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LAS VECES QUE VILLA LLORÓ

Por Lucio Gómez Pazos

Francisco Villa fue una persona llena de contrastes, contradicciones, de claroscuros. Impulsivo sin parangón, capaz de emprender las más osadas acciones dando muestra de una valentía casi inquebrantable, de castigar con la mayor de las durezas alguna traición o de conmoverse hasta las lágrimas como un imberbe. Esto último sucedió en más de una ocasión por motivos diversos, aupado por un sentimentalismo peculiar o ante momentos de ostensible debilidad o de inminente peligro.

DISCORDIA CON FRANCISCO I. MADERO

Villa siempre se mantuvo fiel a Francisco I. Madero, mostrándole no sólo admiración y aprecio sino lealtad a prueba de toda duda. No obstante, en mayo de 1911 hubo una desavenencia que involucró a Villa y Orozco contra Madero. Después de la batalla decisiva de Ciudad Juárez, que los llevó a la toma de la misma y a la prácticamente derrota del ejército federal, cuyo desenlace fue la renuncia de Porfirio Díaz, tanto Orozco como el propio Villa le pidieron a Madero la entrega del general porfirista Juan Navarro para fusilarlo no sólo por haber sido un implacable verdugo contra los revolucionarios: “había despertado mayor furia y odio contra los revolucionarios porque había ordenado matar a bayonetazos a los prisioneros que tomó tras la batalla de Cerro Prieto” (Katz, 2007, p. 136), sino porque además así lo estipulaba el Plan de San Luis: “sostenía que los comandantes federales que violaran las leyes de la guerra y ejecutaran prisioneros serían juzgados y ejecutados” (Katz, 2007, p. 136). Ante la rotunda negativa de Francisco I. Madero, y ya sea porque al exigírselo con las armas en las manos tal como lo tenía acordado con Pascual Orozco pero que a la hora de la verdad éste último no cumplió lo convenido o porque Villa se sintió inerme luego de una conmovedora arenga que Madero dirigió a los soldados-villistas y orozquistas- quienes sin tener clara idea de lo que sucedía lo vitorearon efusivamente. Ya sea por éste hecho inusitado, se dice que Villa lloró desconsoladamente ofreciéndole disculpas a Francisco I. Madero para que lo perdonara, quien, habiendo salido avante tras el percance, escoltó él mismo al general Juan Navarro hasta El Paso, Texas, salvándole de esta manera la vida.

DESENCUENTRO CON VICTORIANO HUERTA

Sucedió en Jiménez, Chihuahua, un 4 de junio de 1912. Villa estuvo a punto de ser fusilado por órdenes de Victoriano Huerta, quien había sido enviado por Madero para comandar la División del Norte del ejército federal contra la rebelión de Pascual Orozco. Huerta sentía animadversión hacia

Villa a quien consideraba poco menos que un bandido susceptible de ser sobornado. Lo que detonó la arbitraria decisión de Huerta fue el robo de una yegua que los soldados villistas habían hecho de una de las haciendas, la cual fue confiscada por uno de los jefes militares huertistas. Al enterarse de este incidente, Villa fue directamente a hablar con Huerta para que le devolviesen la mentada yegua, esto sucedió el 3 de junio, un día antes de su casi fusilamiento. De acuerdo con Villa: “Me respondió [Huerta] con una arrogancia que ningún jefe debe tener y que yo no estaba en ánimos de sufrir. O sea que por algunos momentos nos desacompasamos algo de palabra” (Taibo II, 2006, p. 146). Además, Francisco Villa había manifestado-tanto a Madero a través de un telegrama como al propio Victoriano Huerta- su decisión de ya no continuar peleando bajo las órdenes de éste último, lo cual era factible puesto que la rebelión orozquista ya había sido significativamente diezmada en las batallas del mes de mayo. Huerta interpretó todo esto como una insubordinación, pero a su vez le servía de pretexto para quitárselo de encima pues se decía que Victoriano Huerta ya sostenía contactos con la oligarquía chihuahuense. Ese mismo día 3 de junio, por la noche, le ordenó determinantemente al general Rubio Navarrete lo siguiente: “He tenido informes de que Villa quiere sublevarse. […] tome usted la fuerza necesaria, ametralle el cuartel de este hombre y no me deje de él ni las astillas” (Katz, 2007, p. 197).

Rubio Navarrete se dirigió al cuartel de Villa, pero no advirtió ningún indicio de rebeldía por lo que, para fortuna de Villa, desacató la orden de Huerta. Taibo II, cuenta que esa noche Pancho Villa sufría de una intensa fiebre y que al ser requerido por Huerta se excusó para poder ir a hablar con él hasta el día siguiente. De ahí que el 4 de junio al dirigirse al cuartel del general Huerta fue aprehendido y llevado de inmediato al paredón escoltado por los coroneles Castro y O’Horan, quienes dirigían al pelotón. En un principio, Villa creyó que era un error, pero al corroborar su situación se sintió profundamente indignado puesto que no se le había hecho juicio alguno. De nuevo fue Rubio Navarrete quien intervino con presteza para detener el fusilamiento, se dice, asimismo, que Huerta finalmente desistió de la ejecución ante las presiones que ejercieron sobre él tanto Raúl como Emilio, hermanos del presidente Francisco I. Madero.

