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La rebelión de la banda

Miguel Casillas

Fue a media Semana Santa del 2024, al atardecer, cuando turistas indignados por el escándalo que venía de la playa reclamaron al hotel de cinco estrellas que prohibiera la tambora para poder escuchar un finolis concierto de guitarra clásica. Los del hotel mandaron a la chota, se armó la bronca y los hoteleros indignados por los pelados que recorren las playas tocando música de banda exigieron al gobierno que regulara su acceso a los sitios turísticos.

Frente a las declaraciones del gobierno que pretendía regular a los músicos populares y frente a las expresiones racistas y clasistas de uno de los más prominentes empresarios hoteleros que no quieren nacos fuera de sus exclusivos resorts, la banda se prendió y de modo espontáneo se organizó una manifestación de músicos populares que se encaminó hacia el Pueblo Bonito, un hotelazo  de un tal Coppel que se siente dueño de Mazatlán. Ahí en la calle, en el camellón y a la entrada del resort se armó un primer concierto masivo, con decenas de clarinetes, tubas y tamboras. La banda traía matracas, congas, tarolas, tambores y hasta un fagot, cientos de trompetas, trombones y uno que otro saxofón. Al grito de ¡órale pinches gringos, ya llegó su valedor! La música invadió el hotel, se metió a los cuartos, en los jardines y albercas. El pueblo con sus canciones se coló por las rendijas del hotelote, llenándolo con su alegría, con sus coros, con el orgullo de ser de Mazatlán.

En plena Semana Santa, más destinada al recogimiento y la paz, se armó el reventón. Un nuevo Carnaval, ¡pero ahora en marzo! La rebelión fue inmediata. Esa tarde el reclamo popular se alzó en solidaridad con los músicos playeros. Como una consigna que se extiende por el pueblo, se reivindicaron las playas y las calles: por la noche, los desposeídos de siempre organizaron en un santiamén un carnaval que recorrió el malecón celebrando con cientos de músicos y terminó en un fiestón a la entrada de la zona dorada, con miles de jóvenes y adultos, unos tomando chelas y fotos, la mayoría sonriendo y bailando: un desmadre. De por sí sacudido por las aurigas y pulmonías, el malecón completo, desde los Monos Bichis hasta el Valentino’s se llenó de música de banda, fue una manifestación musical, una rebelión popular reivindicando su música, su identidad cultural. 

Miles de jóvenes de fiesta, en la calle, tomando el malecón por asalto para rebosarlo de alegría, de música, de tamborazos y relajo. Todos hermanados por una raíz común que abreva desde Concordia y el Rosario hasta Mocorito o Angostura, que suena con la banda del Recodo, con José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, con Isidro Chávez “Espinoza Paz”, Chuy Lizárraga, Julión Álvarez, la Arrolladora Banda El Limón, la banda MS y muchos otros más. Todos defendiendo a un pueblo y a sus referentres culturales.

Tomada por empresarios ligados al viejo régimen, la ciudad y puerto de Mazatlán fue expulsando a sus pobladores originales del centro histórico, de las playas y hasta de los esteros, todo para explotar una industria turística depredadora de recursos y de personas; una industria turística que ha privatizado enormes espacios que fueron públicos, decenas de kilómetros de playas que fueron invadidos por hoteles, resorts, marinas y fraccionamientos de lujo, principalmemte para gringos y canadienses que han apañado lo que antes perteneció al pueblo y era de acceso comunitario. La privatización implica vallas, cuerdas y barandales que limitan la playa; accesos restringidos al pueblo, a los vendedores de artesanías y de refrescos; fronteras para la gente común. A partir de la zona dorada comienza una zona racialmente diferente con un predomino de los gueros y blancos: en contraste, todos los trabajadores y trabajadoras de los servicios son morenos.

La privatización de las playas ha sido desafiada por músicos populares, trashumantes, nómadas, que van de mesa en mesa, de palapa en palapa, de sombrilla en sombrilla, alegrando los corazones de los turistas y locales. Son pequeñas agrupaciones musicales, muchas veces con una tambora, una tuba, un clarinete, unas trompetas y algún trombón que acompañan a uno o varios cantantes, bajo el rayo del sol y con un calorón que sólo se soporta con una pacífico bien helodia.

Las playas de Mazatlán no son un lugar de remaso; normalmente el sol es intenso, las olas fuertes, las personas temperamentales; predomina la fiesta, las chelas, la música, el baile, el desmadre. Son playas inundadas de música popular y hay de todo, desde solistas, dúos, tríos, cuartetos, hasta bandas más numerosas; y de todos los géneros, desde ranchero, mariachi, huasteco, romántico y bolero, vamos, hasta chiapanecos con marimba. Por supuesto, la mayoría son de banda sinaloense.

Ahí en la protesta pública para defender la música, se moviliza una estética que no sólo es musical, también pasa por las vestimentas propias de esos batos: gorra, camiseta y camisa desfajada, preferentemente de un equipo de beis y preferentemente si es de los Venados, short o pantalón de mezclilla y tenis. Todos con gafas de sol. Las bandas de músicos populares conforman en su mayoría un oficio masculino, pero la fiesta la arman y la protesta la iluminan las morras. La rebelión es alegre, festiva, musical. Fuerte, enérgica, con un ruidero a muy altos decibeles. Es irreverente. Los carteles que lleva de modo espontáneo la gente dicen: “la música no mata”, “no somos criminales”, “viva la música”. La gente protesta cantando y bailando, contra las restricciones racistas y clasistas. 

La raza se ha movilizado, hay miles de comentarios en las redes sociales, decenas de videos y memes en solidaridad con los músicos de banda. Incluso la gente a la que no le gusta este género defiende su derecho a existir y a ser sonado. La cosa crece a niveles insospechados cuando se anuncia una convocatoria generalizada para romper un record Guinness con la mayor concentración mundial de músicos de banda. 

Los empresarios y el gobierno municipal perdieron la batalla por regular a los músicos populares como resultado de las importantes y espontáneas manifestaciones; perdieron rotundamente la batalla en las redes y las burlas hacia la aristocracia mazatleca están cada vez más subidas de color. Los medios alineados al poder no dieron relevancia a la noticia, pero el pueblo es más fuerte, la gente está indignada. La batalla por la libertad de los músicos populares de Mazatlán se está convirtiendo en un emblema que moviliza a la opinión pública nacional y confronta a las clases sociales, a sus gustos y preferencias estéticas, a sus referentes culturales y los emblemas de su identidad. 

Dando color a las vacaciones escolares, durante el resto de la Semana Santa y después, durante la Semana de Pascua, la banda siguió sonando en Mazatlán. La fiesta sigue y la música de banda ha sido reivindicada por su pueblo: los lugareños y turistas no tenemos más remedio que disfrutarla.

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