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Milei, el estridente

ECP*

En la política contemporánea abundan los adjetivos: populista, radical, conservador, outsider, libertario, antisistema. Pero hay uno que resume con precisión quirúrgica el estilo de Javier Milei: estridente. No es un término técnico ni un concepto de manual, pero capta lo esencial de un personaje que ha convertido el ruido en método, la gesticulación en programa y la confrontación en razón de ser. Milei es estridente porque no sabe —o no quiere— pasar desapercibido. Su valor político radica en estar siempre en el centro del escenario, incluso si para lograrlo debe incendiar el teatro.

Su expresión corporal es un espectáculo en sí mismo: ojos desorbitados, manos agitadas como hélices, inclinaciones hacia adelante que parecen ataques frontales.

Cada gesto es una exclamación, cada frase un grito. En un debate puede parecer más un rockero de estadio que un presidente de la República. La política, para él, no es un arte de la palabra medida, sino un concierto de guitarras distorsionadas. Y como buen músico del ruido, ha aprendido que la estridencia atrae más cámaras que cualquier discurso razonado.

Su manera de hablar no es casual. Es un discurso dicotómico: el bien contra el mal, la libertad contra la esclavitud estatal, el héroe contra “la casta”. No hay matices ni grises; solo extremos. La economía, la política y la historia se reducen a la batalla final de Milei contra los enemigos de la libertad. Y en ese relato, él es el Mesías que viene a liberar a la humanidad del yugo del Estado. La ironía, por supuesto, es que este salvador se muestra menos como un académico de la Escuela Austríaca y más como un predicador pentecostal en trance, con Biblia libertaria en mano y un coro de seguidores dispuestos a corear sus insultos como salmos.

El estilo estridente tiene un objetivo calculado: polarizar. Milei no busca consenso ni moderación. Su fuerza proviene del enfrentamiento permanente. Necesita enemigos para existir: los burócratas, los sindicatos, los políticos tradicionales, la prensa, las feministas, los ambientalistas, los keynesianos, los tibios y, por supuesto, la “casta” en bloque. Su repertorio de adversarios es tan amplio que podría llenar un estadio con ellos, y en cada discurso los denuncia como parásitos que viven de la sangre de “los verdaderos argentinos”. Como todo demagogo, Milei sabe que sin villanos no hay epopeya.

En el terreno psicológico, la estridencia refleja rasgos de personalidad histriónica y narcisista: la necesidad constante de atención, la exageración de emociones, la teatralidad en cada gesto, la centralidad del yo sobre cualquier nosotros. Milei habla como si la historia lo esperara a él, y solo a él, para redimir a la patria. Su relato está plagado de “yo hice”, “yo demostré”, “yo enfrenté”, en un bucle infinito de autoafirmación. La patria es el decorado de su drama personal, no el fin último de la política.

La ironía más punzante es que el Milei estridente se convierte en dos versiones distintas según el escenario. En Argentina grita, insulta, provoca y descalifica; en foros internacionales, modula su tono y se presenta como un economista técnico, capaz de hablar de inflación, déficit y reservas con compostura. Es como si tuviera dos micrófonos: el distorsionado para el público local y el de estudio para los mercados. La contradicción no lo incomoda; al contrario, demuestra su flexibilidad performática. Su estrategia es simple: ruido para las masas, calma para los capitales.

Pero la estridencia no es sólo un estilo: también es un riesgo. Gobernar exige negociación, paciencia, capacidad de construir acuerdos. Y la estridencia destruye puentes en lugar de tenderlos. Milei ha logrado movilizar a un sector amplio de la sociedad argentina que se siente traicionado por décadas de corrupción y decadencia. Ha conectado con su enojo y lo ha canalizado en un grito colectivo. Pero el grito no alcanza para pagar deudas, generar empleo o estabilizar el peso.

