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Greenpeace: activismo, poder y agenda

La intervención de Greenpeace en el derrame del Golfo no puede leerse únicamente en clave ambiental. Su papel no es el de un observador neutral ni el de un organismo técnico. Es un actor político no estatal que presiona, construye narrativa y disputa legitimidad.

La presidenta Claudia Sheinbaum introdujo un matiz relevante al señalar que la información debe sostenerse en evidencia verificable y que incluso las comunidades pueden equivocarse. Esa afirmación delimita un terreno que el activismo suele desdibujar: la diferencia entre denuncia y verificación.

Greenpeace cumple una función: visibiliza problemas que podrían minimizarse o diluirse. Pero esa misma lógica lo empuja a la exageración. Su eficacia mediática depende de presentar escenarios límite, de convertir procesos complejos en relatos de impacto inmediato. En ese tránsito, el matiz se pierde y la precisión se debilita.

El problema no es menor. Cuando la denuncia se construye sobre afirmaciones no plenamente comprobadas, o cuando se generalizan efectos sin sustento suficiente, el activismo deja de alertar y comienza a distorsionar. No es un exceso anecdótico. Es parte de su método.

Más aún: sus presiones no operan en el vacío. En la práctica, suelen favorecer agendas específicas. Empujan la deslegitimación de actividades extractivas y, con ello, abren espacio al capital financiero vinculado a criterios ambientales. No lo representan formalmente, pero convergen con él. El resultado es claro: encarecimiento reputacional de ciertas industrias y reorientación de inversión hacia sectores definidos como “verdes”.

Al mismo tiempo, esa presión se alinea con la agenda de organismos intergubernamentales como la Organización de las Naciones Unidas o la Unión Europea, cuyos estándares y marcos regulatorios están, en buena medida, influidos por las principales potencias occidentales, en particular Estados Unidos. En ese esquema, el activismo funciona como amplificador social de una arquitectura normativa que no es neutral.

El punto de fondo es este: la agenda de Greenpeace no es únicamente ambiental. Es también política. Define qué modelo energético es legítimo, qué actividades deben restringirse y bajo qué parámetros debe organizarse la transición económica. Esa definición tiene consecuencias concretas en países que aún dependen de sus recursos para crecer.

Nada de esto invalida la existencia de daños ambientales ni la necesidad de atenderlos. Pero obliga a leer con cuidado a quien denuncia. No toda alarma es precisa. No toda afirmación es verificable. Y no toda causa es desinteresada.

El Estado no puede minimizar el problema. Tiene la obligación de investigar, informar con rigor y actuar con transparencia. Pero tampoco puede sustituir evidencia por presión mediática.

El daño ambiental no se corrige con narrativa. Se corrige con verdad verificable y decisiones efectivas. Entre la negación y la exageración hay un terreno que exige más que consignas: exige precisión.

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