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Gaza: La atrocidad como categoría bélica

El planeta tierra visto desde el espacio tiene actualmente dos focos territorios en fuego bélico: Palestina y Ucrania. En los primeros 15 meses de guerra en Gaza se cuentan entre 110 mil 124 mil muertos . En Ucrania la campaña rusa cumplió el mismo tiempo que la Gran Guerra Patriótica: más de mil 418 días-casi cuatro años) y el número de soldados muertos, sin hablar de los heridos, duplica cada mes los 15 mil que murieron en 10 años en Afganistán .

En ambas guerras de acuerdo al pensamiento estratégico se distinguen dos ámbitos en la dimensión de la matanza, pues en las atrocidades “no hay honor ni virtud”.

La «atrocidad» -explica el pensador David Grossman – puede ser definida como matar a un no combatiente —bien uno que fue combatiente pero ya no combate o se ha rendido— o un civil. Pero la guerra moderna y, en particular, la guerra de guerrillas, hace que estas distinciones se vuelvan algo difusas. La atrocidad siempre ha formado parte de la guerra y, para entender la guerra, hay que entender la atrocidad. Comencemos pues a entenderla considerando el espectro completo de la atrocidad.

El objetivo básico de una nación en guerra es fijar una imagen del enemigo a fin de distinguir de la manera más nítida el acto de matar del acto de asesinar. Un soldado que mata a un niño, a una mujer o alguien que no representa una amenaza potencial, ha entrado en el ámbito del asesinato.

El soldado que efectivamente mata debe vencer a esa parte de sí mismo que le dice que es un asesino de mujeres y niños, una bestia infame que ha hecho algo imperdonable. Tiene que negar la culpa interior y asegurarse de que el mundo no está loco, que sus víctimas no son ni siquiera animales, que son gusanos malignos, y que lo que su nación y sus líderes le han dicho que hiciera está bien.

La matanza a distancia tendrá su culmen cuando una bomba, arrojada desde kilómetros por encima de su objetivo, segaría la vida de más de cien mil personas. (Hiroshima). Pero ya antes setenta mil personas habían muerto en Hamburgo el día que el aire prendió fuego. Y en Dresde se desató una tormenta de fuego similar. Y en Tokio unas 250 mil personas murieron en las tormentas de fuego.

Muchos pilotos o artilleros que han destrozado a un número incalculable de no combatientes aterrorizados nunca sintieron la necesidad de arrepentirse o lo lamentaron. Este soldado tiene que creer que no sólo esta atrocidad es correcta, sino que prueba que es moral, social y culturalmente superior respecto a aquellos que ha matado.

Se trata del acto por antonomasia de la afirmación de su superioridad. Y el que mata debe reprimir con vehemencia cualquier pensamiento disonante en el sentido de que ha hecho algo malo. Además, tiene que atacar con vehemencia a cualquiera o cualquier cosa que ponga en peligro su creencia. Su salud mental depende por completo de su creencia en que ha hecho lo que era justo y debido. Es la sangre de sus víctimas lo que le impulsa y empodera hacia nuevas cotas de muerte y matanzas.

Y, cuando nos damos cuenta de que este mismo proceso básico de empoderamiento es lo que motiva los asesinatos satánicos y otros asesinatos de sectas, la analogía del pacto con el diablo no resulta tan extraña como parece. Esta es la fuerza, el poder y la atracción que ha residido en los sacrificios humanos durante milenios.

Quizás la negación de las atrocidades en masa esté vinculada a nuestra resistencia innata a matar. Los que intentan emplear la atrocidad como política nacional sistemática terminan siendo golpeados por esta espada de doble filo. Los que eligen el camino de la atrocidad queman los puentes tras de sí. Y no hay vuelta atrás.

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