Los jubilados son quizá el símbolo más descarnado de lo que significa gobernar con estridencia y tijera. En Argentina, las pensiones se pulverizan mes a mes bajo la inflación, y cuando los mayores salen a exigir lo que es suyo, reciben la respuesta de la fuerza pública: gases, empujones, balas de goma. Es la contradicción del Milei libertario: proclama defender la libertad, pero la niega en las calles a quienes protestan por sobrevivir. Ese choque entre la retórica del héroe “antisistema” y la imagen de ancianos reprimidos por reclamar pan y medicinas muestra con crudeza que la estridencia ya no es solo ruido político, sino violencia institucional.

La historia de los líderes estridentes no suele acabar bien. El ruido que los lleva a la cima se vuelve en su contra cuando los problemas persisten y la realidad no responde al volumen de sus discursos. La estridencia como método político tiene fecha de caducidad: los seguidores dejan de sentir la adrenalina del grito y empiezan a exigir resultados. Entonces, la voz que parecía heroica se convierte en ruido molesto, como un vecino con bocinas a todo volumen que impide dormir.

A nivel internacional, Milei proyecta la imagen del enfant terrible del sur, el libertario radical que llega a patear el tablero global. Se codea con la derecha dura europea y con la ultraderecha estadounidense, presentándose como parte de una cruzada global contra el “socialismo” y la “ideología de género”. Esa red internacional le da un aire de relevancia más allá de Argentina, pero también lo amarra a un guion que refuerza su imagen estridente: el héroe excéntrico que lucha contra las sombras del progresismo. En ese libreto no hay espacio para los matices ni para la política pragmática que Argentina necesita con urgencia.

Lo contradictorio es que, detrás de la estridencia, hay un político profundamente convencional en su estrategia. Como cualquier populista, Milei usa la emoción por encima de la razón, el enemigo común por encima del argumento, la épica por encima de los números. La diferencia es que, en su caso, la teatralidad alcanza niveles de ópera bufa. Si otros líderes se disfrazaron de estadistas, Milei prefiere encarnar al rockstar antisistema. Pero los países no se gobiernan con guitarras distorsionadas.

El Milei estridente seguirá siendo eficaz mientras la indignación social le dé combustible. Su mayor éxito ha sido instalar la idea de que el sistema político argentino estaba agotado y que hacía falta una sacudida brutal. Pero la misma estridencia que lo llevó al poder es también su talón de Aquiles. Gobernar requiere paciencia, negociación y resultados; tres virtudes que no encajan con su temperamento explosivo. La política real se mueve en tonos grises, mientras Milei insiste en tocar solo en blanco y negro, y siempre a un volumen insoportable.

El problema de Milei no es solo de forma, sino de fondo. Su programa económico radical implica recortes, privatizaciones y desmantelamiento del Estado, todo acompañado de la retórica de la libertad. Pero detrás de la retórica libertaria se esconde el sacrificio de millones que deben soportar desempleo, pérdida de derechos y mayor desigualdad. En nombre de la lucha contra “la casta”, Milei se convierte en el verdugo de sus propios seguidores. Y la historia latinoamericana está plagada de caudillos que se autoproclamaron salvadores antes de hundir a sus pueblos en crisis interminables.

El apoyo entusiasta de Donald Trump no es casualidad. La derecha global encuentra en Milei un espejo: un líder que convierte la política en espectáculo, el insulto en consigna y el caos en método. El aval trumpista funciona como certificado de autenticidad reaccionaria y, al mismo tiempo, como advertencia: el ruido puede ser exportado, amplificado y celebrado por quienes ven en el estrépito argentino una cruzada compartida contra el progresismo mundial.

¿Puede calificarse a Milei de fascista? Sí, aunque con el outfit del siglo XXI. Comparte el culto al líder, la represión de opositores débiles, la construcción del enemigo común y el nacionalismo excluyente. Su alianza con la ultraderecha internacional refuerza esa etiqueta. Es un fascismo performático, neoliberal y globalizado, que sustituye las camisas negras por la pantalla de televisión, los micrófonos y la represión callejera.
Milei convirtió la política en un concierto de guitarras distorsionadas: mucho ruido, poca partitura y menos aún resultados. La estridencia que lo sostiene es ya el eco insoportable que lo derrumba. Milei gobierna a gritos, y los países no se sostienen con megáfonos.

*Es Cosa Pública

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