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La multitud que derrotó a la mentira

La concentración abrumadora en el Zócalo de la Ciudad de México para celebrar los siete años de la Cuarta Transformación no fue sólo un acto conmemorativo: fue una demostración de fuerza política y social que desarticula, de un solo golpe, la narrativa de que la 4T vive aislada, agotada o en retirada.

Mientras sectores conservadores intentan fabricar descontento juvenil a través de movilizaciones digitales infladas, convocatorias ambiguas y el preocupante uso de golpeadores para radicalizar a una parte de la llamada generación Z, el Zócalo recordó algo esencial: el movimiento que gobierna México sigue profundamente arraigado en la mayoría social.

Esa diferencia es significativa. Las manifestaciones recientes impulsadas por grupos opositores —sobreproducidas en redes, poco orgánicas y marcadas por la provocación— son síntomas de una derecha sin programa, sin oferta y, cada vez más, sin calle.

Su desconcierto es tal que algunos de sus voceros y líderes de opinión han llegado a insinuar, en discursos y redes, que “la calle” y la confrontación serían el siguiente paso ante su incapacidad de ganar por la vía democrática. Es la confesión más clara de derrota política, pero también el recordatorio de que la irresponsabilidad puede ser peligrosa cuando se queda sin ideas.

Del otro lado, el Zócalo mostró todo lo contrario: un pueblo movilizado por convicción, no por manipulación. Lo que defendió esa multitud fue un conjunto de transformaciones que, en apenas siete años, han logrado frenar y comenzar a revertir el deterioro acumulado tras cuatro décadas de neoliberalismo.

La 4T no necesitó disparar un tiro ni romper un vidrio para desmontar privilegios, reconstruir derechos y rehacer las bases materiales del país. Lo hizo con legitimidad democrática, con una política social sin precedentes y con el respaldo mayoritario que se expresó una vez más en la plancha capitalina.

La lista de logros estructurales es vasta y suele ser invisibilizada por los mismos actores que promovieron el modelo que precarizó al país. El salario mínimo, por ejemplo, cuya caída acumulada durante el neoliberalismo pulverizó el ingreso de millones, hoy está constitucionalmente protegido: no puede crecer por debajo de la inflación.

Es un blindaje histórico que cambia la vida cotidiana de los trabajadores y rompe con la lógica de contención salarial que definió al viejo régimen.

A ello se suman otros avances elevados al máximo rango legal: el derecho universal a las pensiones para adultos mayores, la obligatoriedad de las becas para estudiantes, la continuidad de los programas de bienestar y el principio de que la pobreza y la desigualdad deben combatirse con políticas activas, no con discursos moralizantes.

Junto con esto, se han recuperado resortes estratégicos del Estado que el neoliberalismo redujo o entregó: la inversión pública volvió a ser motor del desarrollo; la energía regresó a ser considerada asunto de soberanía; se frenó la privatización silenciosa del agua; se fortaleció la infraestructura para quienes nunca habían sido prioridad; y se avanzó en el rescate de empresas públicas esenciales.

Si algo quedó claro en el Zócalo es que los frutos de esta agenda no se explican sin la participación masiva de una ciudadanía que se reconoció en un proyecto que la incluye.

Por contraste, la derecha atraviesa un momento de desorientación programática. Su dirigente nacional, Jorge Romero, es incapaz de articular una narrativa coherente más allá del alarmismo y la denuncia genérica.

Sus partidos aliados no logran producir un proyecto alternativo creíble; sus intelectuales orgánicos repiten eslóganes gastados; y su única apuesta visible ha sido amplificar la irritación social, no construir soluciones.

La confesión de que solo les queda “la calle” —como insinuaron sectores conservadores en redes y discursos recientes— revela su bancarrota estratégica: quienes no pudieron convencer en las urnas ahora fantasean con la confrontación que nunca podrán sostener.

La escena del Zócalo sintetiza esta contradicción nacional: un movimiento con pueblo frente a una oposición sin pueblo; un proyecto con resultados frente a una crítica sin propuestas; un gobierno que transformó la vida material de millones frente a grupos que sólo pueden fabricar enojo en TikTok.

La multitud derrotó a la mentira porque no se puede simular lo que no se tiene: arraigo, legitimidad, historia.

Lo que ocurrió en el Zócalo no fue solamente un festejo. Fue la constatación de que, pese a las campañas de distorsión, la 4T sigue siendo la fuerza política dominante del país, y que la derecha, sin discurso y sin calle, tendrá que decidir entre reconstruirse democráticamente o seguir buscando atajos que sólo profundizan su extravío.

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