Hay figuras que no cambian de piel aunque intenten disfrazarse de ciudadanos neutrales. Eduardo de la Torre Jaramillo es una de ellas. Exdiputado del PAN, hombre formado en la peor escuela de la política conservadora: el calderonismo. Hoy reaparece como pretendido promotor “ciudadano” de la revocación de mandato en Veracruz. Dice actuar en nombre de la democracia. Zafio, lo que mueve su cruzada no es la ética ni la legalidad, sino el viejo impulso del rencor derechista: la incapacidad de aceptar que la voluntad popular eligió a una mujer emanada de Morena para gobernar el estado.
Incapaces de argumentos medianamente aceptables recurren a limosnear el mínimo desacuerdo.
El oportunismo tiene sus liturgias. Primero se declaran “académicos”, “consultores” o “expertos en derecho electoral”, como si la toga lavara lo impresentable del pasado político. Luego se presentan como defensores del pueblo, víctimas del poder y mártires del sistema. Pero cuando se rasca un poco la superficie, aparece la verdad: son los mismos panistas reciclados, los mismos que aplaudieron la carnicería, las guerras sucias mediáticas, las privatizaciones disfrazadas de modernidad y las tragedias que dejó el calderonismo en todo el país. Estos ordinarios que hoy piden una revocación de mandato en nombre de la democracia fueron los cómplices de gobiernos que convirtieron la democracia en simulacro y al Estado en botín.
El argumento de estos falsos ciudadanos es tan cínico como frágil: dicen que buscan “institucionalizar la participación” o “presionar al Congreso” para que legisle sobre la revocación. Pero no hay ingenuidad en su calendario: montan su espectáculo justo cuando el estado enfrenta emergencias climáticas y crisis de infraestructura, cuando las lluvias golpean a miles y el gobierno dedica todos sus recursos a atender a la población. En vez de arrimar el hombro, arriman las cámaras. En lugar de ayudar a levantar a los damnificados, levantan firmas. Es una operación de carroña política, de esas que se alimentan del dolor ajeno para fabricar titulares.
La gobernadora Rocío Nahle lo dijo sin rodeos: “A Veracruz se le respeta. No es carne para la carroña.” Y tiene razón. Porque en el fondo lo que molesta a estos supuestos activistas no es la falta de democracia, sino la pérdida del privilegio. Les duele que la agenda pública ya no se escriba desde los cafés de los poderosos ni desde las oficinas del PAN. Les duele que una ingeniera energética, mujer, veracruzana y morenista, haya llegado a un cargo que durante décadas fue exclusivo de las élites políticas masculinas. No soportan el cambio de época y disfrazan su resentimiento de civismo.
Nadie discute el derecho ciudadano a exigir rendición de cuentas. Pero la revocación no puede convertirse en arma de sabotaje político ni en distracción oportunista. Quien viene del PAN y del calderonismo no puede pretender neutralidad moral. ¿Dónde estaban esos paladines de la transparencia cuando su partido entregó el país al crimen organizado, cuando los muertos se contaban por decenas de miles y las instituciones se usaban para perseguir adversarios? ¿Dónde estaba su indignación cuando los fondos públicos se dilapidaban en contratos inflados y se privatizaban los servicios sociales? No estaban. Entonces callaron, y hoy pontifican.
El ciudadano auténtico construye, no destruye; propone, no utiliza las tragedias como trampolín mediático. Los carroñeros políticos, en cambio, viven de la herida ajena: necesitan que el desastre continúe para justificar su papel de inquisidores. No buscan justicia, sino micrófono. No quieren democracia, sino revancha. Y en esa hipocresía está su verdadero rostro: el del resentido que confunde la crítica con la demolición, la ciudadanía con la conspiración.
Veracruz ha pasado por años difíciles y no necesita inquisidores de escritorio. Necesita trabajo, unidad y responsabilidad. Lo que estos oportunistas ofrecen es lo contrario: un espectáculo de mezquindad y vanidad revestido de “participación ciudadana”. En el fondo, su objetivo no es fortalecer la ley, sino desgastar al gobierno; no es mejorar la democracia, sino ensuciarla para volver a pescar en el río revuelto que tanto les conviene.
No hay pureza posible en quien usó el poder y ahora finge distancia. Eduardo de la Torre Jaramillo puede escribir artículos y comparecer como académico, pero su biografía lo delata. Lo que hoy pretende vender como cruzada cívica es, en realidad, la reedición de una vieja estrategia del PAN: presentarse como víctima cuando pierde y como juez cuando no gobierna.
La respuesta de Nahle no fue destemplada, sino apenas justa. A los necrófagos no se les discute: se les exhibe. Veracruz merece debates serios, no basuras ideológicas. Y si alguien necesita una revocación, es la hipocresía política que durante décadas se disfrazó de virtud.
