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¡Hurra!

Metempolítica

El “carro completo” del PRI en el Congreso local de Coahuila, que ni en las fantasías más desaforadas del priismo veracruzano soñarían con obtener, se ha vuelto una especie de fetiche de la febril marabunta de la derecha; un supuesto augurio de que están logrando “debilitar al régimen” 4T; un goteo de sangre que muestra que su némesis es de carne y hueso. La sorna y el gozo reemplazan, aunque sea temporalmente, el lenguaje bilioso e iracundo de tantos que van para la década (o más) “en la banca”, destetados del influyentismo. Si se deja uno aturdir por el alborozo del “círculo rojo” y la ya incesante ponzoña de las redes (véase “Internet muerto”), hasta podría suponer que Héctor Yunes mejor se la pensará antes de defeccionar y seguir adelante con su partido-pensión.

En ese frenesí, aquellos que hubieron pregonado la “deriva autoritaria”, la destrucción de las instituciones y una “narcodictadura” convenientemente hacen a un lado la buena ondita democrática y, con tal de negar algún crédito a los odiados guindas, intentan blindar con lo que creen que les queda de prestigio un proceso electoral a todas luces desaseado. ¿Se trata aquí de reinvidicar una curul para Attolini? No, se trata de poner de relieve ante los demócratas a modo, que aplauden lo sucedido esperanzados y con los bolsillos de fuera, las irregularidades denunciadas y algunos pequeñitos detalles que pasan por alto en su afán de alzar en hombros a los vividores del erario que según ellos les pueden favorecer. No falta quien, ebrio de júbilo, crea que acá en Veracruz se puede resucitar al defenestrado José Yunes para una tercera derrota.

En principio, es quizás pertinente recordar que el partido que metió la “goliza” y se lo llevó todo en Coahuila es aquel que gobierna ese estado desde 1929. Aunque en sus malos días el hato derechista no deje de cantar elegías a la supuesta “transición a la democracia” de los años 90, cuando un fraude electoral nos “quitó las cadenas” de la hegemonía del PRI-gobierno y se dieron condiciones para la alternancia partidista; este resultado electoral y el amasamiento de poder que conlleva ya no les parece aborrecible, eso solo cuando es morenista. Es inimaginable que vayan a denunciar alguna sobrerrepresentación en este caso, de haber las condiciones.

Pero claro, ya no es tiempo de enmascaramientos. Una muestra de ello es que el mayor beneficiario de ese periodo de supuesta democratización, el empleado de la Coca, Vicente Fox, fue uno de los más contentos por la reciente elección coahuilense, evocando los “viejos tiempos” y comparando al partido que echó de Los Pinos con el ave Fénix.

Otro factor que debiera tomarse en cuenta es que los feudo-políticos priistas del estado norteño llevan lo que va del siglo XXI embarrados en nexos criminales, no obstante, tienen sus lugares como valientes opositores en los mejores foros; es el caso del diputado federal, exgobernador Rubén Moreira. Tan solo bastaría rascarle al historial de su dinastía familiar y a sus achichincles como el exmandatario interino Jorge Torres, preso por lavado de dinero —que entró para cubrirle la espalda a Humberto Moreira, indiciado por corrupción y con quien aquella entidad vivió escandalosos episodios de violencia—, para que en la narco-narrativa que la comentocracia respalda fueran señalados de peligrosos e indeseables. Sin embargo, hay quien victimiza al PRI, como una fuerza que desde abajo y casi sin recursos asestó una lección al “aparato” de Morena, toda una hazaña, ejemplo a seguir.

También los pseudoanalistas olvidan sospechar de este resultado electoral pese a la localización geográfica de Coahuila (junto al Chihuahua de Eugenia Campos y en la frontera con Tejas),durante una difícil coyuntura para México tras la embestida del régimen estadounidense y sus agencias de sabotaje.

Nunca la autocrítica y la madurez de la clase política han sido tan urgentes para la política mexicana desde la Revolución, pues ¿qué se puede esperar de una recua furiosa que busca el poder, pero no gobierna sus pasiones ni tiene la menor idea del deber de un estadista, que exuda su mediocridad con el regocijo por el fracaso del otro? Nada menos que la rapacidad que Veracruz vivió con el Fidel-duartismo. Y eso sí, la represión. El viejo PRI “revolucionario” se caracterizó por la guerra sucia, pero al menos tenía una liturgia soberana, pensadores y política social. El neoliberal, el “nuevo PRI”, es una guarida ya derrumbada, sin rumbo ni razón de ser —en Veracruz, reducido al matrimonio Arana-Valdés—, pero que se niega a renunciar al financiamiento público. La presente es una encrucijada estratégica para la 4T. No para retener el poder así como el tricolor hizo en Coahuila y ganar por ganar, sino para preparar y filtrar bien sus cuadros, pues su proyecto y la propia integridad nacional están bajo asedio.

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