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La prudencia mexicana ante un mundo en mutación

En septiembre, cuando China acusó al gobierno de Claudia Sheinbaum de complacer a Estados Unidos con medidas “proteccionistas”, la crítica pareció más simbólica que comercial. En realidad, lo que está en juego no son unos cuantos puntos arancelarios, sino el modo en que los países de desarrollo medio —como México— buscan su lugar en un tablero económico que ya no gira en torno a Washington.

Estados Unidos vive un proceso de declive que aún no admite públicamente. Su hegemonía tecnológica y militar persiste, pero su estructura productiva se ha erosionado. La financiación de su economía, el traslado masivo de manufacturas a Asia y la polarización interna lo han vuelto menos capaz de sostener el papel que tuvo durante el siglo XX. China, por su parte, no sólo exporta productos: exporta un modelo de Estado planificador, de capitalismo dirigido y de pragmatismo sin dogmas ideológicos.

En ese contexto, México aparece como un caso singular. Su proximidad geográfica y comercial con Estados Unidos —encarnada en el T-MEC— le otorga ventajas inmediatas, pero también lo expone a presiones. La decisión de Sheinbaum de elevar los aranceles a países sin tratado, incluyendo a China, se puede leer de dos maneras: como una concesión a Washington o como un movimiento táctico para proteger el incipiente renacimiento industrial mexicano frente a una avalancha de productos asiáticos subsidiados. Ambas lecturas son parcialmente ciertas.

Lo cierto es que la presidenta no actúa desde la ingenuidad ni desde la subordinación. En un mundo donde la manufactura retorna a Occidente bajo la etiqueta de nearshoring, México intenta aprovechar su posición sin romper con nadie. Sheinbaum, heredera del ideario social de López Obrador pero formada en la racionalidad científica, parece entender que el país no puede permitirse una ruptura ni con China ni con Estados Unidos: debe navegar entre ambos.

Esa navegación exige algo que pocos gobiernos latinoamericanos han logrado: autonomía estratégica. México no puede competir en escala con China, pero sí puede construir una cadena de valor regional que complemente a América del Norte sin renunciar a su relación con Asia. La respuesta diplomática del gobierno fue, en ese sentido, ejemplar: sin confrontar, explicó que las medidas arancelarias no eran un castigo a China, sino una defensa temporal de su industria y un estímulo a la producción nacional.

Sheinbaum sabe que el verdadero poder ya no se mide en PIB nominal, sino en capacidad de producir conocimiento, energía limpia, chips, alimentos y cohesión social. Estados Unidos, enfrascado en su lucha interna entre populismo y decadencia industrial, no ha logrado ofrecer un modelo de cooperación real con América Latina. China, en cambio, extiende su influencia con préstamos, infraestructura y tecnología. Entre ambos polos, México intenta construir un equilibrio prudente: recibir inversión estadounidense, abrirse a la cooperación tecnológica china y, sobre todo, mantener la soberanía de su proyecto de Estado de bienestar.

En esta coyuntura, el proteccionismo deja de ser una mala palabra. Es un instrumento de supervivencia en un sistema mundial en recomposición. Los países ya no se miden por su apertura ciega, sino por su capacidad de defender lo que producen. La “ofensa” china —entendible desde su orgullo de potencia emergente— es en realidad un reflejo del nuevo equilibrio: Beijing reclama por algo que antes sólo reclamaba Washington. México se ha vuelto relevante al punto de irritar a ambos.

El declive estadounidense no significa su desaparición, sino su pérdida de exclusividad. Y esa transición es incómoda: EE. UU. exige lealtad mientras el mundo se multiplica en alianzas cruzadas. En cambio, China se muestra segura, pero también vulnerable ante la ralentización de su economía y la resistencia global a su expansión. En medio, Sheinbaum encarna un tipo de liderazgo discreto pero lúcido, que apuesta por el desarrollo interno antes que por la grandilocuencia geopolítica.

México, con su combinación de energía, juventud y estabilidad política, podría ser el punto de encuentro entre ambos modelos: la racionalidad planificadora oriental y la innovación democrática occidental. Esa es la gran apuesta de este sexenio: consolidar un país que no dependa del humor de un imperio en declive ni del apetito de otro en ascenso.

La historia juzgará si la prudencia de Sheinbaum fue visionaria o timorata. Pero en tiempos de inflexión global, donde el poder ya no se impone sino que se distribuye, la serenidad puede ser una forma de fuerza. México no está eligiendo entre Washington y Pekín; está eligiendo su propio ritmo. 

Por lo demás, entre el declive estadounidense y la expansión china, la prudencia puede ser la nueva forma de soberanía.

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