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Ni la escasez ni el exceso

Veracruz vive una contradicción que no puede tratarse a la ligera. Se inunda con facilidad, pero al mismo tiempo padece falta de agua. Tiene ríos por todas partes, pero casi todos arrastran contaminación, deterioro o presión excesiva. Ni la escasez ni el exceso pueden seguir viéndose como simples caprichos naturales. Ambos expresan el desgaste de un territorio alterado durante años por la contaminación, la degradación de cuencas, la mala ocupación del suelo y una gestión pública que casi siempre llega tarde.

La nota publicada ayer por La Jornada Veracruz sobre cómo la contaminación y el estiaje agravan la crisis hídrica recoge una advertencia que debió asumirse hace mucho tiempo: el problema dejó de ser estacional. Organizaciones civiles y voces locales están señalando que la combinación de sequía, contaminación y deterioro de fuentes de abastecimiento ya configura una crisis estructural, no una dificultad pasajera.

No se trata sólo de que falte agua cuando deja de llover. Tampoco se trata únicamente de que sobre cuando las lluvias se vuelven intensas. Se trata de que Veracruz ha permitido durante demasiado tiempo la destrucción lenta de las condiciones que hacían posible procesar ambos extremos. Cuando el territorio pierde capacidad de absorber, retener, filtrar y distribuir agua de manera sana, tanto la sequía como la inundación dejan de ser episodios aislados y se convierten en síntomas de una misma enfermedad.

Ayer se señaló en este espacio que el deterioro ambiental no puede tratarse como una suma de incidentes separados. Hoy esa idea se vuelve todavía más clara. La contaminación de costas, ríos y cuerpos de agua; la presión urbana y productiva sobre manantiales, humedales y cuencas; y la ausencia de una política preventiva de largo plazo forman ya parte de un solo cuadro. Lo que está en crisis no es únicamente el abasto. Lo que está en crisis es el modelo con el que se ha usado, ensuciado y administrado el agua en Veracruz.

Durante años se actuó como si el agua fuera un recurso inagotable y como si las afectaciones ambientales pudieran administrarse después, cuando ya fueran visibles. El resultado está a la vista: poblaciones con carencias recurrentes, ecosistemas degradados, fuentes de abastecimiento debilitadas y una vulnerabilidad cada vez mayor tanto frente al estiaje como frente a las lluvias intensas. En un estado así, la emergencia deja de ser excepción y se vuelve rutina.

Ese es el punto de fondo. Ni la escasez ni el exceso son ya sólo un dato del clima. Son la expresión material de decisiones acumuladas, permisividades prolongadas y omisiones institucionales que han vaciado de racionalidad el manejo del territorio. Mientras no se entienda eso, la respuesta seguirá atrapada entre el reparto precario de agua, la reacción tardía ante inundaciones y la administración burocrática del deterioro.

Veracruz necesita algo más que medidas de contención. Necesita cambiar el modelo. Eso implica defender cuencas, sanear ríos, proteger manantiales, frenar descargas contaminantes, ordenar de verdad el crecimiento urbano y tratar el agua no como mercancía política ni como asunto secundario, sino como base material de la vida social. Seguir administrando el problema como si se tratara de una mala temporada ya no alcanza.

Lo imperativo, hoy, no es sólo atender la crisis. Es admitir que la crisis revela el fracaso de una forma de relación con el territorio. Y esa forma tiene que cambiar ya.

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