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La tutela y sus formas

Lo que Washington construyó esta semana sobre México es una relación de tutela. La distinción con un caso judicial importa porque define el tipo de respuesta que el problema exige.

En tres semanas el gobierno de Trump acusó a diez funcionarios sinaloenses –entre ellos el gobernador con licencia de Sinaloa y un senador de la República– sin entregar las pruebas que el tratado bilateral exige. Aplicó por primera vez la doctrina antiterrorista a políticos mexicanos electos. Ejecutó detenciones en la frontera sin coordinación previa con las autoridades mexicanas. Y cerró la semana con una llamada telefónica que la presidenta Sheinbaum describió como cordial y excelente. La cordialidad es parte del mecanismo. No lo contradice.

La lógica de la operación es precisa y deliberada. Si México detiene a sus propios funcionarios acusados por Estados Unidos, valida la jurisdicción extraterritorial estadounidense sobre su política interna. Si no los detiene, el relato de Washington –México protege narcos– se instala sin resistencia. El dilema está diseñado para que cualquier respuesta mexicana fortalezca la posición estadounidense.

Los efectos electorales que esto produce en México son reales pero secundarios. El objetivo es más antiguo y más simple: que México gobierne dentro de los márgenes que Washington considera aceptables.

Tres factores explican por qué la presión aumenta ahora. El primero es estratégico: la administración Trump impulsa una reconfiguración del hemisferio occidental donde México ocupa la pieza central –frontera compartida, economía integrada, corredor del fentanilo, migración. Washington quiere un socio subordinado en seguridad, no un Estado que negocia términos. El segundo es comercial: el T-MEC se renegocia en 2026. Un México a la defensiva en el terreno judicial cede más en el terreno económico. El tercero es personal: Trump lee la corrección institucional de Sheinbaum como ambigüedad. Cada respuesta mesurada produce una nueva presión porque el objetivo no es el acuerdo sino la demostración de predominio. La llamada cordial del viernes –catorce en lo que va del gobierno– no contradice esa lógica: es la forma en que Washington administra la presión sin romper la relación.

El patrón tiene fechas. En 2020 la DEA detuvo al general Salvador Cienfuegos en Los Ángeles sin notificación previa. México exigió su devolución y obtuvo una excepción diplomática que no se ha repetido. En julio de 2024, Joaquín Guzmán López entregó a El Mayo Zambada en una operación que el gobierno mexicano no autorizó y sobre la que nunca recibió explicación satisfactoria. Esta semana, el general en retiro Gerardo Mérida Sánchez cruzó la garita de Nogales pese a tener un amparo federal vigente. La secuencia es la consolidación progresiva de una práctica: Estados Unidos interviene, no rinde cuentas, y exige que México trate esa intervención como cooperación bilateral.

México ha respondido con corrección institucional. Exige las pruebas, encuadra el proceso en el tratado, evita la confrontación abierta. Dentro del marco bilateral existente, es la única respuesta posible. El problema es que ese marco no fue diseñado para esta escala de presión.

El gobierno de Sheinbaum enfrenta una práctica consolidada. La respuesta no está en el marco bilateral existente –está en construir un frente regional donde México no negocie solo.

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