Todo comenzó con una escena digna de tragicomedia: José López Portillo, en 1982, declarando entre lágrimas que defendería al peso “como un perro” y, de paso, nacionalizando la banca luego de la especulación brutal contra la moneda. Fue el último acto de rebeldía del viejo Estado posrevolucionario, un manotazo desesperado frente a los tiburones financieros que ya olían sangre. Pero no hay lágrima que el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial no sepan convertir en receta de ajuste. En cuanto se secaron los pañuelos, los organismos internacionales dictaron sentencia: “si quieren crédito, si quieren dólares, si quieren sobrevivir, tendrán que disciplinarse”.
Y la disciplina tenía nombre y apellido: Miguel de la Madrid Hurtado, el primer presidente formado en el catecismo neoliberal, impuesto con la bendición de Washington y de los burócratas de traje gris en Bretton Woods. Así entramos, sin anestesia, a la era del “libre mercado”. México pasó de nacionalizar la banca a entregar la economía entera en concesión: la deuda se reestructuró bajo condiciones draconianas, los salarios se congelaron, las empresas públicas empezaron a ponerse en venta como si fueran muebles de liquidación por desahucio, y el Estado dejó de ser árbitro para convertirse en espectador resignado.
Fue el tránsito exprés del nacionalismo económico al neoliberalismo servil. Con Miguel de la Madrid arrancaron las llamadas “renovaciones morales”, que resultaron más bien “renovaciones” mercantiles. Bajo su mandato, los primeros recortes, las primeras privatizaciones y la bendición oficial al recetario del FMI. Se inauguró la austeridad como religión: menos Estado, más deuda y menos pan. Luego vino Carlos Salinas de Gortari, el modernizador de bolsillo ajeno, el gran cirujano de las privatizaciones. Nos vendió la idea de un país “moderno”, integrado al primer mundo vía TLCAN y OCDE de una tanda. Telmex, los ferrocarriles, las siderúrgicas, los bancos: todo en remate, a veces casi regalado, pero siempre a sus amigos.
Ahí nacieron los magnates que hoy se pasean como titanes del capitalismo criollo. El famoso “México moderno” significó que, de pronto, hacer una llamada larga distancia costara lo mismo que un boleto de avión, pero eso sí: había anuncios espectaculares con la sonrisa de Slim y la promesa de que todo sería más eficiente. ¿Lo fue? Sí, si entendemos por eficiencia la rapidez con la que la riqueza cambió de manos. Ernesto Zedillo asumió con crisis financiera incluida: el “error de diciembre” que desplomó el peso. Pero como siempre, el remedio neoliberal fue peor que la enfermedad: apareció el Fobaproa, esa gran obra maestra que convirtió las deudas privadas de banqueros y empresarios en deuda pública que todavía cargamos.
Fue el Robin Hood al revés: quitarle a todos para salvar a unos cuantos. El genio que convirtió la bancaria La historia oficial lo justificó como “rescate al sistema financiero”. La historia real lo recuerda como un atraco en despoblado con factura a 30 años. Hoy todavía seguimos pagando intereses de aquella fiesta a la que no nos invitaron. Fox y Calderón: el piloto automático neoliberal. Con Vicente Fox, el “cambio” consistió en seguir exactamente igual, pero con botas, acento ranchero y sinapsis limitada. El neoliberalismo entró en piloto automático: se mantuvo la receta del FMI, se siguió privatizando y se aplaudió al mercado como único dios.
Felipe Calderón, por su parte, llevó el manual neoliberal hasta sus últimas consecuencias: precarizó el empleo con “reformas laborales”, dejó que los monopolios se hicieran más gordos y puso la cereza en el pastel con la “guerra contra el narco”, ese cruento distractor para que nadie preguntara del fraude y por qué los salarios seguían igual de famélicos. Y llegó Enrique Peña Nieto con su “Pacto por México”, joya de la corona privatizadora, que en realidad fue un pacto por las transnacionales. La reforma energética fue presentada como el acto de magia definitivo: bajarían los precios de la luz y de la gasolina, tendríamos inversiones, empleos y desarrollo.
El resultado ya lo conocemos: gasolinazos, recibos de luz enloquecidos y empresas extranjeras felices de extraer hasta el último recurso. El sexenio de Peña Nieto fue como un infomercial neoliberal: mucho maquillaje, promesas espectaculares y, al final, una deuda monumental con el público. El saldo en México del paso por el poder de esa cáfila de vende patrias fue tan evidente como grotesco: salarios estancados, servicios básicos convertidos en lujos, desigualdad obscena y multimillonarios que nacieron de las privatizaciones rifadas desde Los Pinos. Mientras tanto, millones de mexicanos aprendieron a sobrevivir con la economía informal, con remesas o con milagros. Y aun así, los predicadores del mercado siguen asegurando que “esta vez sí” funcionará, que la próxima reforma será la definitiva, que la siguiente ronda de privatizaciones, desregulaciones y recortes traerá la ansiada prosperidad. Como dijo Margaret Thatcher: “No hay alternativa”.
Y en México se lo creyeron tanto que, durante cuatro sexenios, se nos obligó a “aceptar” que el único camino posible era seguir pagando deudas ajenas, vendiendo patrimonio y rezando a San Libre Mercado. Pero sí hubo otra alternativa, aunque esos tíos se empecinen vituperarla bajo toneladas de papel periódico, tiempo aire en medios electrónicos, discursos oficiales y estudios financiados por think tanks de dudosa neutralidad. Lo cierto es que, mientras siguen maniobrando, los ciudadanos riéndomelas satisfechos por el final del atraco y las mentiras. Porque la promesa fue prosperidad y el resultado fue desigualdad, precariedad y un futuro hipotecado. Pero para felicidad del respetable, en 2018 salimos de la pesadilla y hoy el país es referente mundial de que sí hay otra forma de hacer las cosa. Humanista.
