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Flotilla en alta mar: un espejo para el genocidio

Por Dimitri Morgana

La detención de la Global Sumud Flotilla no fue un hecho aislado: es un capítulo más en la tragedia de Gaza, un territorio donde el mundo asiste —consciente y pasivo— al desangramiento de un pueblo. Lo que está en curso no es una simple operación militar, ni siquiera un conflicto bélico convencional: es un genocidio. El término no es retórico; describe la aniquilación sistemática de una población civil que ha sido reducida al hambre, la enfermedad y la asfixia cotidiana bajo el bloqueo israelí.

En ese contexto, la flotilla tenía un valor humanitario y simbólico. No llevaba misiles ni tropas, sino medicinas, alimentos y activistas que pretendían abrir un resquicio de dignidad en medio de la devastación. El solo hecho de que Israel la haya interceptado, con despliegue naval y la detención de más de 400 tripulantes, es una confirmación más de que lo que se busca no es solo aislar a Gaza, sino sofocar incluso la solidaridad internacional.

Un crimen en aguas internacionales

La operación se llevó a cabo en aguas internacionales, aproximadamente a 70 millas náuticas de Gaza. Este dato no es técnico ni secundario: es la línea que separa la legalidad de la piratería de Estado. Israel no estaba defendiendo su territorio ni haciendo valer una jurisdicción legítima. Interceptó embarcaciones civiles en un espacio que pertenece a la comunidad internacional, donde la libertad de navegación es un principio básico del derecho marítimo.

Además, los barcos no se dirigían a Israel, sino a Palestina. No había pretensión de desembarcar en Haifa ni en Tel Aviv, sino en Gaza. Por tanto, Israel carecía de derecho alguno para detenerlos. El argumento de “seguridad nacional” se diluye cuando la ruta de navegación tiene como destino un territorio ocupado, cuyo pueblo vive bajo una ocupación militar prolongada y castigado con políticas de hambre. Lo que hizo Israel fue un acto unilateral de fuerza: el secuestro de barcos que no le pertenecen, la detención arbitraria de personas que no intentaban ingresar a su país.

La flotilla como oportunidad para los Estados

La flotilla no solo transportaba ayuda, también transportaba banderas. Cada barco llevaba ciudadanos de distintos países: europeos, latinoamericanos, africanos, asiáticos. Eso significa que al interceptarlos, Israel no solo detuvo activistas: detuvo a ciudadanos extranjeros en alta mar. Y eso brinda una oportunidad inmejorable en el terreno diplomático para los países de los cuales son nacionales los tripulantes.

Cada gobierno de los tripulantes tiene ahora la obligación de reclamar con firmeza. No se trata únicamente de defender la ayuda humanitaria a Gaza, sino de proteger a sus propios nacionales de un acto arbitrario cometido fuera de la jurisdicción israelí, y de visibilizar el peor crimen humanitario de lo que va del siglo. El precedente es gravísimo: si un Estado puede detener embarcaciones civiles de otros países en aguas internacionales sin consecuencias, el derecho marítimo se convierte en papel mojado.

Para México, en particular, esta es una oportunidad histórica. No basta con pronunciar un comunicado tibio de “preocupación”. México debe condenar con toda energía el secuestro de barcos en alta mar y exigir la liberación inmediata de los detenidos. Pero además, debe ir más allá: replantear su relación con Israel a la luz de un hecho que no solo hiere al pueblo palestino, sino que agravia directamente a la comunidad internacional.

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