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Cada vez que Gaza vuelve a ser arrasada, reaparece una coartada tan cómoda como tramposa: que Benjamín Netanyahu actúa guiado por una profecía bíblica, que se asume ejecutor de un designio ancestral inscrito en las Escrituras. La explicación seduce porque exime de responsabilidad política: convierte una estrategia racional de poder en un arrebato místico. Pero no explica la guerra. La disfraza.
No existe, ni en la Biblia hebrea ni en la tradición oral judía reconocida, una profecía que ordene una guerra permanente contra el pueblo palestino en los términos actuales. Las referencias a Amalec, al pueblo elegido o a la aniquilación del enemigo pertenecen a contextos tribales e históricos específicos.
Netanyahu no obedece un mandato divino: instrumentaliza símbolos religiosos para justificar decisiones humanas. La Biblia no es su brújula; es su escudo retórico. Lo que organiza su conducta responde a una lógica brutalmente contemporánea: la administración estratégica del conflicto.
En este modelo, la guerra no es un fracaso del Estado, sino una herramienta de gobierno. No se busca resolver el conflicto palestino, sino administrarlo, prolongarlo y mantenerlo en un punto de utilidad política. Lo suficientemente violento para cohesionar a la sociedad israelí mediante el miedo, justificar estados de excepción, silenciar disidencias y congelar procesos judiciales, pero no tan incontrolable como para derrumbar el sistema que lo sostiene.
Netanyahu no gobierna a pesar del conflicto: gobierna gracias a él. La guerra es su hábitat político. La violencia no es un exceso ni una desviación; es el método central de su poder.
Por eso la paz auténtica es peligrosa. Una resolución real implicaría redistribución de poder, reconocimiento de responsabilidades históricas, desmontaje del régimen de excepcionalidad permanente y el fin del blindaje político que hoy lo protege de la justicia interna.
La retórica religiosa cumple aquí una función de cierre moral del debate. Al envolver la violencia en un lenguaje sagrado, se convierte toda crítica en sacrilegio y toda objeción en traición. No es fe: es ingeniería narrativa.
Y esa ingeniería se articula con el control del tiempo. Escaladas militares, treguas calculadas, negociaciones sin desenlace y ofensivas recurrentes no apuntan a una solución, sino a una prolongación rentable del conflicto. La herida no se cierra porque la herida es el dispositivo de control.
Este esquema no podría operar sin la bancarrota del sistema internacional. La ONU, el derecho internacional humanitario y los organismos multilaterales han quedado reducidos a utilería moral. Condenan mientras cuentan cadáveres, exhortan mientras financian, observan mientras la impunidad se institucionaliza.
Su incapacidad no es accidental: es el terreno fértil donde la guerra administrada se vuelve viable. Netanyahu no es un profeta ni un fanático bíblico. Es algo más corrosivo: un administrador del conflicto que ha aprendido que, en un mundo sin límites efectivos, la violencia puede convertirse en modelo de gobierno.
No hay profecía en marcha. Hay cálculo, cinismo y poder sin frenos. Y cuando la guerra deja de ser una tragedia que debe resolverse para convertirse en una herramienta que se gestiona, la barbarie ya no es un desvío: es política de Estado.




