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Jáltipan y los “daños colaterales”

Una fosa. Siete cuerpos. Jáltipan, Veracruz.

No es un hecho aislado. Es una muestra del legado de un sexenio que puso la guerra por encima de la vida.

Felipe Calderón convirtió la seguridad en un campo de batalla. No importaban civiles, no importaban adolescentes. La frase que pronunció tras la muerte de jóvenes en Tlatlaya, sobre los “daños colaterales”, lo dijo todo: vidas sacrificadas como si fueran estadísticas. Más de 150 mil homicidios dolosos dejaron un país traumatizado y polarizado. Nadie rindió cuentas. Nadie fue juzgado.

Hoy, trece años después, la sociedad sigue pagando. Los territorios abandonados, las fosas clandestinas, la impunidad estructural: todo sigue ahí. Jáltipan es una muestra de lo que Calderón dejó: miedo, muerte, abandono.

La Cuarta Transformación ha cambiado la estrategia. La militarización ya no es primera opción. Se prioriza la prevención, la coordinación institucional y la recuperación del Estado en cada municipio. Los homicidios dolosos bajan. Pero episodios como la fosa de Jáltipan nos recuerdan que la violencia no desaparece de un plumazo. La memoria social exige justicia.

La intervención de la Guardia Nacional y de la Fiscalía local muestra que el Estado actúa. Pero también evidencia lo que Calderón nunca quiso enfrentar: la responsabilidad de sus decisiones. Cada hallazgo de fosas clandestinas abre la pregunta que millones de mexicanos se hacen: ¿por qué Calderón sigue sin rendir cuentas? ¿Por qué los “daños colaterales” se convirtieron en política de Estado y nadie fue juzgado?

A siete años de iniciada la 4T y de haber terminado con la fase más agresiva del neoliberalismo, hay avances reales: disminución de homicidios, fortalecimiento institucional, mayor presencia del Estado. Pero no basta. Cada víctima es un recordatorio de que los errores del pasado no se borran con estadísticas.

La fosa de Jáltipan debe ser un llamado a la memoria y a la acción. Los “daños colaterales” no fueron accidentes: fueron crímenes. Cada cuerpo enterrado clandestinamente, cada familia destruida, es prueba de la negligencia de Calderón. La impunidad no puede continuar.

La 4T ha logrado avances. La seguridad mejora. Pero la conciencia de que Calderón debe rendir cuentas sigue viva. No puede silenciarse. No puede ignorarse. Cada hallazgo, cada fosa, cada memoria rota exige justicia.

Jáltipan no es un caso aislado. Es un espejo del pasado. Una advertencia de que México no puede repetir errores históricos. Cada “daño colateral” fue un crimen. Cada crimen sigue demandando responsabilidad.

Hasta que Calderón rinda cuentas. Hasta que la justicia recupere la memoria. Hasta que México deje de pagar con vidas los errores de un sexenio fallido, la herida permanece abierta.

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