ECP*
Estados Unidos ha decidido tensar el Caribe como si fuera un tablero de ajedrez viejo donde cree que todavía manda. Primero “cierra” de facto el espacio aéreo venezolano con un aviso que ninguna autoridad internacional respalda; después lanza una operación naval de 15 mil efectivos, con portaaviones y cazas de quinta generación; más tarde impone tarifas del 25 por ciento a los países que compren petróleo venezolano. Todo junto forma un mismo mensaje: Washington quiere escalar, provocar, mover las piezas hasta fabricar la narrativa de una amenaza regional que justifique una intervención. Es la Doctrina Monroe reeditada con el lenguaje del siglo XXI: sanciones, ejercicios militares y asfixia energética. El pretexto es el narcotráfico; la meta, disciplinar a Venezuela y enviar al continente el recordatorio de que el imperio, aunque decadente, no piensa retirarse sin golpes sobre la mesa.
Pero esta vez el cálculo estadounidense choca con un mundo distinto. La retórica de “operación policial” se estrella contra un mercado energético altamente sensible. Aunque Venezuela produce apenas un tercio de lo que llegó a producir, su crudo pesado sigue siendo pieza clave para refinerías del Golfo y del sur de Europa. Una crisis profunda en el país con las mayores reservas probadas del mundo desataría un aumento brutal en el precio del petróleo, no por volumen perdido, sino por la señal de inestabilidad estructural que enviaría a los mercados. En un mundo que todavía no supera la inflación postpandemia, donde las guerras de Ucrania y Medio Oriente ya tensan el equilibrio, una escalada militar en Venezuela podría añadir entre 10 y 30 dólares por barril en cuestión de días. Ese golpe lo pagaría el planeta entero, pero los responsables estarían en Washington, no en Caracas.
La irresponsabilidad de Estados Unidos no termina ahí. El despliegue militar en Puerto Rico y el Caribe —el mayor desde la invasión de Panamá— provoca un efecto dominó: las aseguradoras elevan primas, los buques desvían rutas, las aerolíneas suspenden vuelos y las economías del Caribe comienzan a sentir el nerviosismo. Pero el Pentágono insiste en que es una simple operación antinarco. No lo es. Es una presión militar clásica, una pinza diseñada para arrinconar a Venezuela y para inducir un error que permita escalar la intervención. El guion es demasiado viejo para resultar creíble: primero la asfixia económica, luego la criminalización del adversario, después la ruptura del orden aéreo y marítimo, y finalmente, si se presenta la ocasión, la ruptura del orden político a punta de misiles.
Y si la escalada llegara al punto de invasión, la fantasía de una “intervención rápida” se derrumbaría en horas. Una ocupación de Venezuela no sería un paseo militar tropical; sería un pantano político y humano. El territorio venezolano, con ciudades densas, barrios laberínticos, montañas, selva y llanos, es un escenario perfecto para una guerra de guerrillas. A diferencia de Irak —un país devastado por una década de sanciones antes de la invasión—, Venezuela mantiene estructuras armadas, milicias y redes sociales que responderían con resistencia fragmentada, pero persistente. Estados Unidos puede destruir radares, pistas y depósitos, pero carece del músculo político para sostener una ocupación larga. El fantasma de Afganistán y el trauma de Irak siguen allí: guerras que Washington ganó en días y perdió en años de insurgencia. Una Venezuela en resistencia sería el Vietnam caribeño y el epitafio definitivo de cualquier pretensión imperial estadounidense.
Rusia y China, los rivales estratégicos que Washington teme, tampoco quedarían de brazos cruzados. Moscú perdería inversiones energéticas de largo plazo, influencia regional y un aliado militar, pero aprovecharía la crisis para debilitar a Estados Unidos en foros internacionales. Enviar armas defensivas, inteligencia y asesores —sin intervenir directamente— sería suficiente para encarecer cada día de ocupación estadounidense. Moscú tiene experiencia en sostener guerras de desgaste a distancia: Siria, Donbás, África. La tentación de convertir Venezuela en un nuevo dolor de cabeza para Washington sería demasiado grande.
China sería, quizás, la más afectada en lo inmediato: tiene miles de millones de dólares en acuerdos petroleros y préstamos pagaderos con crudo. Una invasión pondría en riesgo esos flujos y abriría la puerta a que un gobierno proestadounidense revise o rompa contratos estratégicos. Pero Pekín también vería en la crisis un argumento perfecto para acelerar la desdolarización, fortalecer acuerdos energéticos alternativos y denunciar que Estados Unidos usa el sistema financiero global como arma colonial. La intervención en Venezuela, lejos de detener el ascenso chino, le daría a Pekín el pretexto definitivo para erigirse como defensor del Sur Global frente al intervencionismo militar estadounidense.
El resto de América Latina observa con alarma. México no tiene margen político ni histórico para aceptar una intervención; su diplomacia —de Estrada a la actualidad— rechaza cualquier acción militar extranjera en la región. Colombia, incluso con su vínculo tradicional con Washington, difícilmente podría prestarse a una guerra que incendiaría su frontera y fracturaría su política interna. Brasil y la CELAC ya han dicho lo obvio: América Latina es una zona de paz y no aceptará que Estados Unidos la convierta en un tablero de guerra.
En el fondo, lo que está pasando es simple: Estados Unidos, en pleno declive, quiere demostrar que aún puede imponer orden en su “patio trasero”. Pero cada despliegue, cada amenaza militar y cada sanción revela lo contrario: que su hegemonía se desvanece y que su poder ya no logra disciplinar como antes. La crisis que pretende fabricar en Venezuela no es una operación de seguridad, sino un acto desesperado de un imperio que ha perdido la brújula y confunde la fuerza con la autoridad.
Lo trágico es que esta aventura militar no sólo pondría en riesgo a Venezuela, sino a todo el continente. Y lo más probable es que, si Washington insiste, termine descubriendo que en el Caribe también existen montañas donde los imperios pierden guerras.
*Es Cosa Pública
