Ernesto Zedillo se ha levantado como un crítico severo de la actual administración de México, denunciando un supuesto “asesinato de la democracia”. Pero su voz sólo merece un juicio despiadado, no una reverencia: porque detrás del expresidente que pontifica está el arquitecto de uno de los periodos más violentos, empobrecedores y corruptos del México contemporáneo.
Durante su gestión (1994-2000) —heredero del neoliberalismo de Carlos Salinas de Gortari— Zedillo puso en marcha una avalancha de privatizaciones, desregulaciones y rescates bancarios que transformaron el país en un experimento de mercado para ricos y de miseria para las mayorías. Bajo su mando, los ferrocarriles —sí, los emblemáticos ferrocarriles nacionales— fueron entregados, vendidos, concesionados a intereses privados, mientras el Estado renunciaba no sólo a su papel de garante sino a su propia razón de existir. Hasta Wikipedia lo documenta: que luego de dejar la presidencia Zedillo llegó a trabajar en empresas ligadas a esos mismos sectores que privatizó.
Y si se buscara sangre para simbolizar su sexenio, están los hechos: la masacre de Acteal en diciembre de 1997, cuando 45 indígenas tzotziles fueron asesinados en la comunidad de Acteal, Chiapas, mientras el Estado mexicano —bajo su mando— miraba hacia otro lado o coludía con los autores.
Esa masacre, lejos de ser un accidente, representa el rostro violento de un modelo que prefiere el control militar, la represión paramilitar, el derramamiento sobre la política social, antes que la reforma estructural genuina.
Zedillo también es responsable —o al menos símbolo— del rescate bancario del Fobaproa, una medida que socializó pérdidas privadas y consolidó deudas públicas para proteger intereses de clase. Mientras tanto, la pobreza creció, las desigualdades se ensancharon, las promesas de bienestar quedaron reducidas a titulares.
Y sin embargo, Zedillo aparece hoy con pulseras blancas de democracia, alzando la voz contra la “tiranía” que él nunca denunció —porque él la encarnó. Su reciente entrevista para medios internacionales, criticando a la actual Administración por corrupción y autoritarismo, suena como el ladrón que grita al ladrón: “¡Detengan al asaltante!”. Pero todos recuerdan que fue él quien entregó las llaves del sistema económico al capital especulativo, mientras cerraba las puertas del desarrollo social.
El lado nefando de su “neoliberalismo cínico” consiste en que se vendió como gestor del cambio cuando en realidad fue continuador del saqueo. Privatizó ferrocarriles, permitió la concentración de poder empresarial, redujo la capacidad estatal, y ahora se presenta como la voz de la legalidad. Esa duplicidad es el síntoma de una era: la era de la impostura democrática disfrazada de liberalismo autoritario.
La crítica de Zedillo al presente es válida sólo si admite su pasado. No puede llamarse campeón de la democracia aquel que gobernó bajo estado de sitio social, que toleró la impunidad de un genocidio contra comunidades indígenas, que elevó la deuda del país para salvar bancos a costa de ciudadanos, y cuyo legado económico se tradujo en pobreza y precariedad.
Hoy, cuando Zedillo acusa a otros de destruir la democracia, la pregunta es inevitable: ¿quién destruyó el tejido social de México si no quienes privatizaron el país, militarizaron la política y abandonaron al pueblo? La democracia se muere no sólo cuando se pisa la urna, sino cuando se vende la infraestructura nacional, se desguaza la soberanía y se normaliza el asesinato colectivo de los silenciosos.
Ernesto Zedillo no tiene autoridad moral para dar lecciones. Suyo es el gobierno que amparó a intereses privados, que acumuló deudas públicas para salvar bancos, que entregó ferrocarriles y privatizó el desarrollo nacional. Mientras hoy acusa a otros de corrupción, su propio currículo es una biblioteca de impunidad, de violencia de Estado y de enriquecimiento de élites.
El verdadero ejercicio del poder democrático no es proclamarse defensor de derechos desde el retiro: es haberlos garantizado en el ejercicio del cargo. Zedillo, en cambio, entregó las llaves del poder económico y militar a quienes le pagaron. Ahora se presenta como vocero de la democracia. Pero no hay mayor cinismo que el de quien coopera con el saqueo y luego toma el púlpito para predicar contra él.
Que nadie se deje engañar: detrás del expresidente que habla de la muerte de la democracia está el mandatario que privatizó el país, empobreció al pueblo y dejó la deuda de todos. Su crítica a la 4T no es más que la máscara tardía del “neoliberalismo con sangre”.




