mochila remendada con amor y resiliencia cabe eso y más; mi resistencia y expectativa, las dudas y los buenos deseos. 

Soy el único hombre en casa y aquí las cosas no andan bien; me quedé sin trabajo hace un mes, no hay mucho para hacer y la casa se nos cae a cachos en cada aguacero. Pero ya no hay vuelta atrás, me despido de todos y de todo lo que un día conocí; me entrego al exilio en contra de mi voluntad y al dolor que trae consigo, porque, ¿hasta dónde duele el exilio? También renuncio a mi nombre para ser un “mojado” más; quizá nadie sepa mi nombre, pero pido no salir en la nota roja o terminar siendo un «alguien más que intentó cruzar». El costo del viaje es barato; solo es dejar todo atrás… callarme el dolor, el miedo y el sufrimiento; aguantar frío, sed y hambre; caminar a ratos, ponerme listo para treparme al tren, y sobre todo tener fuerzas, hartas fuerzas, para no caerme de él.

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