En 1945, entre ruinas humeantes y cadáveres aún calientes, nació la Organización de las Naciones Unidas con una promesa solemne: garantizar la paz, proteger a los débiles, impedir que la barbarie volviera a repetirse. Ochenta años después, lo que tenemos es un museo burocrático con pretensiones de foro global, un costoso teatro donde los discursos se aplauden entre sí mientras los pueblos se desangran. La ONU es, sin exagerar, el monumento más caro a la impotencia colectiva de la humanidad.
El fracaso es mayúsculo porque fue precedido por expectativas descomunales. La Carta de San Francisco no era un panfleto, sino una declaración de principios que pretendía corregir los errores de la Sociedad de Naciones. Nunca más la guerra, nunca más el genocidio, nunca más la indiferencia. Pero el Consejo de Seguridad nació viciado: cinco potencias con derecho de veto, cinco dueños del tablero. Y a partir de ahí la historia se convirtió en un ritual predecible: cada vez que surge una crisis, la ONU convoca reuniones urgentes, redacta borradores de resoluciones, emite comunicados de “profunda preocupación”… y acto seguido, algún miembro permanente levanta la mano y tira todo a la basura.
Ahí están los ejemplos: Corea, Vietnam, Irak, Bosnia, Ruanda, Siria, Gaza. Una lista interminable de conflictos donde la ONU fungió como notario impotente, registrando la masacre en actas para la posteridad. Cuando no está paralizada por el veto, es la inercia burocrática la que la ahoga. ¿Cuántas veces hemos escuchado a un secretario general —con gesto adusto y voz grave— pedir “cesar las hostilidades de inmediato”? Es casi un género literario: el comunicado solemne que no salva a nadie.
Lo más grotesco es el lenguaje. La ONU ha convertido la retórica en un opio diplomático. “Expresamos nuestra seria preocupación”, “llamamos a las partes a la moderación”, “instamos a respetar el derecho internacional”. Palabras que se evaporan en el aire mientras los bombardeos siguen cayendo. ¿De qué sirve un organismo que repite letanías mientras los tanques avanzan y los hospitales son arrasados? Es como un médico que, frente a un paciente desangrándose, se limita a sugerir “mantenga la calma y respire profundo”.
Las agencias especializadas tampoco se salvan. El Consejo de Derechos Humanos parece diseñado para ser presidido por regímenes autoritarios que lo usan como escaparate. El Comité de Desarme es una broma de mal gusto: nunca en la historia de la humanidad se fabricaron tantas armas como bajo su vigilancia. Y ni hablar de la Oficina del Alto Comisionado para los Refugiados, que a fuerza de impotencia se ha convertido en una ONG más, buena para repartir mantas y galletas, pero incapaz de frenar el éxodo forzado de millones.
La ONU sobrevive gracias a la diplomacia de espejismos. Sirve de escenario para que gobernantes se den baños de multilateralismo, pronuncien discursos llenos de virtudes y regresen a sus países a seguir violando derechos humanos con puntualidad suiza. Es el lugar donde un presidente puede hablar de paz mientras ordena drones asesinos, o donde un autócrata puede proclamar su compromiso con la democracia rodeado de guardaespaldas armados. La Asamblea General se parece cada vez más a un concurso de oratoria cínica.
Lo peor es que la ONU ya ni siquiera intimida. Durante la Guerra Fría, al menos servía de caja de resonancia. Hoy es irrelevante hasta para los poderosos: Estados Unidos invade a quien quiere, Israel practica limpieza étnica a plena luz del día, y todos saben que las “resoluciones” acabarán en el cesto del veto. Ni siquiera el Consejo de Seguridad tiene pudor: sus sesiones televisadas parecen reality shows de embajadores compitiendo por ver quién pronuncia la metáfora más ingeniosa mientras afuera caen misiles.
Los defensores del statu quo dicen que, pese a todo, la ONU “sirve para algo”. Sí, claro: para sostener un aparato burocrático de miles de funcionarios, choferes, asistentes y diplomáticos que viven cómodamente en Nueva York o Ginebra. Para organizar cumbres climáticas donde se pronuncian discursos verdes mientras las emisiones de CO2 baten récords históricos. Para crear días internacionales de todo: del agua, de la mujer, del refugiado, del jazz. Como si nombrar efemérides fuera una forma de cambiar el mundo.
Y sin embargo, seguimos asistiendo a este circo porque la alternativa sería admitir una verdad incómoda: que la humanidad carece de un mecanismo real para garantizar la paz y la justicia. Que estamos solos frente a la barbarie. Que los Estados poderosos hacen lo que quieren y los débiles sólo lloran en foros multilaterales. La ONU es el placebo que evita enfrentar el diagnóstico verdadero: el orden internacional está diseñado para proteger privilegios, no para salvar vidas.
La ironía final es que, cada vez que alguien propone reformar la ONU, la respuesta es otra ronda de discursos, comités y grupos de trabajo. Lleva décadas hablándose de ampliar el Consejo de Seguridad, de quitar el veto, de democratizar la institución. Nada ocurre. Es como pedirle a un club de millonarios que se rebajen el sueldo. El poder no se comparte, y menos aún en un organismo que existe para perpetuarlo.
Por eso, cada vez que escuchamos a un secretario general decir que “el mundo enfrenta su mayor desafío”, conviene reír para no llorar. La ONU fracasó en Ruanda, fracasó en Bosnia, fracasó en Irak, fracasó en Gaza, fracasó en Ucrania. Su historial es tan consistentemente desastroso que casi podríamos confiar en su fiabilidad: donde la ONU aparece, la tragedia seguirá intacta.
Y en medio de este circo multilateral aparece México, que acude religiosamente a leer discursos cargados de principios: paz, soberanía, autodeterminación, derechos humanos. La tradición diplomática mexicana —la Doctrina Estrada, el multilateralismo, la defensa de Palestina— sirve para vestir con dignidad un foro desnudo de eficacia. México habla, denuncia, exige… y el mundo sigue igual. Nuestro país ocupa un papel extraño: la voz que incomoda, pero que nadie escucha porque el ruido de las bombas es más fuerte que cualquier alegato en Nueva York.
La organización que nació para salvar a la humanidad de la guerra se ha convertido en un coro de voces impotentes, un Parlamento de fantasmas. Quizá dentro de otro medio siglo alguien vuelva a reunir a los jefes de Estado, redacte otra carta solemne y prometa que “esta vez sí”. Mientras tanto, los pueblos seguirán muriendo bajo las bombas, los diplomáticos seguirán brindando en cócteles, y el mundo seguirá rindiendo culto a esta catedral del fracaso universal.
