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La soberanía no cotiza en bolsa

La Mañanera del Pueblo del miércoles 25 de febrero dejó algo más que un intercambio incómodo en redes sociales. Expuso una tensión cada vez más visible en la política contemporánea: la confrontación entre la legitimidad democrática de los Estados y el poder creciente de las grandes plataformas digitales. El cruce entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el empresario Elon Musk debe leerse en ese marco.

Las afirmaciones del magnate, quien insinuó sin evidencia vínculos del gobierno mexicano con el crimen organizado tras la captura de operadores ligados a Nemesio Oseguera Cervantes, no constituyen un episodio aislado. Reflejan una lógica cada vez más extendida en ciertos sectores tecnológicos: asumir que el alcance algorítmico equivale a autoridad política. Cuando una figura con influencia global lanza acusaciones sin sustento contra un gobierno electo, deja de opinar y pasa a intervenir en la construcción pública de la realidad.

El planteamiento reproduce además un falso dilema en materia de seguridad: suponer que no declarar una guerra abierta equivale a debilidad estatal. La experiencia reciente demuestra lo contrario. Los Estados eficaces no operan mediante estridencia bélica ni dramatización permanente, sino mediante inteligencia institucional y acción sostenida. Convertir la seguridad en espectáculo digital sólo distorsiona el debate.

Resulta contradictorio que quien controla uno de los mayores espacios de circulación informativa del planeta invoque libertad de expresión cuando se le cuestiona por difundir imputaciones sin prueba verificable. La libertad de expresión protege opiniones, no convierte la insinuación en verdad ni la influencia económica en legitimidad democrática.

La respuesta presidencial evitó la trampa de la confrontación. Al señalar que el éxito empresarial no otorga por sí mismo legitimidad política, la Presidenta reconoció la dimensión corporativa de Musk pero rechazó su pretensión implícita de autoridad pública. La reacción fue deliberadamente sobria: desactivar la provocación sin amplificarla.

En la conferencia del jueves 26 de febrero, la Presidenta volvió sobre el episodio y fijó con claridad la posición del Estado mexicano. Señaló que el gobierno no gobernará reaccionando a publicaciones en redes sociales y subrayó que la política pública no se define desde plataformas privadas ni desde intereses corporativos extranjeros. Confirmó además que se revisan las implicaciones legales de las acusaciones difundidas, estableciendo un principio elemental: la soberanía democrática no está sujeta al juicio unilateral de actores económicos globales.

El fondo del problema permanece. Las plataformas tecnológicas ya no son simples intermediarios de comunicación; poseen capacidad real para moldear percepciones políticas a escala global sin asumir responsabilidades equivalentes. Allí surge la tensión entre poder privado y soberanía democrática.

En un entorno dominado por la inmediatez digital, la autoridad política no se afirma respondiendo a cada provocación, sino preservando la diferencia entre representación democrática y notoriedad algorítmica. La política sigue ocurriendo en las instituciones y en la ciudadanía, no en la volatilidad de una tendencia momentánea.

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