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MAGA: el fracaso como política

Hace cinco días, un mexicano murió bajo custodia migratoria en un centro de detención en California. No es un hecho aislado. Es el número catorce en lo que va del año. Catorce muertes desde enero en instalaciones que, en teoría, son administrativas, no punitivas. El dato no es menor. Marca un umbral. El sistema de detención produce muertos de forma recurrente, no es un mecanismo de gestión migratoria, es llana represión racista.

La política migratoria estadounidense ya no se sostiene en la regulación de flujos ni en la administración de fronteras. El gobierno de Trump la desplazó hacia el control basado en la coerción, la intimidación y la detención física prolongada. El lenguaje lo intenta disimular: “custodia”, “procesamiento”, “centros”. Los hechos lo desmienten: muertes, uso de fuerza, negligencia médica, opacidad.

Catorce fallecidos en tres meses no son una anomalía estadística. Son un patrón. Los patrones definen sistemas. La repetición de estos eventos, en distintos estados y centros, revela una estructura que ya no funciona bajo criterios civiles. Funciona bajo lógica de regresión militarizada.

Ese desplazamiento no es casual. Es político. La narrativa que equipara migración con amenaza ha sido sistemáticamente construida. En ese marco, el migrante deja de ser persona y se convierte en objeto de contención. Si eso ocurre, entonces el umbral de tolerancia institucional cambia. Lo que antes era inaceptable —detenciones prolongadas, condiciones precarias, muertes bajo custodia— se normaliza.

Pero el punto de fondo no es sólo la represión. Es el fracaso. El proyecto que prometía reindustrializar Estados Unidos, recuperar empleos y recomponer su base productiva no ha cumplido. La reconstrucción material no llegó. Y ante ese vacío, la política se desplazó hacia el control. Es más fácil cerrar, contener y castigar que reconstruir.

El resultado es un endurecimiento que roza lo abiertamente represivo. No como exceso puntual, sino como orientación. La presencia creciente de dispositivos de seguridad, el uso de fuerza en centros de detención y la expansión de acuerdos policiales configuran un entorno donde la migración es tratada como amenaza estructural. Ese es el rasgo que define una deriva fascistoide: no la retórica aislada, sino la reorganización del aparato estatal en torno al control del “otro”.

Esto no queda contenido dentro de Estados Unidos. Tiene efectos inmediatos sobre México. La incertidumbre se instala en todos los niveles. No sólo en quienes migran, sino incluso en quienes buscan cruzar temporalmente, trabajar, estudiar o simplemente asistir a eventos masivos. La pregunta ya no es sólo si se puede entrar, sino en qué condiciones se puede permanecer. La sospecha sustituye a la norma.

La política migratoria dejó de ser un instrumento de regulación. Ahora es un mensaje. Un mensaje hacia adentro —orden, control, castigo— y hacia afuera —disuasión, cierre, endurecimiento—. En ese tránsito, los derechos se vuelven secundarios y la dignidad prescindible.

Estados Unidos no está resolviendo su problema migratorio. Está administrando su propio fracaso.

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