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La Universidad Veracruzana ante su espejo

ECP

La Universidad Veracruzana atraviesa una de las crisis más profundas de su historia. No es una crisis de presupuesto –aunque el dinero escasee– ni siquiera de prestigio académico que aún sobrevive por la inercia de generaciones brillantes. Es una crisis de sentido, de coherencia y de dirección moral. La institución que alguna vez fue faro intelectual del estado parece hoy atrapada entre la burocracia que la ahoga y la complacencia que la paraliza.

Durante años, la UV supo resistir presiones externas y conservar una cierta dignidad institucional frente al poder político. Hoy, esa verticalidad se ha ido encorvando. La universidad se ha vuelto dócil, adaptativa, más preocupada por sobrevivir que por pensar. Lo que antes era un espacio de libertad y crítica se ha convertido en un territorio de silencios, donde la inteligencia se administra y la creatividad se regula por temor o conveniencia.

Los problemas administrativos –nepotismo, simulación de concursos, uso político de recursos– son síntomas de una enfermedad más profunda: la pérdida del propósito universitario. La UV parece haber olvidado que su función no es agradar al poder sino confrontarlo; no es reproducir el statu quo sino generar conciencia crítica. Cuando una universidad deja de incomodar deja de enseñar.

El malestar se percibe en todos los niveles: docentes precarizados, investigadores sin estímulos, estudiantes sin voz y una rectoría que opera más como aparato de control que como comunidad académica. En lugar de forjar pensamiento se redactan comunicados; en vez de promover debate se organizan ceremonias. El ritual desplazó a la reflexión.

No es casual que la crisis de la UV coincida con un momento nacional en que la educación pública enfrenta el desafío de redefinir su papel social. La 4T abrió la puerta a un Estado más justo, pero también expuso las inercias de un sistema educativo que no siempre acompaña los cambios de fondo. La Universidad Veracruzana, en lugar de sumarse a la transformación ética del país, se aferra a una neutralidad cómoda que acaba siendo complicidad.

La comunidad universitaria –profesores, estudiantes, trabajadores– sabe que la universidad no se derrumba por falta de talento sino por exceso de miedo. Miedo a perder becas, a incomodar jerarquías, a disentir. Esa cultura del silencio es la verdadera dictadura que corroe a la academia. Ninguna institución puede sobrevivir mucho tiempo sin una ética de la verdad y del mérito.

La UV necesita una refundación moral, no sólo administrativa. Requiere abrir sus puertas a la transparencia, devolver la voz a las facultades, revisar sus procesos internos y establecer una nueva relación con el Estado: autónoma, crítica y leal al conocimiento, no al poder. Una universidad moderna no es la que se digitaliza sino la que se humaniza; no la que presume rankings sino la que forma ciudadanos conscientes.

El futuro de Veracruz depende, en gran medida, de su universidad pública. En sus aulas se forman los maestros, los ingenieros, los médicos y los servidores que mañana sostendrán al Estado. Si la UV se corrompe, se corrompe el tejido intelectual de la sociedad.

Por eso es urgente que la comunidad universitaria despierte de su letargo y recupere el orgullo de pensar. La universidad no puede seguir doblada ante el poder ni ante su propia inercia. Tiene que volver a erguirse, mirar de frente y recordarse su vocación: ser conciencia, no burocracia; ser espíritu crítico, no eco complaciente.

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