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Francisco, el restaurador


Leopoldo Gavito

Introducción: El largo eco de un concilio

En octubre de 1962, cuando el papa Juan XXIII inauguró el Concilio Vaticano II, nadie podía prever con claridad el impacto que tendría en la Iglesia católica y en numerosos países latino americanos y africanos. Tampoco era dable imaginar el largo el camino para hacer realidad los principios y valores que allí se formularon.

Más de medio siglo después, muchos teólogos, obispos y laicos coinciden en que Francisco ha sido el papa que más claramente ha encarnado la voluntad de restituir y actualizar el espíritu del Vaticano II. No por nostalgia del pasado, sino por traer al presente la visión de una Iglesia más abierta, sinodal, encarnada en el mundo y fiel al Evangelio y en el principio de justicia social. Nada mal luego de que Juan Pablo II dedicara su largo papado a desmantelar el concilio segundo y proteger sacerdotes pederastas.

Desde su elección en 2013, Jorge Mario Bergoglio insistió una y otra vez en que el Concilio no había terminado de aplicarse, y que su pontificado debía entenderse como una continuidad viva de aquel momento fundacional. Cosa que se agradecería luego del larguísimo papado de Juan Pablo II y sus complicidades pederastas.

En un contexto global de cambios acelerados y profundas tensiones internas en la Iglesia, su liderazgo despertó tanto entusiasmo como resistencias. Pero una cosa es clara: Francisco puso en el centro de su acción pastoral la restitución de los postulados del Vaticano II.

Francisco no asistió al Concilio Vaticano II —tenía apenas 25 años cuando concluyó—, pero su formación y sensibilidad pastoral fueron profundamente marcadas por él.

Como jesuita argentino en los años setenta y ochenta, vivió el impulso renovador de la Iglesia latinoamericana, especialmente a través de las conferencias del CELAM en Medellín (1968) y Puebla (1979), que asumieron los principios conciliares en clave latinoamericana: opción preferencial por los pobres, diálogo con el mundo moderno, inculturación del Evangelio.

En múltiples ocasiones Francisco apuntaba la necesidad de “volver al Concilio”, señalando que “una Iglesia que no camina con el Concilio, es una Iglesia que se aleja del Espíritu Santo”.

Para Francisco, el Vaticano II nunca fue un capítulo cerrado, sino una llamada permanente a la reforma.

Uno de los principales ejes del Vaticano II fue la recuperación de la noción de la Iglesia como Pueblo de Dios, descrita en la constitución Lumen Gentium.

Francisco recogió esa visión no como una simple forma de consulta, sino como un modo de ser Iglesia.

Con la convocatoria del Sínodo sobre la sinodalidad (2021–2024), Francisco abrió un proceso global sin precedentes en el que participaron millones de fieles en todo el mundo.

El sólo ejercicio concreto traduce uno de los sueños del Concilio: una Iglesia donde todos los bautizados tengan voz y responsabilidad en el caminar eclesial.

Para Francisco la sinodalidad no sería una moda ni una estrategia de gestión, si no el camino de la Iglesia del tercer milenio.

El clericalismo es una deformación del ministerio y un obstáculo para la participación del Pueblo de Dios.

Uno de los frutos más visibles del Vaticano II fue la reforma que buscaba devolver la liturgia al pueblo, promover la participación activa y utilizar las lenguas vernáculas.

Francisco defendió con claridad la reforma litúrgica del Concilio.

El Concilio, pidió una Iglesia que no viviera replegada en sí misma, sino en diálogo con el mundo.

Francisco llevó a una Iglesia en salida, misionera, hospital de campaña, presente en las periferias existenciales.

El papa Francisco perfiló una visión misionera que rompió con la autorreferencialidad.

El Evangelio debe ir acompañado de cercanía, misericordia y compromiso con los más vulnerables.

La restitución del Vaticano II, en este sentido, no sería sólo doctrinal o eclesial sino pastoral, encarnada y profética.

Otro de los pilares del Vaticano II rescatado por el papado de Francisco fue el impulso al ecumenismo y al diálogo con otras religiones.

El pontificado de Francisco fue un cambio de paradigma.

No se trataba simplemente de aplicar normas nuevas, sino de volver a los criterios del Concilio como brújula para el discernimiento.

Esto se ve también en su enfoque de la reforma de la Curia, que dio primacía a la misión evangelizadora por sobre la lógica institucional.

En lugar de imponer cambios desde arriba, Francisco apostó por reformar desde abajo, desde la vida del pueblo, los márgenes y las periferias.

Es una aplicación práctica del principio conciliar de “aggiornamento”: actualizarse no por moda, sino por fidelidad al Evangelio en cada época.

No es poca cosa luego de casi treinta años de oscurantismo medieval.

Habrá que recordar a Norberto Rivera y su protección a pederastas clericales.

Para algunos, Francisco fue un revolucionario; para otros, un peligro.

Pero más allá de simpatías o fobias, su pontificado fue el intento más decidido por restituir el espíritu del Vaticano II: una Iglesia fraterna, en camino, dialogante, pobre con los pobres, fiel al Evangelio y abierta al mundo.

Como él mismo dijo: “El Concilio es el magisterio de la Iglesia. O estás con el Concilio, o no estás con la Iglesia”.

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