La faena
En todo momento han obtenido beneficios. Hicieron un modo de vida de la política sucia, la de los acuerdos subterráneos, aquella de impúdicas negociaciones ocultas que requieren de dos bandos: uno que esté en posibilidades de ofrecer riqueza, impunidad y poder, y otro dispuesto a hacer de todo: limpiar las cañerías, deshacerse de los aliados, traicionar inexistentes principios personales, vamos, hacer el “trabajo”, cualquiera que éste sea.
Han logrado una notable especialización desde que el jefe del clan militaba en el PRI; se aliaba con Elba Esther Gordillo y luego con el PAN… Siempre poniendo la cara, echado para adelante, fanfarroneando con una valentía que, según sus viejos amigos panistas, ahora jurados enemigos, es cobardía; defendiendo una supuesta honorabilidad y entereza que, vaya, le ha sido útil a Miguel Ángel Yunes Linares y a su presupuestívora progenie.
Hoy, como nunca antes, se ha visto la utilidad de individuos y, en este caso, un clan entero para la política pragmática. Esa que pronto olvida agravios, ofensas, agresiones, y ni hablar de confrontación ideológica y de proyectos políticos. Desvirtuar de esta manera a la política tendrá, sin dudas, un costo en el corto plazo para Morena. Ya se vio que están dispuestos a negociar y proteger, otorgando ganancias políticas y económicas, además de impunidad y protección, a quien esté dispuesto a la abyección, a traicionar y a hacer una anécdota risible de la condena y el juicio ciudadano.
La inclusión de los Yunes como activo de Morena abarató el costo para cualquier oportunista que desee buscar mejor futuro político en el partido gobernante, aun cuando lo desprecie en su yo interno y siga pensando lo que pensaban los tres Yunes cuando, hace poco, proclamaban en voz alta y calificaban a Andrés Manuel López Obrador, el fundador del movimiento, de “loco”, “parásito”, “vividor”, “viejo guango”. O cuando financiaron, crearon e impusieron a Pepe Yunes, el tibio y dúctil sobrino político, la más agresiva y sucia campaña negra que se recuerde en contra de una candidatura, en este caso la de la auténticamente morenista Rocío Nahle, apalancada desde los otros flancos que administraba el clan.
Seguirán vendiendo sus favores políticos, reales o falsos, al mejor postor, y esto ayudaría a entender su larga sobrevivencia. Los Yunes son el más acabado y preclaro ejemplo de que en la vida y en la política siempre han existido sujetos y grupos dispuestos a hacer de todo por un precio —preferentemente monetario— para seguir gozando de un estilo de vida holgado, alcanzado de una manera rápida y tan próspero que sólo se puede lograr convirtiéndose en indispensables fontaneros, dispuestos a poner la cara dura ante cualquier adversidad.
Ahora el clan ya juega del lado correcto de la historia, de la mano de otros grupos impresentables como el de la familia de Ricardo Monreal; o el que forman los Cantón Zetina en Tabasco con su jefe político Adán Augusto López; el del automotejado “Toro sin cerca” Félix Salgado Macedonio, o el del verde Manuel Velasco.
Y sí, el pragmatismo puede ser útil en política. La traición a compromisos políticos e ideológicos suele ser premiada, pero parece un exceso que ahora los Yunes se vuelvan ejemplo de patriotismo, de honradez intelectual y personal, digno de reconocerse. ¿Qué pensará el morenismo veracruzano, que encabeza la gobernadora Rocío Nahle y el mandatario saliente, Cuitláhuac García, de que la traición y la simulación se haya vuelto una virtud digna de aplaudirse? ¿Habrá valido la pena?
