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La Constitución que vuelve al pueblo

La ceremonia conmemorativa de la Constitución en Querétaro no fue un acto protocolario más ni una escenografía cívica vacía. Marcó un punto de inflexión silencioso pero profundo en la historia política del país. Su singularidad no radicó únicamente en que, por primera vez, un presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación acudiera a ese acto como resultado de una elección popular, sino en la composición misma del poder que se hizo presente en el recinto.

Durante más de un siglo, el Poder Judicial fue el único de los poderes de la Unión que permaneció completamente ajeno al mandato directo de la ciudadanía. Su legitimidad descansaba en la técnica, en la carrera interna, en el nombramiento indirecto y, no pocas veces, en acuerdos cupulares opacos. Que hoy el presidente de la Corte llegue a ese espacio con respaldo popular no debilita al Estado de Derecho, como repiten los discursos alarmistas, sino que lo reancla y lo fortalece enormemente en el principio fundacional de toda república: la soberanía reside en el pueblo.

Pero la jornada fue histórica también por otra razón: por primera vez, las presidencias de la Cámara de Diputados y del Senado estuvieron representadas por mujeres. La presencia de Kenia López Rabadán y Laura Itzel Castillo no fue un dato anecdótico ni una corrección simbólica menor, sino la expresión visible de una transformación profunda en la representación política del país. En un Estado construido durante décadas desde una lógica masculina, jerárquica y excluyente, la escena de Querétaro condensó el cambio estructural en curso.

Querétaro no es un escenario neutro. Ahí se promulgó la Constitución de 1917, hija de una revolución que entendió que la legalidad no podía estar divorciada de la justicia social ni del interés nacional. Que en ese mismo recinto confluyeran un Poder Judicial electo por el pueblo y un Poder Legislativo encabezado por mujeres actualiza ese pacto histórico y lo proyecta hacia el siglo XXI. No cancela la división de poderes; redefine su legitimidad. No subordina la justicia al Ejecutivo; la somete, por primera vez, al juicio democrático y a una representación más amplia de la sociedad.

En ese marco, el mensaje de la Presidenta fue inequívoco. Al reivindicar la Constitución como expresión de la soberanía popular y advertir que México no acepta presiones ni tutelajes del exterior, dejó clara la posición del Estado mexicano frente a los intentos de condicionar sus decisiones bajo agendas ajenas. Sin necesidad de mencionar nombres, la alusión fue transparente: la defensa de la legalidad constitucional es también una defensa de la autodeterminación nacional frente a presiones provenientes del gobierno estadounidense en materia de seguridad, comercio o política exterior.

Este posicionamiento no es retórico. En un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas, reacomodos de poder y una creciente tendencia a la injerencia bajo nuevos lenguajes, la fortaleza institucional no se mide por la complacencia externa, sino por el arraigo interno. Un Estado cuyos poderes emanan del voto popular, reflejan la pluralidad social y se sostienen en su Constitución es menos vulnerable a la tutela extranjera que uno sostenido en élites cerradas y dependientes.

La ceremonia de Querétaro envió así un mensaje claro hacia dentro y hacia fuera del país. Hacia dentro, afirmó que la democracia mexicana no está en retroceso, sino en una fase de ampliación conflictiva pero necesaria. Hacia fuera, mostró que la soberanía no se defiende sólo con discursos diplomáticos, sino con instituciones legítimas, cohesionadas y respaldadas socialmente.

La Constitución no es una pieza de museo ni un texto sagrado congelado en el tiempo. Es un pacto vivo que se actualiza cuando la sociedad lo exige. Querétaro fue, esta vez, algo más que un ritual cívico: fue la puesta en escena de una transformación profunda en la relación entre justicia, democracia, representación y soberanía. En tiempos de presiones externas y reacomodos globales, ese mensaje importa. Y mucho.

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