ECP
Leopoldo P. Gavito Nanson
Para entender la marcha de la supuesta “Generación Z” ocurrida el pasado 15 de noviembre, no basta describir los hechos: es indispensable identificar a quienes la impulsaron y manipularon. No fue un movimiento juvenil espontáneo, sino una operación política en tres niveles: convocantes visibles, financiamiento conservador y grupos de choque diseñados para provocar violencia.
La escena del sábado no fue accidental: fue ingeniería orientada a construir la narrativa de un gobierno represor. La marcha se presentó como un despertar juvenil. La realidad fue otra: no la llenaron jóvenes, no llenaron el Zócalo y la violencia no provino de estudiantes indignados, sino del mismo “bloque negro” que desde hace años actúa como brazo operativo de una derecha golpista cada vez más cercana al fascismo. No hubo pintas ni destrozos aleatorios: fueron directo a derribar vallas y atacar a una policía desarmada.
La intención era clara: buscar un enfrentamiento fatal. Detrás de esa puesta en escena hay responsables. Los convocantes visibles fueron los mismos de siempre: Calderón operando desde España; Fox convertido en propagandista radical; Álvarez Icaza y Acosta Naranjo presentándose como líderes “ciudadanos”; y las redes de Claudio X. González activando difusión y narrativa.
Ninguno es joven; ninguno representa a una generación. Representan una estrategia. El segundo nivel es el del financiamiento y la propaganda. Empresarios radicalizados, consultoras digitales, medios alineados y la red Atlas Network, presente en varios países, aportaron amplificación: publicidad, bots, videos alarmistas, generación de tendencias y la ficción de un “levantamiento juvenil” que jamás ocurrió. Su objetivo no es organizar masas, sino fabricar percepciones en plataformas donde la ultraderecha global opera con eficacia.
El tercer nivel es el operativo: el bloque negro. No expresa descontento social; ejecuta una agenda. No improvisa: llega equipado, actúa en formación, rompe vallas, provoca a la policía y busca un muerto que incendie la narrativa opositora. No es anarquismo juvenil, es táctica de desestabilización importada, ajustada al contexto mexicano. Y antes de analizar la violencia, conviene desmontar la mentira central: no existe una inconformidad masiva de la juventud contra la 4T.
Lo que sí existe es un malestar acotado. Es el de clases medias precarizadas, jóvenes y adultos urbanos que sienten que trabajan sin avanzar y viven inseguridad cotidiana. Esa frustración emocional y aspiracional es terreno fértil para la manipulación digital. También está el enojo inducido de sectores conservadores que no padecen precariedad, pero detestan la redistribución y financian el discurso del odio. Y está la vulnerabilidad de jóvenes hiperexpuestos a propaganda pagada, donde influencers, bots y algoritmos fabrican un conflicto generacional artificial.
Frente a este escenario, la 4T no puede caer en la ingenuidad ni en la provocación. Debe mantener la decisión de no reprimir, pero reforzar la inteligencia: identificar financiamiento, logística y mandos del bloque negro; construir expedientes sólidos; desactivar células violentas sin criminalizar la protesta pacífica. Debe hablarle al malestar real con políticas de vivienda accesible, empleo digno, salud mental, movilidad segura y atención a jóvenes urbanos vulnerables.
Si el gobierno deja esos vacíos, la derecha los llenará con miedo. También debe disputar la narrativa digital: desmontar noticias falsas, mostrar evidencia visual y actuar en plataformas donde la oposición opera con ventaja. La batalla por la legitimidad es territorial y algorítmica. Y debe evitar regalar mártires: la derecha necesita un muerto para incendiar al país y fingir persecución.
Lo del sábado no fue una marcha fallida: fue un ensayo para medir capacidad de desestabilización y observar la respuesta institucional. Lo que está en juego no es el enojo de unos cientos, sino el intento de convertir frustraciones reales y manipuladas en combustible para un proyecto golpista. La única salida es gobernar mejor, proteger la paz pública y desmontar, una por una, las mentiras de quienes necesitan un país herido para volver al poder ■
*Es Cosa Pública