Tiempo después el general Rubio Navarrete rememorará de esta manera lo sucedido: “[Encontré] a Villa hincado y llorando, suplicando en voz alta que no se le fusilara, que se le permitiera ver al general Huerta. Estaba de rodillas teniendo cogido de una pierna al coronel O’ Horan, y detrás del grupo que formaban estos dos y el coronel Castro, estaba el pelotón de ejecución con sus armas descansadas. Sin hablar con nadie me dirigí velozmente al cuartel general para ver al general Huerta,

pero al voltear la cara antes de dar vuelta al edificio, vi que la situación se había modificado, pues Villa estaba ya de pie frente a la pared, el pelotón de las armas terciadas […] regresé violentamente y di orden de suspenderla [la ejecución] sacando a Villa del cuadro y llevándolo del brazo al cuartel general” (Katz, 2007, pp. 197 y 198).

El mismo Villa recordará en sus memorias aquel suceso como algo que le suscitó gran desasosiego e incluso quebranto: “No pude continuar [con su petición de no ser fusilado] porque las lágrimas se me rodaban a los ojos, no sé si del sentimiento de verme tratado de aquella manera sin merecerlo, o quizás de cobardía, como han gritado tanto mis enemigos cuando me han huido. Yo dejo que el mundo juzgue mis lágrimas en aquellos supremos momentos y [ilegible] si la cobardía las hizo brotar, o la desesperación de ver que me iban a matar sin que yo supiera por qué” (Katz, 2007, p. 199).

Sin embargo, nada impidió que Victoriano Huerta lograra deshacerse de Pancho Villa al enviarlo por tren, ese mismo día 4 de junio de 1912, hasta la ciudad de México para ser enjuiciado y encarcelado injustamente, en la cárcel permaneció, sin recibir apenas apoyo del presidente Madero, hasta el 26 de diciembre del mismo año, gracias a que pudo escapar con ayuda de Carlitos Jáuregui.

LA MIRADA REPARADORA DE CAMPOBELLO

En el formidable libro de relatos, Cartucho, de Nellie Campobello, la autora nos cuenta con brillantez insuperable sus impresiones sobre lo acontecido con los villistas en la región norte del país, específicamente en la etapa más cruenta vivida por dicha facción revolucionaria durante los años de 1915 a 1920. Al decir de Campobello, como bien nos lo hace saber Aguilar Mora en el ya clásico prólogo del libro, éste fue escrito para “vengar una injuria”, merced al abierto desprecio que se tenía hacia los villistas.

En Cartucho hay un relato titulado “Las lágrimas del general Villa”, allí se nos narra una anécdota que presenció el tío de Nellie quien solía contarla a la mamá de ésta. En una ocasión un grupo de hombres de Pilar de Conchos habían ido a esconderse a Parral, Chihuahua, por temor a las represalias que Villa pudiese infligirles, pero fueron aprehendidos y llevados al cuartel general donde los formaron en el zaguán del mismo, entonces se dice que:

“Entró Villa y, encarándose con ellos, les dijo: ‘¿Qué les ha hecho Pancho Villa a los concheños para que anden juyéndole? ¿Por qué le corren a Pancho Villa? ¿Por qué le hacen la guerra si él nunca los ha atacado? […]

Nadie se atrevió a hablar: ‘Digan muchachos, hablen’, les decía Villa. Uno de ellos dijo que le habían dicho que el general venía muy diferente ahora. Que ya no era como antes. Que había cambiado con ellos. Villa contestó: ‘Conchos, no tienen por qué temerle a Villa, allí nunca me han hecho nada, por eso les doy esta oportunidad; vuélvanse a sus tierras, trabajen tranquilos. Ustedes son hombres que labran la tierra y son respetados por mí […]

Todos quedaron azorados, pues no sospecharon aquellas palabras. A Villa se le salieron las lágrimas y salió bajándose la forja hasta los ojos. Los concheros nada más se miraban sin salir de su asombro. Yo sé que mi tío también se admiró, por eso no olvida las palabras del general, tampoco se olvida de las lágrimas” (Campobello, 2005, p. 136).

Como se advierte, Pancho Villa era de lágrima recurrente, fácil, y por variadas razones, es ya emblemática la fotografía del 8 de diciembre de 1914 donde se le ve llorando ante la tumba de Francisco I. Madero. El periodista estadounidense John Reed cuenta que a un año de haber sido asesinado Abraham González en el Cañón de Bachimba, el propio Villa fue hasta el lugar con una comitiva a recuperar sus restos que yacían en una modesta tumba y trasladarlos a la ciudad de Chihuhua para ofrendarle una decorosa ceremonia fúnebre: “En Bachimba, Villa estuvo de pie, silencioso, a lado de la tumba, mientras le corrían lágrimas de sus mejillas” (Reed, 2010, p. 97). Se dice que Pancho Villa lloró en la última entrevista que sostuvo con su compadre Tomás Urbina, de quien sospechaba una traición, momentos antes de dar su anuencia para que fuera ultimado por Rodolfo Fierro, también se cree que lloró cuando supo que el propio Fierro murió ahogado en la laguna de Casas Grandes, Chuhuahua, el 13 de octubre de 1915.

FUENTES CONSULTADAS

Campobello, N. (2005). Cartucho. Relatos de la lucha en el norte de México, México: Era.

Katz, F. (2007). Pancho Villa, Tomo I, México: Era.

Reed, J. (2010). México insurgente, México: Porrúa.

Taibo II, P. I. (2006). Pancho Villa. Una biografía narrativa, México: Planeta.

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