René Montero Montano
En los pliegues que muestra la narrativa del presidente Trump, hay algo más que una voz altanera, demencial o perversamente mentirosa y ultraderechista. En fin, cualquiera de los calificativos que se puedan aplicar y que faciliten la desacreditación de una postura política como la que difunde protagónicamente el recién reelecto presidente de la Unión Americana.
Me interesa mostrar los rasgos de ese discurso un poco más allá de lo que circula en los medios y en redes, donde se comentan aseveraciones y tendencias a convertir enunciados políticos en realidades funcionales durante los próximos años.
Creo que vale la pena hacer este ejercicio de reflexión de lo político, que muestra una ruta, la ruta que Trump supone seguir durante los próximos cuatro años de gestión como gobierno y con el apoyo de sus gobernados de la Unión Americana y más allá, desde un mandato que, incluyendo expectativas de sus electores, se distingue sin duda de los participantes en México, también en sus recientes elecciones.
Trump ganó con el 49.9% de votos registrados, frente a demócratas que lograron el 48.3%. En México, la diferencia en número de votos resulta significativa: 59.3% frente a 38.3% de sus opositores, sumados de cuatro partidos políticos. Sin embargo, para este análisis el dato numérico o porcentual no es lo más importante, aunque sí relevante para las afirmaciones a que se espera llegar en esta argumentación.
Ya en el título del presente intento establecer la diferencia entre Imperio e Imperialismo, en tanto me parece sustantivo hacerlo en los tiempos que ahora corren. Los diferenciaré en clave Antonio Negri, y en cierta medida con la mirada de Giorgio Agamben.
Negri y M. Hardt, en su libro Multitud, asumiendo que la democracia es la única opción que tenemos para sobrevivir en estos tiempos de mundialización –o si prefieren globalización–, consideran que vivimos en un estado de guerra global que tiene en alto riesgo la posibilidad de instalar una democracia para el mundo, en tanto que vivimos una “era de globalización armada”.
La guerra, como vivencia generalizada –dicen–, “asfixia la vida social y plantea su propio orden político”, y en ese sentido, la democracia se encuentra “sepultada bajo los arsenales y regímenes de seguridad de nuestro estado de guerra global”.
De ahí que sugieren que estamos inmersos en una “tendencia de orden político global”, que han acotado como Imperio, distinguiéndolo del Imperialismo –dicen–, que practicaron hasta hace poco determinados Estados-nación, basados principalmente en la extensión de su soberanía como Estado-nación sobre unos territorios extranjeros por dominar.
A diferencia de ello –del Imperialismo–, hoy vivimos en un sistema de “poder en red” Imperial, que ha instalado una nueva forma de soberanía donde los Estados-nación se han convertido en nodos que se relacionan y son permeados por esa energía soberana globalizante, donde sin duda los corporativos capitalistas se han adecuado sin problema para funcionar económica, social y culturalmente en cualquier Estado-nación adscrito a la red, y que funcionalmente operan un capitalismo renovado en congruencia con el modo Imperial de organización política.
El hecho es que el orden global del siglo XXI ha adoptado una nueva forma de soberanía gestionada desde sus nodos ex–Estados/nación (aunque declarativa y demagógicamente lo sostengan), y que otorgó poderes al Imperio para instalarse en red en sus Estados-nación cooperantes, cuyas formas de expresión se configuran según la complejidad de sus contextos. Esto es, no son lo mismo en Brasil y México o El Salvador y Paraguay, pero comparten esa “soberanía imperial” que apadrina al capitalismo contemporáneo, sus corporativos y su modo de producción dominante.
Así, “el Imperio gobierna un orden global fracturado por divisiones y jerarquías internas y abatido por la guerra perpetua”, la cual funciona como instrumento de dominación y control. Así las cosas, según Negri y Hardt.
Leamos en esta clave la ruta de Trump: ¿Cuál es la lógica –si existe alguna– en las políticas declarativas de D. Trump frente al deslizamiento silencioso del Imperialismo hacia la construcción del Imperio? ¿Estamos frente a un gobernante envalentonado –y al mismo tiempo temeroso–, que ante los residuos que produce la instalación del Imperio prefiere la reinstalación y retorno a un formato imperialista para hacer la guerra y recuperar la democracia?
La migración incontenible, el deterioro del valor de cambio (y así ingresos) sostenida en la producción de mercancías en países afiliados al modelo Imperial, la creciente fragilidad geopolítica frente a la expansión de los mercados asiáticos, la descapitalización del Estado por sus aportaciones al funcionamiento de organismos internacionales, el inevitable financiamiento de guerras para sostenerse como líder del Imperio, la condición endémica suicida de su población consumidora de sustancias altamente peligrosas para una esperanza de vida responsable y más, son residuos ilegibles para el nuevo gobernante de EUA y quizás para el electorado que lo llevó en retorno a la gobernanza.
Queda en impase el pasaje del discurso al acto, y así a los impactos, igual de inevitables para la población norteamericana que apoya las respuestas que su presidente encabeza.
Por supuesto, tendremos que aguardar que lo dicho tenga ocurrencia. Lo cierto es que en las propuestas está el retorno al Imperialismo de vieja usanza: Panamá en la mira, Groenlandia como nueva apropiación, reinstalación de bases militares como se pretende en Ecuador, más todo lo que ya sabemos, son el síntoma frente a la ausencia de respuestas pertinentes o la no escucha de algunas viables.
La instalación del Imperio tiene que ver con el neoliberalismo contemporáneo; el uno sin el otro son imposibles, por eso el progresismo que vivimos no lo abandona. México es un nodo de este entramado.




