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Los profetas del desastre

Veracruz lleva días bajo el signo del agua y de la desolación. La tormenta tropical Raymond no sólo anegó calles y viviendas: volvió a dejar al descubierto la brecha entre país real y país mediático.

Mientras miles de familias luchaban contra el lodo y la pérdida, los profetas del desastre —los mismos de siempre, los Loret, los Dresser, los Aguilar Camín— afilaban su pluma para facturar indignación. No hay tragedia que no les sirva de argumento, ni desastre que no conviertan en editorial.

El país puede estar sumido en el fango, pero ellos siguen repitiendo su catecismo: “Todo está peor”. No importa que la ayuda llegue, que Protección Civil se despliegue o que la gente se organice; lo importante es sostener el guion de la decadencia.

Se autoproclaman fiscalizadores morales, aunque su mayor especialidad es el dramatismo rentable. Son los cronistas de un apocalipsis que nunca se consuma, los guardianes del lamento eterno.

Su discurso tiene el mismo patrón que el sistema que defienden: donde hay pueblo, ven populismo; donde hay errores, imaginan colapso; donde hay solidaridad, suponen manipulación.

No denuncian la miseria: la administran, la rentan por clic, la venden en cápsulas de opinión. Y mientras posan de escépticos incorruptibles, callan frente a la pregunta esencial: ¿qué se habría hecho mejor?

Porque, si de verdad les importara el país que dicen dolerles, podrían empezar por exigir lo básico. Lo que “debió hacerse” en Veracruz era tan elemental como urgente.

Activar alertas ciudadanas tempranas apenas la Conagua emitió su aviso, no siete horas después. Desplegar perifoneo, mensajes de radio y transporte gratuito para evacuar colonias ribereñas antes del anochecer. Coordinar municipios, Guardia Nacional y CFE desde un Centro de Mando Único, sin esperar conferencias de prensa.

Drenar los ríos Cazones, Tecolutla y Tuxpan; limpiar drenajes pluviales; reparar represas antes de la temporada de lluvias. Usar la tecnología disponible —mapas de riesgo, sensores, alertas SMS— y activar refugios con personal preparado, no improvisado.

Comunicar con claridad y empatía: una voz única que informe cada hora sobre rutas y refugios. Reubicar familias de zonas de alto riesgo y, sobre todo, garantizar continuidad institucional para que Protección Civil no empiece de cero cada sexenio.

Eso es lo que debió hacerse, y lo que rara vez hacen quienes hoy fingen sorpresa. Los profetas del desastre no construyen, solo narran. Y en esa narrativa, el país es siempre víctima, nunca protagonista.

Les conviene la catástrofe porque sin ella perderían micrófono. Son los heraldos de la desesperanza con cuenta verificada: la tragedia ajena es su combustible moral.

En Veracruz, la naturaleza desbordó ríos; en los medios, se desbordó la hipocresía. Los mismos que callaron ante décadas de corrupción institucional hoy descubren el drama humanitario como si el agua fuera nueva.

Su neutralidad es tan espesa como el lodo: simulan ecuanimidad mientras culpan selectivamente.

Lo paradójico es que, entre la devastación y el ruido, el pueblo veracruzano hace lo que los opinadores no saben hacer: levantarse.

Los vecinos limpian las calles, los jóvenes organizan brigadas, las radios improvisan cadenas solidarias. Es la otra cara del país, la que no busca trending topic sino reconstrucción.

Y mientras los comentaristas se indignan en horario estelar, los de abajo rehacen su vida sin micrófono. Son los verdaderos héroes de una nación donde cada lluvia vuelve a probar la misma verdad: los desastres naturales son inevitables, pero los mediáticos son perfectamente evitables.

Porque al final, entre la tempestad y el griterío, queda claro quién se moja y quién factura la tormenta.

Veracruz se seca con esfuerzo; la oposición, con discursos.

Y mientras unos reconstruyen puentes, otros siguen cobrando por verlos caer.

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