INTERTEXTOS
Todo inició en Ventorrillo
José Miguel Naranjo Ramírez
Editorial Musa (2025)
Por Juan Fernando Romero Cervantes Fuentes
El trabajo intelectual es también una labor de zapa en busca del tiempo perdido, aunque orientado por los perfumes o sus opuestos, es así mismo, un bordado cuya inmaterialidad no es siempre apreciada, sobre todo ahora donde la sociedad consumista vive del objeto por el objeto. El pensamiento, las ideas, no son más que una sombra de la realidad que igualmente se consume en imágenes que desaparecen velozmente para ser sustituidas por otras igual de efímeras (y Platón no pudo imaginar tal fugacidad).
En este escenario fantasmagórico, la realidad escurre y no se fija. No hay tiempo para la reflexión sino para la inflexión: adorar al presente pasajero. ¿Cómo detener este río? ¿Cómo comprender su liquidez y atrapar sus significados? Si, en esta posmodernidad caracterizada por Bauman, una de las respuestas positivas es la literatura, esa imaginación qué al buscar el tiempo perdido, lo atrapa.
Marcel y Miguel guiados por su olfato literario voltean la vista atrás para atrapar una realidad cuya presencia puede permanecer gracias no sólo a la memoria, sino al arte, gracias no sólo al recuerdo personal –que en los dos casos es excelente- sino a la memoria compartida, es decir, social.
El río de la historia de pronto, se detiene; deja de fluir para convertirse en presencia, en presente, Sus páginas y letras son imágenes y sentidos multiplicados por la magia de la literatura que convierte a la palabra en realidad, que transforma el pasado en presente: huelo, toco, oigo, degusto lo que fue en las imágenes de la literatura al revivir el pasado. Esta rememoración excita mis sentidos todos. Las imágenes cobran vida, la literatura es vida, como cualquier maestro lo sabe.
Y esta magia se da porque al compartir los humanos el lenguaje, estamos compartiendo no sólo nuestra visión del mundo, sino nuestra permanencia en el mundo; compartimos la vida que se convierte en palabras, en el verbo,
Marcel salta de una barranca a la otra: lo posee el genio de la literatura, es su alma. Y por eso se puede comunicar con nosotros, los más viejos y los más jóvenes. El tiempo pasado, no perdido, de Marcel, es nuestro tiempo presente, como lo descubrió Don Quijote con sus lecturas. Los protagonistas adquieren vida cada vez que los leemos. ¡Maravilloso arte que nos permite compartir el pasado, y por la magia de la palabra, hacerlo un presente permanente! Así, me siento a mis anchas con Sancho y me apena la triste figura de Don Quijote.
La literatura, juego de la mente, reflejo donde nos vemos a nosotras mismos como hubiéramos querido ser, conducidos por el deseo… y también por la memoria colectiva donde aprendemos a ser humanos en el espejo social del lenguaje: somos nosotros y, simultáneamente, somos los otros.
Decía en la primera entrega que la literatura es un juego de espejos donde el autor a la vez se ve a sí mismo y se pierde en su multiplicación-ficción. Naranjo se instala en las dos últimas décadas del XX y las dos primeras del XXI resaltando implícitamente la importancia realista de los ciclos y su proceso histórico; en el caso de “nuestro “Marcel, transcurre la ficción en la Atenas Veracruzana, la Ciudad de los Caballeros, la pluviosilla y el pueblo de origen, Ventorrillo, donde lo educan Don Máximo y Doña Perfecta.
Solo que la imperfección de la realidad es una de las ricas vetas donde nace la literatura veracruzana – y por supuesto, la universal- y es también la fuente de la verdad histórica donde y cuando otro autor, Carlos Fuentes, escribe otra novela que sucede en Xalapa, Córdoba, Orizaba y la cuenca del Papaloapan
Ya escribimos que el mecanismo de la literatura es igual al mecanismo de la historia y el río de la historia no se detiene, sino que avanza con la fuerza del recuerdo y con el ímpetu de la realidad; Carlos Fuentes se convierte en “historiador” de otra realidad de Veracruz en el siglo XIX e inicios del XX que sucede en aquellos mismos sitios, los imaginarios y los reales.
El juego de espejos de la literatura es un laberinto de cuentos donde loas días y los años escurren en la novela de Fuentes al narrar los transcurridos con Laura Díaz (Los años con Laura Díaz (Alfaguara, 1999). Aquí este autor realiza una visita guiada a la historia nacional a través de la vida de una mujer y sus pasiones, una mujer que se va construyendo a sí misma; también una saga familiar que visita, quizá, los mismos sitios imaginados por las mujeres de Marcel, sólo qué en otro tiempo.
Acá, en nuestra novela, transcurre lentamente esa vida individual que se va uniendo con la vida colectiva, como si la historia solo fuera una literatura disfrazada de verdad. En tanto Carlos Fuentes nos advierte: “nada se repite”, “no es el pasado lo que muere con cada uno de nosotros, sino el futuro”; las ficciones de Fuentes y Naranjo corren paralelas en el espacio colorido, no en el tiempo: suceden en el trópico, donde la naturaleza incesante de Fuentes se manifiesta como la conducta incesante de Miguel; en otras palabras iguales, lo expresa la cita de Pellicer en Fuentes:
“Trópico, ¿por qué nos diste las manos llenas de color?”.
En este juego de espejos, si Fuentes fuera Proust, si Marcel fuera Miguel, el territorio donde se mueven Laura Díaz y Marcel, entonces, se parecen, y su posible identidad depende del lector; aunque la época no es igual. Tenemos entonces una geografía común y dos protagonistas que viven en esa delgada línea entre la invención y la realidad que la literatura pone en presente y que brinca de un autor a otro, es decir, de una fantasía a otra, avanzando imprudentemente, solo que ambas sujetas a la realidad
Si tú, que estás leyendo, fueras yo, que estoy escribiendo, sería igual, ¿comprendes? y si fuéramos máquinas, no habría espejos, y tampoco habría deseo.
Mediante esos espejos, la literatura nos enseña a pensar. La literatura expresa lo que la muerte ha callado.
Me gustaría regresar a los días y los años con Laura Díaz, pero, ya es tarde.
Xalapa, Ver. Marzo 8, 2026.
