A casi 80 años de su creación, la Organización de los Estados Americanos (OEA) vuelve a exhibir su verdadero rostro: el de un instrumento al servicio de Washington. La próxima asamblea, que se celebrará sin Venezuela, Cuba ni Nicaragua, será una escenografía hueca del continente mutilado que la creó. México, en coherencia con su política exterior de respeto y autodeterminación, ha decidido no asistir, limitándose a enviar un representante. No se trata de desdén diplomático, sino de lucidez histórica: asistir a una reunión de la OEA hoy equivale a rendir tributo a un organismo que desde su nacimiento ha funcionado como el ministerio de colonias de Estados Unidos.
La exclusión de tres países por motivos políticos no es una novedad: es la esencia misma de la OEA. Desde su fundación en 1948, el organismo ha funcionado bajo el principio no escrito de que América Latina puede debatir libremente mientras no contradiga los intereses del norte. La doctrina Monroe fue su acta de bautismo, y el anticomunismo su catecismo. En nombre de la democracia, la OEA legitimó golpes de Estado, sanciones económicas y bloqueos; calló ante dictaduras “amigas” y gritó ante gobiernos soberanos. Lo hizo con Guatemala en 1954, con República Dominicana en 1965, con Chile en 1973, con Nicaragua en los ochenta, y más recientemente con Bolivia en 2019, cuando su secretario general, Luis Almagro, se convirtió en un operador político del golpe contra Evo Morales.
Su pretendida defensa de la “democracia representativa” ha sido una coartada constante para intervenir, desestabilizar o aislar a gobiernos incómodos para Washington. En realidad, la OEA no representa a América, sino a la versión norteamericana del continente, donde cada país tiene voz, pero sólo uno tiene micrófono. El Consejo Permanente es una parodia de igualdad diplomática: el voto de Belice vale tanto como el de Estados Unidos, pero la presión económica, militar y mediática de este último convierte cualquier disenso en formalidad.
La exclusión de Cuba, Venezuela y Nicaragua en la asamblea actual confirma que el organismo no tolera la pluralidad ideológica ni la soberanía política. La OEA invoca los derechos humanos cuando conviene, y los olvida cuando los viola su patrón. Calla ante los bloqueos ilegales, ante la ocupación de territorios, ante las sanciones que asfixian economías enteras; pero se muestra severa con cualquier gobierno que se atreva a desafiar la hegemonía. Su doble moral no es un error institucional, sino su razón de ser.
En este contexto, la decisión de México de no participar activamente es un gesto de dignidad diplomática. No hay diálogo posible en un foro que confunde la obediencia con la diplomacia. El país que alguna vez impulsó la doctrina Estrada –basada en la no intervención y el respeto a la autodeterminación– no puede sentarse a simular consenso en un escenario diseñado para reproducir la subordinación.
La OEA está moribunda porque el continente que pretendía representar ya cambió. América Latina vive un nuevo ciclo de integración regional: la Celac, la Unasur en reconstrucción, los mecanismos de cooperación entre el sur y el Caribe, las alianzas energéticas y monetarias en curso. Ninguna de ellas depende de Washington, y por eso todas incomodan a Washington. La Casa Blanca necesita de la OEA como aparato simbólico para fingir que el hemisferio sigue orbitando a su alrededor. Pero la realidad es que cada vez más países entienden que la democracia no se decreta desde el norte, sino que se construye en casa.
La historia condenará a la OEA no por sus fracasos burocráticos, sino por su servilismo moral. Convertida en eco institucional de la política exterior estadounidense, el organismo ha perdido toda autoridad para hablar de derechos humanos, soberanía o legalidad internacional. Su sede en Washington no es casualidad: es confesión. Ningún otro continente tiene su órgano político central instalado en el territorio de la potencia dominante. En esa ubicación se resume su destino.
Mientras en sus pasillos se reparten discursos huecos sobre libertad y democracia, las mismas potencias que la controlan financian guerras, bloqueos y golpes. América Latina necesita un nuevo instrumento, uno nacido de la cooperación horizontal, no del tutelaje. La OEA, por el contrario, sigue siendo lo que siempre fue: una prolongación de la política exterior estadounidense con banderas multicolores.
México hace bien en ausentarse. No hay razón para fingir que el diálogo es posible en una estructura que nació para imponer silencio. La OEA no representa a los pueblos del continente, sino a los intereses que los dividen. Y cada vez que se reúne sin ellos, confirma lo que ya todos saben: que su verdadero nombre es Organización de los Estados Americanos… del Norte.
*Es Cosa Pública




