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Gaza arde. Y el mundo bosteza

Gaza arde. Los niños mueren. Las casas se derrumban. Netanyahu sonríe. Sí, sonríe. Sabe que nada ni nadie lo detendrá. Los gobiernos del mundo miran para otro lado, hablan de “preocupación” y firman cheques. La indiferencia internacional se ha vuelto parte del crimen. La política protege intereses, no vidas. Millones de palestinos viven atrapados en un bloqueo que estrangula la vida: agua, medicinas, comida, electricidad, movilidad. Cada bombardeo destruye más que ladrillos; destruye esperanza. La defensa se ha convertido en castigo. La ocupación, en rutina.

Dentro del pueblo judío hay voces que no callan. Los judíos ortodoxos, como Satmar o Neturei Karta, consideran el sionismo impío, una herejía que viola la voluntad divina: sólo el Mesías puede restaurar la soberanía judía. Los judíos progresistas lo critican desde la ética y los derechos humanos. Israel traiciona los principios de memoria, compasión y justicia que deberían guiar al pueblo judío. Diferentes motivos, misma conclusión: la política israelí ignora los derechos de los palestinos. Estas voces crecen en Estados Unidos, Europa y dentro de Israel, cuestionando la narrativa oficial de seguridad y recordando que la ocupación no es defensa, sino opresión.

La población mundial podría actuar. Boicots económicos, suspensión de cooperación militar, presión legal internacional, movilizaciones ciudadanas sostenidas y boicots culturales son herramientas disponibles. Incluso en México, productos israelíes circulan libremente: dátiles Medjoul, aceitunas kalamata, pan de pita, hummus, croûtons y vinos de marcas como Golan Heights o Carmel. También frutas y verduras de territorios ocupados: mangos, melones, aguacates y fresas. Cada compra es una elección. Optar por estos productos sin considerar su origen equivale a normalizar la ocupación.

Si la ciudadanía decidiera actuar, existen pasos claros. Boicots éticos, presión legal a través de tribunales internacionales y movilización social coordinada pueden transformar la indignación en acción concreta. Nada de esto es utopía. Cada medida erosiona la impunidad y mantiene el debate global sobre justicia.

No se trata de odiar a Israel ni a su pueblo. Se trata de recordar que ningún Estado puede ignorar la conciencia global sin pagar un costo. Netanyahu puede seguir burlándose de comités y resoluciones. Pero ningún líder sobrevive indefinidamente a la pérdida de legitimidad moral. Gaza nos desafía. Nos obliga a mirar, decidir y actuar. Cada uno debe elegir: ser espectador o actor del cambio. La diferencia entre justicia y complicidad está en nuestras manos. Cada compra, cada acción, cada voto cuenta.

*Es Cosa Pública

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