Lorenzo León Diez
Las elecciones para renovar responsables del poder judicial y, simultáneamente, las elecciones en Veracruz para nuevos alcaldes, fueron experimentadas por el que esto escribe de una manera inédita, pues nunca había sido solicitado por el Instituto Nacional Electoral para ser funcionario de casilla, en este caso para los comicios municipales. Fui asignado como suplente de primer escrutador, de dos, que, junto con la presidenta y secretaria, constituyen la mesa directiva.
Con esta experiencia pude enterarme del complejo y eficaz sistema que se ha creado en esta institución, el INE, para recoger la decisión ciudadana en que se funda el sistema democrático. Y saber que esta tecnología y metodología constituyen uno de los valores fundamentales de nuestra civilidad, pues pude tocar la mano de cada votante, al poner la tinta indeleble en el dedo y marcar la credencial con una pinza (número 25)
El rostro de las personas al acercarse a la mesa y pasar ante la presidenta, que les pide mostrar el dedo izquierdo para enterarse que no ha votado en otra casilla, luego recibir su credencial, pasarla a la secretaria que consulta en la lista correspondiente que nombre y fotografía correspondan a la persona física, para afirmar a la presidenta que puede separar del block la boleta y la entregarla… el rostro, decía, del votante, es abierto, receptivo y atento.
Es un momento en que se percibe, en los protagonistas del acto (funcionarios y votante) una atmósfera de responsabilidad compartida y solemne…un respeto que se corresponde como un espejo entre todos los que participamos en la escena, que transita hacia el secreto (el dispositivo privado para marcar la boleta) y que se resuelve en la introducción de la papeleta en la urna, donde es posible imaginar el ardor de la creación civil, pues esta urna concreta es parte o fragmento de una composición donde se afirma lo nacional, materialidad de cartón, plástico y tintas, que nos identifica a todos como parte de un territorio y una cultura. Por ello es interesante notar que llegan algunos ciudadanos con su familia, niños entusiastas que pasan con sus papás a marcar el papel y uno de ellos, incluso, me tiende el dedo también para entintarlo. Y cuando le digo que no, que tiene que esperar a los 18 años, se encarna en un gesto tierno de decepción.
El segundo escrutador, como yo, suplió a la persona titular, que, como en mi caso, no acudió a esta responsabilidad. El fue tomado de la fila a solicitud de la presidenta, y resultó un ciudadano ejemplar, pues su labor consistía en recibir a los votantes, y si hubiese fila, dar prioridad a las personas con problemas de movilidad o de la tercera edad y apoyarnos a los de la mesa en todo: acercarnos agua, recoger basura, atender alguna indicación…
Los escrutadores tenemos el privilegio de romper la piñata en esta feria que es la de un azar político, abrir la casilla, y desplegar las boletas para acomodarlas en el mantel donde se separan los votos según el partido político, la coalición de partidos y los votos nulos. Esta operación bajo la mirada atenta de los representantes de partidos.
En mi casilla se acumularon los votos de Morena, que llegaron a 58, seguidos, muy de cerca, por Movimiento Ciudadano (51), muy lejos de los del PAN (6), no tanto del PRI (25), en absoluto del PT (0), y 9 votos nulos.
Pude percatarme del trabajo tan especializado que logran el presidente, la secretaria y, sobre todo, el funcionario que visita las casillas correspondientes, el mismo que tocó la puerta de mi casa para entregarme la solicitud, y que tiene que resolver cualquier duda de la presidencia de varias casillas.
La jornada es larga y exige estar muy temprano, a partir de las 7.30 y terminando por ahí de la misma hora, pero en la tarde. En este transcurso nos llevaron dos veces comida y aunque no hubo mucha gente, fluyo durante todo el día.
La mesa directiva nos organizamos para ir a votar a la casilla correspondiente a la elección del poder judicial, a unas dos cuadras. Esta fue una experiencia también nueva, sobre todo por la cantidad de boletas que se debían marcar. Esta elección supuso un gran reto para el ciudadano y de aquí en adelante un gran reto para las autoridades de este poder que apenas hoy se manifiesta en la conciencia ciudadana, pues si bien es sentido común desde hace muchos años la naturaleza del poder legislativo, cuyas escenas están en los medios como una cotidianidad incluso teatral, en el caso de los jueces, con toga y birrete (qué buena idea la del nuevo presidente de la suprema corte de justicia de erradicar esos trajes de payasos), es apenas durante el sexenio de Amlo que el respetable público tuvo la oportunidad de cobrar conciencia de cual es la razón de ser de este aparato que tiene en la memoria de los mexicanos tan oscura y temible tradición.
Y ante la demanda exigente de marcar diez listas fue increíble que 13 millones lo hayamos logrado, una gran hazaña de la voluntad, pues se requería una concentración mayúscula y casi matemática para identificar el quien y el porqué de esos nombres.
Lo que estamos viviendo en las declaraciones públicas de los políticos de la oposición al gobierno y su partido, y los comentaristas que se repiten tan desgastadamente desde hace años en una trifulca verbal que raya en lo escatológico, nos comprueba la trascendencia histórica de lo que está sucediendo, pues el legado de la reforma de Amlo está a la vista, como el regalo que los escrutadores abren y cuentan de las urnas, una decisión de personas que tienen rostro y nombre, ciudadanos que se singularizan en un acto voluntario, que implica tomarse un tiempo exclusivo para trazar anónimamente en un prisma de opciones su decisión.
El no ir a votar, el no acudir a un llamado modulado de mil maneras por las instituciones, supone una negación diferente a los que anulan su voto, que es una negación activa. Este silencio, esta indiferencia de la abstención es el vacío que nutre a la derecha, por eso la presidenta Sheibaum argumenta oportunamente que los votantes que concretan la reforma propuesta, son más de los que en la elección del 24 votaron por el PAN y el PRI.
Hablamos de un sistema que en México estamos logrando después de calamidades formidables, de tragedias nacionales como lo fue la soterrada guerra civil con que concluyeron los regímenes neoliberales. Estas elecciones nos sitúan en un camino de esperanza en la reforma de un poder que terminó muy similarmente al de la presidencia de Salinas de Gortari, inundado en corrupción y violencia mafiosa. Felicitémonos por tener esas 13 millones de voluntades y almas en la Transformación.




