Cecilia Soto González fue electa secretaria general de Somos México el 21 de febrero, junto a Guadalupe Acosta Naranjo en la presidencia. El partido obtuvo su registro nacional el 25 de junio y su Consejo Consultivo ya integra a Jorge Castañeda, los expanistas Ernesto Ruffo y Carlos Medina Plascencia, tres exministros de la Corte y el expresidente del INE Lorenzo Córdova. Acosta Naranjo abrió su gestión acusando a Morena de estar fusionada con el crimen organizado. Ese es el perfil público. Hay un origen anterior, menos documentado, que quien esto escribe conoció de primera mano.
Un grupo de jóvenes activistas sonorenses había participado en el movimiento estudiantil de la Universidad de Sonora, una lucha de izquierda por democratizar la universidad que se enfrentó a “los micos”, un grupo conservador de clara ideología fascista que operaba a golpes. El gobierno estatal respondió en 1973 con una ley orgánica que fortalecía al rector y desató una represión que los obligó a huir a la Ciudad de México. Desde ahí viajaron a Estados Unidos y se formaron dentro del National Caucus of Labor Committees (NCLC), la organización que Lyndon LaRouche había fundado en 1968 y que ese mismo 1973 completaba su giro de la extrema izquierda trotskista hacia la extrema derecha. Regresaron a México a reproducir el esquema como Comités Laborales, con su propio periódico, Nueva Solidaridad, calco del New Solidarity estadounidense. Entre ellos estaba Cecilia Soto, nieta de Ignacio Soto Martínez, gobernador de Sonora entre 1949 y 1955: no llegó a ese entorno como activista sin arraigo, sino desde una familia ya instalada en el poder estatal.
El entramado creció y cambió de nombre dos veces sin cambiar de método. En 1992 se formalizó como Movimiento de Solidaridad Iberoamericano (MSIA), y de ahí surgió el Partido Laboral Mexicano (PLM), donde Soto militó antes de desligarse. La Jornada documentó en 1998 que el propio José López Portillo admitió compartir “en gran parte” la ideología de LaRouche, y expresó respeto por los jóvenes mexicanos que trabajaban para él pese a ser señalados como agentes de la CIA. Marivilia Carrasco, directiva del PLM en esos años, fue derivando después hacia El Yunque y Los Tecos, la facción secreta nazi-falangista dentro de la Iglesia católica mexicana ligada a la rebelión cristera. Uno de los operadores que la reorientó hacia esa facción fue Manlio Fabio Beltrones, quien como gobernador de Sonora controló a los mismos Micos que habían reprimido el movimiento estudiantil del que salió el grupo original. El aparato que aplastó a esa izquierda sonorense y el aparato que después radicalizó a sus fundadores hacia la extrema derecha comparten el mismo operador.
Quien esto escribe convivió con ese entorno lo suficiente para reconocer el mecanismo por dentro, y hay respaldo documental de que no era percepción exagerada. El New York Times calificó al brazo político de LaRouche como organización de derecha con estructura de secta. El biógrafo Dennis King documentó el “ego stripping”: sesiones donde el grupo rodeaba a un miembro señalado como desleal y lo sometía a horas de ataque verbal hasta quebrarlo. Es el patrón reconocible en Hare Krishna o en variantes evangélicas apocalípticas: la organización sustituye a la familia, la duda se trata como debilidad, la lealtad se mide por romper vínculos previos.
Ese origen no define el proyecto de 2026, pero tampoco es irrelevante. Quien pasó por esa disciplina de cuadro y después construye un partido cuya cúpula reúne exministros de la Corte y exgobernadores panistas no llega ahí por accidente. Uno de esos exministros, Javier Laynez Potisek, votó en 2024 a favor de conceder a Total Play, empresa de Ricardo Salinas Pliego, un amparo que le perdonó 640 millones de pesos en deuda fiscal, revirtiendo el proyecto original que proponía negarlo por infundado. La trayectoria posterior de Soto confirma el patrón: candidata presidencial del PT en 1994 sin estar afiliada al partido, embajadora en Brasil bajo un gobierno panista, coordinadora de un programa de la Fundación Carlos Slim, diputada por el PRD. Ninguna etapa traza una biografía de izquierda ni de derecha: traza a alguien que se instala donde está el poder, usando cada etiqueta partidaria como vehículo de tránsito. Somos México no aparece en el vacío, ni es un fenómeno aislado. Llega después de que la derecha mexicana quedara completamente desarticulada tras la victoria de López Obrador en 2018: el PRI en extinción, el PAN sin proyecto ni capacidad de articular una oposición coherente. Pero también llega en medio de un realineamiento continental: entre 2025 y 2026 la derecha ganó consecutivamente en Ecuador, Bolivia, Argentina, Honduras, Chile y Colombia, esta última apenas el 21 de junio. Somos México responde a ambos vacíos a la vez: el doméstico y el regional. Esa reorganización, en sí misma, no es mala. Una democracia funciona mejor con una oposición capaz de articular un proyecto coherente que con un vacío ocupado por la dispersión y el resentimiento. Pero la ola regional a la que Somos México parece querer sumarse no es, en su mayoría, moderada: Milei consolidó mayoría legislativa en Argentina, De la Espriella llegó a la presidencia de Colombia con el respaldo abierto de Trump, y Kast ganó Chile como abierto defensor de Pinochet, hijo de un afiliado voluntario al partido nazi alemán documentado por el Archivo Federal de Alemania. Vista junto a esos referentes, la composición de Somos México —jueces retirados, diplomáticos de carrera, empresarios, académicos— no ofrece una derecha moderada frente a esos extremos: ofrece la fachada institucional que esos extremos necesitan para parecer razonables. Y esa fachada de moderación es precisamente el tipo de superficie que un cuadro entrenado en construir estructuras cerradas bajo discurso de apertura sabe fabricar mejor que nadie. Eso exige una sola pregunta, sin cortesías: para quién trabaja Somos México.




