El ataque a Siria del 16 de julio debe ser comprendido en el ajetreado contexto interno de la política israelí antes que en las consabidas razones geopolíticas planteadas recurrentemente por el gobierno de Benjamin Netanyahu. Como en el film de William Wyler de 1955, también el Primer Ministro vive “horas desesperadas” tratando de obtener oxígeno político para su continuidad en el poder.
Si hace un mes el motivo del ataque a Irán fue impedir la producción de armamento nuclear (una versión que hasta fue puesta en duda por el gobierno de Estados Unidos), en el caso de la incursión armada en Damasco las razones serían “humanitarias” y consistirían en el apoyo a la población drusa, un sector islámico minoritario que en Israel goza de reconocimiento en ámbitos como la policía, el ejército e, incluso, en la diplomacia, y que en Siria vive bajo el asedio del gobierno de Ahmad al-Sharaa, sucesor desde diciembre de 2024 del derrocado Basher Al Asad.
Pero la embestida contra Siria se produjo en un momento de recomposición de fuerzas en Israel. Mientras que el martes las dos facciones del partido Judaísmo Unido de la Torá anunciaron el abandono del gobierno de Netanyahu, el miércoles fue la organización ultraortodoxa Shas la que llevó adelante una iniciativa similar con la renuncia de sus dirigentes a los cargos políticos, aunque preservando el diálogo con el Likud, el eje central del bloque, sin quebrar así la mayoría parlamentaria de la coalición de derechas.
En ambos casos, primaron los fuertes desacuerdos sobre una propuesta de ley que pondría fin a amplias exenciones para los estudiantes religiosos en el alistamiento militar.
La excepción del servicio militar a los miles de jóvenes religiosos del país, junto con subsidios estatales para las familias de los judíos ortodoxos por su dedicación en el estudio de los textos bíblicos, se convirtieron desde hace décadas en un asunto de discordia a nivel de la sociedad civil aunque, al mismo tiempo, en un factor fundamental para la preservación de acuerdos políticos de todo tipo entre las organizaciones que componen el universo de la derecha israelí.
La profunda impronta belicista del gobierno de Netanyahu, incentivada por un nacionalismo radicalizado y por la decisión unánime del Tribunal Supremo israelí, adoptada hace poco más de un año, a favor de la incorporación de los religiosos al ejército, terminaría por afectar las relaciones internas con los ortodoxos, quienes se oponen de manera directa a esta iniciativa, incluso, al precio de abandonar la coalición gobernante de la que hasta ahora formaban parte.
Al mismo tiempo en el que se produce el alejamiento de estas dos organizaciones políticas de la alianza de gobierno, avanza la investigación penal contra Netanyahu, quien está siendo juzgado por presuntos actos de corrupción.
Con todo, buena parte de los opositores coincide en que será en este momento de debilidad que el jefe político se aferrará a su cargo tanto para preservar sus fueros como así también como un acto de presión para movilizar a sus partidarios en contra del aparato judicial que, según sus palabras, opera como un verdadero “Deep State” en contra suyo.
Con sus fuerzas menguadas, hoy Netanyahu intenta sobrevivir políticamente con una mayoría de apenas 61 bancas parlamentarias de un total de 120. Su continuidad como Primer Ministro depende de Shas que, en una postura todavía indefinida resolvió no apoyar las mociones de censura de la oposición, así como también de la ultraderecha, que rechaza de manera definitiva la finalización de la guerra en Gaza.
En el corto plazo, este reforzamiento de la línea más nacionalista del gobierno israelí pone un freno a cualquier intento de negociación por la liberación de los rehenes en manos de Hamas, organización terrorista a la que los aliados de línea dura de Netanyahu pretenden destruir sin darle tiempo a un eventual reforzamiento por medio de una tregua. Pero, de manera paradójica, el apoyo de la ultraderecha podría socavar el respaldo de la Casa Blanca al actual mandatario israelí.
El gobierno de Estados Unidos está detrás del intento de diálogo entre Israel y Hamas como un factor clave para estabilizar el conflicto más ardiente e incontrolable de Medio Oriente, pero también como un paso previo para decidir cómo proceder con el territorio de Gaza y, más aún, qué hacer con sus habitantes en un futuro cercano.
La situación de Netanyahu empeoró todavía más cuando los jueces de la Corte Penal Internacional rechazaron la petición formulada por Israel de retirar las órdenes de detención contra el Primer Ministro y su ex ministro de Defensa por presuntos crímenes de guerra y de lesa humanidad en Gaza. De igual modo, rechazaron una petición israelí de suspender una investigación más amplia sobre crímenes ocurridos en los territorios palestinos desde el ataque terrorista de Hamas.
Más allá del complejo presente en el que se encuentra, actualmente Netanyahu cuenta con dos elementos a su favor: la parálisis parlamentaria por el receso de verano, que comienza a fines de este mes y, por razones procedimentales, el impedimento para la oposición de presentar una moción para disolver el legislativo hasta finales de este año. Pero si la coalición no está consolidada cuando el Parlamento se reúna una vez terminado el receso, podría ser una señal de que Israel se encaminaría a elecciones anticipadas, que actualmente están programadas para octubre de 2026.
La advertencia es clara. Podría ser también la última posibilidad de Netanyahu de sostenerse en su cargo frente a la incomodidad cada vez más evidente expresada por la administración de Trump frente a los arrebatos de poder que motivaron un golpe directo al nuevo presidente de Siria y que en las próximas semanas podrían agigantar el incendio de Medio Oriente, medianamente controlado a través de una precaria tregua obtenida entre Irán e Israel.
Trump insiste en un rediseño de la arquitectura regional de Medio Oriente a partir de alianzas entre empresarios, clanes y monarquías de los países árabes (incluso con el nuevo presidente de Siria, originario de las filas de Al Qaeda) que no termina de ser aprobado por Israel. Pero el bombardeo sobre la única iglesia católica de Gaza y las críticas abiertas del Papa León XIV y de Donald Trump, ciertamente, refuerzan el aislamiento internacional del caudillo en decadencia.
En todo caso, el ataque a Damasco es una muestra de que Netanyahu está dispuesto a jugar a fondo en la preservación de su poder político y de que, como llevó a cabo en otras ocasiones, es capaz de exteriorizar los conflictos internos a través de acciones bélicas concretas y deliberadas. Aun si en medio de estas “horas desesperadas” resigna el apoyo de socios, amigos y aliados potenciales.
Artículo publicado el 19 de Julio de 2025 en: www.pagina12.com.ar
